¡ Auxilio! El Ceo Posesivo Quiere Cazarme.

Capítulo 8: Vértigo.

Sander.

Una cosa que no se aprende en las escuelas de negocios es a dormir sobre un colchón de paja, en una habitación que está encima de un gallinero, con una cabra mirándote desde el patio a través de la ventana y una anciana de ochenta años dictándote por la pared, a las once de la noche, una lista de normas de convivencia.

—Artículo primero —decía la voz de la señora Remedios, amortiguada por el tabique—. El huésped no fuma.

—No fumo, señora.

—Artículo segundo. El huésped no bebe.

—Bebo algo.

—Artículo tercero. El huésped no se pasea por la casa a horas intempestivas.

—Entendido.

—Artículo cuarto. El huésped paga por adelantado.

—Mateo ya le ha hecho la transferencia.

—Yo prefiero en metálico. Las transferencias son cosa de ladrones.

—Higgins le ha dado un sobre.

—Lo sé. Lo he contado dos veces. Falta un billete.

—Higgins nunca se equivoca.

—Pues se ha equivocado. A mi favor.

Me quedé mirando las vigas del techo. Eran vigas negras, cubiertas de telarañas, de las que colgaba un manojo de ajos y un chorizo que parecía llevar allí desde el reinado de Isabel II. Debajo, a través de las tablas del suelo, subía un rumor continuo de cacareos, aleteos y suspiros de gallinas que no conseguían dormirse. El olor era una mezcla de heno, de plumas y de algo cálido y animal que, extrañamente, no me desagradaba.

Higgins, en una silla de enea junto a la puerta, con las manos sobre las rodillas y la espalda recta como un poste, dormía sentado. No había querido otra cama. Dijo que un mayordomo no se tumba en un territorio desconocido. Sobre la mesilla, en un platillo, descansaba la calabaza de Kimberley envuelta en su pañuelo bordado, y al lado, apoyada contra la pared, la vitrina con el huevo y la pluma.

Yo, tumbado boca arriba con las botas puestas porque me daba miedo quitármelas, sostenía en la mano la etiqueta de queso.

Queso curado, 14 meses. Y por detrás, con una letra grande y redonda: Para que no digas que no dejo nota: me fui. No me busques. Atentamente, K.

La había leído tantas veces que se me había grabado a fuego. Tenía un pliegue en el centro, donde se había doblado, y un pequeño agujero en la esquina que me hacía pensar en una chincheta. La había clavado en alguna parte, quizás en el montaquesos, para asegurarse de que alguien la encontraba. Y sin embargo, se había ido.

No me busques.

Era la primera instrucción que recibía en mi vida que me daban ganas de desobedecer con tanto entusiasmo.

La puerta se abrió con un chirrido. Higgins abrió un ojo, pero no se movió. En el umbral apareció una silueta pequeña, redonda, de plumas pardas erizadas, con unos ojos amarillos que brillaban en la penumbra.

—Señora Gertrudis —murmuré.

La gallina entró con paso decidido, ignorándome por completo, caminó hasta el pie de la cama y miró hacia arriba como quien evalúa una pendiente. Después, con un aleteo contenido y una dignidad admirable, saltó sobre el colchón, avanzó por encima de mis piernas, se detuvo a la altura de mi pecho y se sentó.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí?

La gallina cacareó muy bajito.

—Son tres kilómetros.

Otro cacareo, con un matiz de reproche.

—¿Ha caminado sola?

Doña Gertrudis cerró los ojos. Estaba claro que la conversación había terminado. Se acomodó sobre mi esternón, esponjó las plumas y empezó a emitir un ronroneo bajo, grave, de animal satisfecho.

—Señor —dijo Higgins, sin abrir del todo los ojos—, creo que la señora ha tomado una decisión.

—¿Qué decisión?

—Que usted es el menos malo de los candidatos disponibles.

—Es un honor.

—Con su permiso, no se mueva. Podría interpretarlo como una agresión.

No me moví. Pasé las dos horas siguientes inmóvil, con una gallina sobre el pecho y una nota en la mano, mirando las telarañas y repasando mentalmente todo lo que había ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas, que en mi vida anterior habría bastado para hundir una empresa y que en esta, por alguna razón, me parecía un buen comienzo.

Hacia la una de la madrugada, un golpecito en la ventana me sobresaltó. Era la cabra. Eustaquia, de pie sobre sus patas traseras en el patio, apoyaba las pezuñas delanteras en el alféizar y me observaba con aquellos ojos amarillos de rendija. Tenía una expresión indescifrable. No era odio. Tampoco ternura. Era algo así como un respeto desconfiado, como el que se profesan dos boxeadores después de doce asaltos.

—Buenas noches, Eustaquia —le dije en voz baja.

La cabra resopló.

—Mañana nos vemos.

Eustaquia desapareció de la ventana con un trotecillo. Yo cerré los ojos y, para mi asombro, me dormí enseguida.

Me desperté a las seis, con el canto de un gallo que no cantaba, gritaba. Era un grito sostenido, desafiante, con una pasión política que me hizo pensar en algunos de mis directivos. Doña Gertrudis, sobre mi pecho, abrió un ojo, lo cerró y volvió a abrirlo con un gesto de hartazgo.

—¿Es habitual? —pregunté.

—Es Napoleón —respondió la voz de la señora Remedios, desde el otro lado de la puerta—. El gallo del vecino. Canta todos los días a las seis menos cuarto y no hay manera de callarlo.

—¿Y por qué lo oímos a las seis?

—Porque hoy se ha dormido.

—¿Los gallos se duermen?

—Este es muy humano.

Higgins ya estaba de pie, con el traje planchado, el pelo peinado y una bandeja con tostadas y café que había conseguido no sé dónde. Me la tendió con una reverencia.

—Buenos días, señor. Le he preparado un desayuno ligero.

—¿Ligero?

—La señora Remedios ha ofrecido unas migas con chorizo, pero me ha parecido que no era el momento.

—Gracias, Higgins.

—Hay novedades, señor.

—¿Cuáles?

—El señor Mateo ha pasado la noche en el tejado de la iglesia.

—¿En el tejado?

—Era el único lugar donde había cobertura.

—¿Y qué hacía allí?




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