Kimberley.
Si algo he aprendido en veintiocho años de vida rural es que hay dos clases de noticias: las que viajan por el aire y las que viajan por San Cebollino del Barro. Las primeras necesitan antenas, cables y satélites. Las segundas solo necesitan una señora Remedios.
A las once y cuarto de la mañana, cuando Nicolle me puso delante de la cara la fotografía de Sander con el sombrero de paja, yo todavía tenía la esperanza de que el asunto no hubiera salido de mi tienda. A las once y media, don Ambrosio entró a comprar clavos y me preguntó, sin ninguna delicadeza, si era verdad que un millonario me buscaba con un ejército de helicópteros. A las doce menos diez, los gemelos Fermín y Fermino aparecieron para robarme caramelos y, en lugar de esconderlos en los bolsillos, los dejaron sobre el mostrador con una solemnidad inquietante.
—Es por respeto —dijo Fermín.
—Es que eres famosa —dijo Fermino.
—Os voy a dar una colleja —dije yo.
—Mi madre dice que si te casas con el millonario nos compra una consola.
—Nadie se casa con nadie.
—Mi abuela ya está tejiendo el velo —dijo Fermín.
—Tu abuela tiene noventa y dos años y teje desde antes de que existieran los velos.
—Por eso lo hace tan bien.
Cerré la tienda a mediodía, cosa que no había hecho jamás en la historia de La Calabaza Feliz, ni siquiera el día en que murió mi abuela, que fue cuando la señora Remedios vino a darme el pésame y se llevó un huevo gratis. Puse el cartel de cerrado, eché el pestillo, bajé la persiana a medias y me senté en el suelo de la trastienda, entre sacos de harina y una colonia de calabazas que me miraban con curiosidad.
Nicolle se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas y una taza de manzanilla que se había servido ella misma.
—Tranquila —dijo.
—No puedo estar tranquila.
—Respira.
—Estoy respirando.
—Respira mejor.
—Nicolle, un hombre que posee aerolíneas, hoteles, supermercados y una isla me está buscando por el campo con un sombrero de paja.
—Es un buen sombrero.
—¡Eso no es lo importante!
—Es un detalle simpático. Demuestra que se ha adaptado al terreno.
—¡Me busca!
—Y eso es lo que pasa cuando uno se acuesta con un hombre intenso.
—¡Yo no sabía que era intenso!
—Tenía una mirada intensa.
—Era una mirada gris.
—Las miradas grises son las más intensas.
—Nicolle, no me ayudas.
—Estoy intentando que te rías.
—No tengo ganas de reírme.
—Pues entonces voy a ponerme seria. —Nicolle dejó la taza en el suelo, se colocó las manos sobre las rodillas y me miró con una gravedad impostada que me hizo sospechar lo peor—. Kimberley Gómez, tenemos que hacer un plan de defensa.
—¿Un plan de defensa?
—Un plan de emergencia, de contingencia y de fuga.
—Yo ya hice uno, y me salió una plataforma.
—Este será mejor.
—Nicolle, esto no es una guerra.
—Es una guerra de nervios. Y yo soy una excelente estratega.
—Tú intentaste cortarme el flequillo con unas tijeras de podar.
—Y quedó muy moderno.
—Parecía que me hubiera atacado un cortacésped.
—Fue un acto de vanguardia.
Estaba a punto de responderle cuando se oyeron unos golpes en la puerta trasera de la tienda. Eran tres golpes secos, seguidos de dos más suaves, que reconocí enseguida. Era el código del padre Anselmo, el cura del pueblo, que lleva treinta años llamando de esa forma porque, según dice, le da un aire misterioso.
Abrí. El padre Anselmo, que tiene setenta y cinco años, la cara redonda de un querubín envejecido y un mechón de pelo blanco que se le levanta como una llama, estaba en el umbral con una cesta de bizcochos y un gesto de profunda preocupación.
—Hija mía —dijo—. ¿Es cierto lo que se dice?
—Depende de lo que se diga.
—Que un joven de gran fortuna te persigue con intenciones honestas.
—No sé si honestas.
—¿Deshonestas?
—Padre, no he dicho eso.
—¿Entonces?
—No lo sé. No hablamos de intenciones.
El padre Anselmo se persignó.
—Voy a pedir una misa por ti.
—No es necesario.
—Es necesario. Y de paso, quería hablarte de otro asunto, menos espiritual.
—¿Cuál?
—Hay una reunión urgente en el ayuntamiento. A las cuatro de la tarde. Han convocado a todo el pueblo.
—¿Por qué?
—Porque, hija mía —respondió él con un suspiro de funeral—, tenemos un problema que afecta a la comunidad entera.
—¿Qué problema?
—El contrato.
Nicolle y yo nos miramos.
—¿Qué contrato? —pregunté.
—El de Winston Market.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro.
—Padre, ¿de qué contrato habla?
—¿No lo sabes?
—No.
—La cooperativa láctea de San Cebollino del Barro vende toda su producción a Winston Market desde hace once años. Es nuestra principal fuente de ingresos. De ahí sale el sueldo de los pastores, la reparación de la iglesia, la beca de los muchachos y hasta la paga de la banda municipal.
—¿Winston Market?
—Una cadena de supermercados, hija. Es una empresa grande.
—¿Quién es el dueño?
El padre Anselmo me miró con una dulzura infinita.
—El señor Sander Winston, naturalmente.
Hubo un silencio que podría haberse cortado con la hoz de don Wenceslao. Nicolle se llevó las manos a la boca. Yo sentí cómo se me aflojaban las rodillas y cómo el suelo de la trastienda se convertía, de golpe, en un mar embravecido.
—No —dije.
—Sí.
—No puede ser.
—Es lo que pone en las facturas.
—¡Entonces yo me he acostado con el comprador de nuestra leche!
—Eso no lo diría en voz alta, hija —murmuró el cura, mirando por encima del hombro.
—¡Padre!
—Perdona. Es que las paredes de este pueblo tienen oídos. Y orejas. Y a veces bocas.
Me tapé la cara con las manos. Nicolle, a mi lado, murmuró con voz hueca:
—Esto es muy fuerte, incluso para mí.