Sander.
La tarjeta llegó a las once y cuarenta de la noche, atada a la pata de una paloma que se estrelló contra el cristal de mi ventana con la elegancia de una maleta lanzada desde un tercer piso.
Yo estaba sentado en la cama estrecha de la hospedería, en calcetines, con el jersey a medio quitar y una copa de vino sin tocar sobre la mesilla, mirando la calabaza que Higgins había dejado junto a la vitrina. Llevaba una hora preguntándome si me había pasado de la raya con el novicio. Si la tarjeta, la calabaza y la frase de aquí estoy no habrían sido un exceso. Un hombre que tiene el hábito de comprar empresas puede acabar comprando también los sentimientos de los demás sin darse cuenta, y aquel era un riesgo que yo conocía bien porque lo había sufrido en mis propias carnes.
Se oyó el golpe. Luego un aleteo desesperado. Luego un silencio. Abrí la ventana y encontré en el alféizar a una paloma gris, despeinada, aturdida, con un hilo rojo atado a una pata y una expresión de profundo desprecio hacia el género humano.
—Buenas noches —le dije.
La paloma me miró con un solo ojo y se limpió el pico contra la piedra.
—¿Es usted la mensajera?
Arrulló.
—No hace falta que se moleste. Reconozco el estilo.
Desaté el hilo con dedos que no me respondían del todo. Debajo del nudo había una tarjeta blanca, rectangular, con un membrete dorado que conocía muy bien, porque era el mío. La di la vuelta. En el reverso, escritas con un lápiz grueso de carpintero, con una letra apretada, redonda, infantil y decidida, había cuatro palabras.
No te vuelvas a asomar.
La leí una vez. La leí dos. A la tercera lectura, me senté en el suelo, con la espalda contra la pared y la tarjeta contra el pecho, y me quedé mirando el techo de vigas con la boca abierta y una sensación de vértigo que no tenía nada que ver con la altura.
—Higgins —dije, sin levantar la voz.
La puerta de la habitación contigua se abrió al instante. Higgins apareció en bata de seda gris, con el pelo perfectamente peinado, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta con un peine.
—¿Señor?
—Es ella.
—¿La paloma?
—La nota.
—Ah.
—Dice que no me vuelva a asomar.
Higgins se acercó, tomó la tarjeta con la punta de los dedos, la leyó sin mover un músculo de la cara y me la devolvió con una inclinación.
—Es una frase muy interesante, señor.
—¿Interesante?
—Contiene una orden y una preocupación.
—Eso es lo que me parece a mí.
—Nadie le ordena a alguien que no se asome si no le importa que se caiga.
—Higgins, ¿usted cree que ella...?
—No me corresponde opinar sobre los asuntos del corazón de la señorita, señor.
—Pero usted opina de todo.
—Con discreción.
—¿Y qué opina?
—Opino, señor, que la paloma tiene hambre y que alguien debería darle un poco de pan.
Le dimos pan. La paloma, que según la nota de Nicolle se llamaba Bárbara, comió tres mendrugos, bebió agua de un cuenco de té y se instaló sobre la vitrina del huevo con aire de propietaria. Mateo, que dormía de pie en el pasillo, se despertó por el ruido, entró en la habitación sin llamar y se quedó mirando al ave con una ceja levantada.
—¿Eso qué es?
—Una paloma.
—Ya lo veo, jefe. ¿Qué hace en la vitrina?
—Descansa.
—¿Va a quedarse?
—Eso depende de ella.
—¿Y si se queda, qué cargo ocupa?
—¿Cómo?
—Que si se queda, tendré que darla de alta en la nómina. Todo lo que respira cerca de usted acaba con contrato.
—Mateo, es una paloma.
—Es la mensajera oficial de la señorita Kimberley. Eso la convierte en un activo estratégico.
—Dale de alta.
—¿Con qué sueldo?
—El que le parezca justo.
—Jefe, ¿cuánto cuesta una paloma mensajera?
—No tengo ni idea.
—Pondré quince euros semanales en alpiste y una prima de peligrosidad por vuelo nocturno.
—Perfecto.
—Y una cláusula de confidencialidad.
—¿Una cláusula?
—Es un pájaro con acceso a información sensible, jefe. Mejor prevenir.
Dormí mal esa noche, y no por la paja. Por la sensación de que me habían dado algo que no sabía dónde guardar. Una orden con forma de abrazo. Una prohibición con forma de ruego. Mirando el techo, pensé en lo que el monje me había dicho en la puerta de la iglesia, mientras me sacudía un hilo de lana del hombro: si cree que una cosa es lo que piensa que es, no la persiga. Había obedecido. No había abierto ninguna puerta, ni arrancado ninguna capucha, ni hecho una sola pregunta. Había hablado con el aire, con un banco de piedra y con unas abejas. Y el aire, el banco y las abejas, o alguien que se les parecía mucho, habían respondido.
A las seis de la mañana, mientras Napoleón desafiaba al sol desde la casa del vecino, sonó el teléfono de Mateo con un timbre que yo conocía bien: el del presidente del consejo de administración.
—Es Valdés —dijo Mateo, pálido.
—Contesta.
—No quiero.
—Es tu trabajo.
—Es un hombre que llora.
—Contesta, Mateo.
Contestó. Puso el altavoz. Una voz temblorosa, ahogada en un sollozo, llenó la habitación.
—Sander, ¿estás ahí?
—Estoy aquí, Augusto.
—Gracias a Dios. Sander, te lo suplico, vuelve.
—¿Qué ha pasado?
—Ha aparecido la competencia.
—¿Qué competencia?
—Los del fondo de las islas Caimán. Ya tienen el once por ciento. Han comprado un uno por ciento más durante la madrugada.
—¿A quién?
—A tu primo Rodolfo.
—¿A Rodolfo?
—Le ofrecieron un yate.
—Rodolfo vendería a su madre por un yate.
—Y a su tía.
—Es verdad.
—Pero hay más, Sander.
—Dime.
—Han pedido una asamblea extraordinaria. Para mañana a las doce. Quieren presentar un plan de reestructuración.
—¿Qué plan?
—No lo sé. Lo traen en una maleta.
—¿En una maleta?
—Una maleta de piel. Con candado.