¡ Auxilio! El Ceo Posesivo Quiere Cazarme.

Capítulo 9: Silencio.

Kimberley.

Tengo una teoría sobre las manos. Creo que cada una guarda la memoria del último cuerpo que sostuvo, y que por eso, cuando uno agarra algo importante, se queda con un cosquilleo durante horas, como si la piel no terminara de creerse que ya lo ha soltado.

Yo bajé las escaleras del campanario de San Quesario a toda velocidad, por una galería interior que solo conocen los frailes, con el hábito recogido en un puño, la barba de lana torcida sobre la oreja y la mano derecha cerrada con tanta fuerza que me dejé la marca de las uñas en la palma. No era una mano dolorida. Era una mano que seguía sintiendo otra mano. Grande, fría, sudorosa, temblorosa, aferrada a la mía como el asa de una taza en plena tormenta.

Llegué a mi celda sin aliento, cerré la puerta con el pie, me dejé caer de espaldas contra la madera y me quedé allí, mirando el techo de piedra, con el corazón latiéndome en los oídos.

—No ha pasado nada —dije en voz alta.

Bárbara, la paloma, que dormitaba sobre la mesa con la cabeza hundida entre las plumas, abrió un ojo y me miró con un escepticismo digno de su dueña.

—No ha pasado nada. Era un hombre que se iba a caer por una escalera y yo estaba ahí. Cualquiera habría hecho lo mismo.

Bárbara cerró el ojo.

—Cualquiera con botas de goma, hábito de novicio, barba de oveja y una crisis de identidad.

La paloma soltó un arrullo breve, que interpreté como una burla.

Me deslicé por la puerta hasta quedar sentada en el suelo. Me quité la barba, que me había dejado la barbilla roja, y la arrojé sobre la cama. Me quité la capucha. Me sequé la frente con la manga, y la manga olía a incienso, a sudor y a un perfume que no era mío, un perfume cítrico y de madera que se me había quedado pegado a los dedos y que era imposible de confundir.

Lo había sentido temblar. Eso era lo que no podía quitarme de la cabeza. Había sentido el temblor de su mano a través de mis dedos, un temblor ligero, constante, como el de un cable tenso, y había comprendido, en una especie de relámpago de ternura que me dejó sin defensas, que aquel hombre, el hombre del helicóptero sin hélice, del imperio, de la isla, de las ochenta plantas, tenía un pavor real, físico, infantil, y que aun así estaba subiendo trescientos catorce escalones para empujar un queso por un pueblo que no era el suyo.

Por mí.

No por el queso. No por el pueblo. No por el contrato. Por mí.

—Maldita sea, Kimberley —murmuré—. ¿Qué has hecho?

No lo sabía. Lo único que sabía era que, en el último tramo de la escalera, cuando él se había asomado al vacío y se le había ido el color de la cara, mis pies se habían movido solos. Yo tenía que haber seguido escondida en el rincón del claustro, como había prometido. Tenía que haberme quedado pegada a mi columna, con las manos en las mangas, con voto de silencio, haciéndome la piadosa mientras él pasaba de largo. En lugar de eso, había cruzado el patio en un instante, había tomado la galería lateral, había subido con los frailes que llevaban las velas y me había colocado dos escalones por detrás de él.

Y había agarrado su mano.

Y había hablado.

Eso era lo más grave. Había hablado. Dos veces. Mira a Gertrudis. Ahora, corta. Dos frases susurradas contra su oído, entre la tela de una capucha, con una voz que no tenía ningún disfraz, con la voz de siempre, la mía, la de Kimberley Gómez, la de las calabazas.

Me tapé la cara con las manos.

—Me ha reconocido —dije—. Se ha dado cuenta.

Bárbara arrulló.

—No, no se ha dado cuenta. Estaba aterrado. No se enteraba de nada.

Otro arrullo.

—Y si se enteró, no dijo nada.

Un tercer arrullo, más largo, más sarcástico.

—Bárbara, no me juzgues. Tú eres una paloma.

Llamaron a la puerta con tres golpes secos y dos suaves.

Me levanté de un salto, me puse la capucha, me coloqué la barba con las dos manos temblando y abrí una rendija. Fray Tadeo, apoyado en el marco con los brazos cruzados y una ceja levantada, me miraba con una expresión de profundo placer.

—Fray Quimberlio —dijo—. Qué rapidez.

—No sé de qué me habla.

—El voto de silencio es permanente, hijo mío.

—Ya lo sé.

—Acaba de hablar.

—Es que estoy sola.

—Con una paloma.

—Con una paloma que no se chiva.

Fray Tadeo se rió. No la risa breve y discreta de un administrador, sino una carcajada limpia, de hombre que lleva diez años esperando que algo le divierta. Entró en la celda sin pedir permiso, se sentó en la cama y me miró con una ternura burlona.

—Ha subido por la galería de los candeleros.

—Ha sido un reflejo.

—Ha cogido de la mano al señor Winston.

—Se iba a caer.

—Ha hablado con él al oído.

—Fue sin querer.

—Ha cortado la soga con él.

—Solo le he ayudado a apretar.

—Y ahora tiene en el bolsillo de la chaqueta un mechón de lana de la oveja Margarita.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo mismo lo puse allí hace una hora, con la excusa de sacudirle el polvo del hombro.

Me quedé boquiabierta.

—¿Usted lo puso?

—Era una prueba.

—¿Una prueba de qué?

—De cuántas veces iba a mirarlo.

—No sé qué ha querido decir.

—Hija, lo ha mirado cuarenta y tres veces desde que salió de la capilla.

—Es imposible.

—Las conté. Me aburro mucho en las misas.

Me senté en el borde de la mesa, con las manos sobre las rodillas, y me enfrenté a la evidencia con la dignidad de un acusado ante el tribunal.

—Está bien. Lo he mirado. Es que es difícil no mirarlo. Se pone blanco, se pone rojo, se agarra a las cosas. Es un espectáculo.

—Es un espectáculo muy tierno.

—No he dicho tierno.

—Lo ha dicho su cara.

—Mi cara no habla.

—Su cara es la que más habla de todo este monasterio, y eso que somos doscientos.

Suspiré. Bárbara, desde la mesa, se acercó y me picoteó el dedo con aire cómplice.




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