¡ Auxilio! El Ceo Posesivo Quiere Cazarme.

Capítulo 7: Hábito.

Kimberley.

Si alguna vez os persigue un multimillonario, os doy un consejo de campesina: no os escondáis en un sótano. Los sótanos tienen una sola salida, y cuando el perseguidor llega a la puerta, uno se da cuenta de que ha elegido la peor arquitectura posible para un drama romántico.

Yo me salvé por un montaquesos.

No sé si habéis viajado alguna vez dentro de una caja de madera con ruedas, tumbada sobre dos quesos de seis kilos, con el olor de cuarenta meses de curación metido en cada poro y una cadena oxidada que chirría mientras alguien, que se supone que es tu mejor amiga, te sube con una manivela y canturrea. No os lo recomiendo. Pero tiene un efecto curioso: cuando sales por fin al aire libre, oliendo como una suegra y con los pulmones ardiendo, cualquier cosa te parece un paraíso. Hasta el patio trasero de una cooperativa láctea con un camión viejo y un lechero calvo que te mira con cara de pocos amigos.

—Sube —dijo don Wenceslao, sin ninguna ceremonia.

—¿Ya sabía que iba a salir por aquí?

—Nicolle me lo dijo anoche.

—¿Y por qué no me lo dijo a mí?

—Porque tú habrías protestado.

—Claro que habría protestado.

—Pues por eso.

Subí a la cabina del camión de un salto, con la gallina... no. Sin la gallina. Ese es el detalle que más me dolió. En la prisa de la fuga, con los pasos de Sander resonando en la escalera y la voz de Nicolle fingiendo ser un contestador, Doña Gertrudis se había quedado dormida sobre un barril, con la cabeza bajo el ala, y yo no tuve valor de despertarla. Me quedé mirándola unos segundos desde el montaquesos, con la cara pegada a una rendija. Parecía tan pequeña, tan pacífica, tan inocente, que pensé que si la llevaba conmigo se pondría a cacarear y me delataría.

Esa es la versión oficial. La verdad es otra. La verdad es que me dio vergüenza que me viera huir. Que Doña Gertrudis, que lleva ocho años juzgándome desde un gallinero, me mirase con esos ojos amarillos, mientras yo me escondía dentro de una caja de queso, y me hiciera sentir lo cobarde que era.

—¿A dónde vamos? —preguntó don Wenceslao, arrancando el camión.

—Lejos.

—Eso es muy vago.

—Que no sea mi casa, ni la de Nicolle, ni la iglesia.

—Eso descarta todo el pueblo.

—Pues entonces fuera del pueblo.

—Hay una opción.

—¿Cuál?

—El monasterio.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué monasterio?

—El de San Quesario de las Cuevas. A doce kilómetros. Lo conoces, hija. Les compras las velas.

—Las velas me las trae un fraile en burro una vez al mes.

—Pues ese es el fraile.

—Don Wenceslao, yo no puedo entrar en un monasterio.

—¿Por qué no?

—Soy una mujer.

—Con mucha energía, eso sí.

—¡Don Wenceslao!

—No lo digo por mal. Lo digo porque el abad es un hombre comprensivo y debe un favor a la cooperativa.

—¿Qué favor?

—Dos años de leche gratis para los novicios.

—¿Por qué?

—Por una cuestión de abejas.

—¿Qué cuestión de abejas?

—No preguntes.

No pregunté. Con el pueblo que tengo, hay cosas que es mejor no saber.

Mientras el camión traqueteaba por un camino de tierra y el sol, ya alto, bañaba los campos de un dorado espeso, me di cuenta de que tenía las manos temblando. Las apreté sobre las rodillas, miré por la ventanilla y respiré hondo. Había cometido una tontería. Lo sabía. En el sótano, mientras Sander gritaba mi nombre desde la puerta, con esa voz grave que se me colaba entre las costillas, había estado a punto de abrir. De verdad. Había puesto la mano en el picaporte. Y entonces Nicolle, con ese instinto suyo para los desastres, me había agarrado del brazo y había susurrado que si lo veía a los ojos, se me iba a olvidar la dignidad.

Y tenía razón.

—Don Wenceslao —dije.

—¿Qué?

—¿Usted cree que soy una cobarde?

—Hija, yo creo que eres una mujer sensata.

—¿Sensata?

—Los hombres con helicóptero asustan.

—No tiene helicóptero. Tiene limusina.

—Es peor. La limusina es un helicóptero sin hélice.

—No tiene sentido.

—No tiene que tenerlo.

Seguimos en silencio un rato. Don Wenceslao, que es un hombre de pocas palabras y muchas vacas, silbaba una tonada vieja entre dientes. Yo miraba el paisaje. Cuando llegamos al pie de la montaña y el camino empezó a subir en curvas cerradas, me acordé de la nota que había dejado en la etiqueta del queso. Para que no digas que no dejo nota. Me dio un vuelco el estómago. ¿Por qué había escrito eso? Había sido un impulso, una especie de burla, una forma de decirle que no había olvidado que la primera vez me fui sin decir nada. Pero ahora, a la luz del día, con el olor de queso en las manos y las ojeras del insomnio, me parecía un mensaje más revelador de lo que yo pretendía.

Una nota es una conversación. Y yo no quería conversar.

Quería, pensé, que me dejaran en paz.

Y al mismo tiempo, quería con todas mis fuerzas que alguien, un cierto alguien con sombrero de paja, no lo hiciera.

—¡Estoy loca! —dije en voz alta.

—Es probable —respondió don Wenceslao, sin dejar de silbar.

El monasterio de San Quesario de las Cuevas aparecía de pronto, al final de una cuesta empinada, como una aparición. Era un edificio de piedra oscura, con torres cuadradas, un claustro sin techo, una iglesia de campanario torcido y unas murallas altas que parecían diseñadas para resistir asedios o, como mínimo, visitas. Estaba encaramado en la ladera de una montaña cubierta de pinos, con cuevas excavadas a sus pies, de donde salían hilos de humo blanco. Alrededor, en pequeñas terrazas, pastaban rebaños de ovejas con aire meditabundo.

—Es precioso —dije.

—Es un monasterio.

—Parece sacado de una película.

—Es que lo es. Ahí rodaron una de monjes asesinos.

—¿Eso es verdad?

—No. Pero a los monjes les gusta contarlo.

El camión se detuvo ante un portón de madera tachonado de clavos, con una campana colgada de una cuerda. Don Wenceslao bajó, tiró de la cuerda tres veces y esperó. Pasaron dos minutos. Cuatro. Seis. De pronto se abrió una mirilla en la puerta, y apareció un ojo.




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