Sander.
Hay una frase que mi abuelo repetía con cierta frecuencia, casi siempre después de la segunda copa de coñac: el que nunca se cae es porque nunca ha caminado. Yo la oí cientos de veces y siempre la consideré una de esas frases de abuelo que sirven para rellenar silencios en las comidas familiares. Pensaba que se refería a la quiebra de una empresa o a un divorcio.
Nunca imaginé que se refiriera a un charco.
Estaba tendido de espaldas en el barro de un sendero de álamos, en un lugar que no aparecía en ningún mapa de mis despachos, con las botas hundidas hasta los tobillos, el sombrero de paja flotando a medio metro de mi cabeza y una cantidad de agua fría filtrándose por el cuello del jersey que Higgins me había puesto con tanto esmero. Encima de mí, el cielo del amanecer era de un gris perla bellísimo. Los álamos se mecían con un sonido de seda. Y desde una casona de piedra, a diez metros, acababa de salir una risa.
Una risa que yo conocía. Una risa que me había perseguido durante dos días, que había llenado mi limusina y mi apartamento y que había dejado en mi vida un hueco del tamaño de una gallina.
—¡Te he oído, Kimberley Gómez! —grité, desde el charco.
No hubo respuesta. Pero no necesité ninguna. Había oído la risa y sabía que era ella, como uno sabe que el café es café con los ojos cerrados. Me incorporé sobre los codos, escupí un poco de barro y sentí, con una claridad deliciosa, que acababa de ganar algo. No sabía todavía qué. Pero lo había ganado.
—Señor —dijo una voz serena a mi derecha.
Higgins estaba de pie junto al charco, con un paraguas negro abierto sobre su cabeza, aunque no llovía, y una toalla blanca doblada sobre el antebrazo. Me miraba con la misma expresión con la que había visto a Kimberley deslizarse por mi ventana: una mezcla de tranquilidad británica y de afecto contenido.
—Higgins. ¿De dónde ha sacado el paraguas?
—Del maletero, señor.
—¿Por qué lo ha abierto?
—Por si cae algo.
—No llueve.
—En el campo siempre cae algo, señor.
Me tendió una mano enguantada. La tomé, y con una fuerza que no esperaba de un hombre de sesenta y cinco años, me levantó del barro de un tirón. Me quitó el sombrero con dos dedos, lo sacudió, me lo puso en la cabeza con delicadeza y me tendió la toalla.
—Gracias.
—No hay de qué, señor. Y con su permiso, le sugiero que no vuelva a intentar un aterrizaje de ese tipo. Es difícil de justificar ante la prensa.
—No hay prensa.
—Siempre hay prensa, señor.
Miré hacia atrás. Mateo había salido de la limusina y estaba de pie junto a la puerta, con el teléfono levantado y una expresión de culpa evidente.
—¿Estás grabando?
—No.
—¿Estás haciendo una foto?
—No.
—¿Entonces qué haces con el teléfono?
—Lo estoy utilizando como linterna.
—Es de día.
—Hay zonas oscuras.
—Mateo.
—Es por si acaso, jefe. Para el archivo.
—¿Qué archivo?
—El archivo de su vida.
Suspiré. Bernardo, que seguía al volante de la limusina, intentaba arrancar con la serenidad de un hombre que ha comprendido que hay batallas perdidas. El motor rugía, las ruedas giraban, y el coche, en lugar de avanzar, se hundía un poco más cada vez, con un sonido húmedo y glotón.
—Bernardo —dije.
—¿Sí, señor?
—¿Cómo está el coche?
—Bastante comprometido, señor.
—¿Cuánto?
—Digamos que si no sale pronto, tendremos que reclasificarlo como embarcación.
—¿Cuánto cuesta una grúa en este lugar?
—No creo que haya grúas en este lugar, señor.
—¿Y un tractor?
—Eso es más verosímil.
—Mateo, encuentra un tractor.
—Jefe, estamos en mitad de la nada.
—Estamos en el campo. En el campo hay tractores.
—Lo intentaré.
Mateo se alejó murmurando algo sobre su contrato laboral. Yo me volví hacia la casona. Era una construcción de piedra gris, de dos plantas, con el techo de pizarra cubierto de musgo, una chimenea apagada y una puerta de roble macizo en la que alguien había tallado, con cariño y sin ninguna habilidad, la figura de una vaca sonriente.
Me acerqué. Caminé con las botas hundiéndose en el barro a cada paso, con la dignidad de un astronauta en un planeta hostil. Llegué ante la puerta, levanté la mano y golpeé con los nudillos.
Nada.
Golpeé otra vez, más fuerte.
Nada.
—Kimberley —dije, acercando la boca a la madera—. Sé que estás ahí.
Silencio.
—Te he oído reírte.
Silencio.
—Solo quiero hablar.
Se oyó un roce al otro lado. Un arrastrar de muebles, un golpe sordo, un murmullo de voces, y después, desde dentro, una voz femenina que no era la de Kimberley, pero que sonaba aguda y artificial, como la de una azafata de aeropuerto, dijo con una entonación robótica:
—La señorita Kimberley Gómez no se encuentra disponible en este momento.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Por favor, deje su mensaje después de la señal.
—¿Nicolle?
—No hay ninguna Nicolle en este número.
—¿Con quién hablo?
—Con el contestador automático.
—Los contestadores no hablan en directo.
—Este es un contestador de última generación.
Me llevé una mano a la frente. Detrás de mí, Higgins, que había seguido mis pasos con el paraguas abierto, emitió un sonido que, si no lo conociera, habría jurado que era una risita.
—Está bien —dije, resignado—. Dejaré un mensaje.
—Después de la señal.
—¿Cuál es la señal?
Hubo una pausa. Luego, con una vocecita insegura, la supuesta máquina soltó:
—Piiiiii.
—Gracias. Mi nombre es Sander Winston. Estoy aquí para devolverle una cosa a la señorita Gómez.
—¿Qué cosa?
—Un huevo.
Un silencio sobrecogedor.
—Un huevo —repitió la voz, ya sin entonación robótica.
—Se lo dejó en mi almohada. Lo he traído en una vitrina. Está en el coche.
—Eso no es un motivo válido.