¡ Auxilio! El Ceo Posesivo Quiere Cazarme.

Capítulo 11: Celos.

Kimberley.

Hay una clase de adiós que no se da con la boca. Se da con la mano, desde lo alto de una terraza de piedra, con el hábito prestado ondeando al viento y la capucha caída sobre los hombros, mientras una limusina negra, larguísima, absurda, se aleja por un camino de cabras llevándose consigo a un hombre que no sabe que acaba de ser despedido por la persona a la que menos esperaba.

Yo levanté la mano. No me pregunteis por qué. Había jurado esconderme hasta el invierno, había jurado no mirar, había jurado que no me iba a asomar. Pero cuando la limusina se detuvo un segundo en la curva, justo antes de perderse entre los pinos, y vi aparecer en la ventanilla trasera una cabeza con un sombrero de paja, y esa cabeza se volvió hacia la colina, hacia mi terraza, hacia mí, la mano se me levantó sola. Como la de un muñeco al que alguien tira de un hilo.

Él no pudo verme la cara. Estaba a un kilómetro. Pero vi cómo se detenía el coche, cómo se abría la ventanilla, cómo una mano grande y pálida se alzaba despacio, sin prisa, con los dedos abiertos, y se quedaba así, inmóvil, durante diez segundos eternos, hasta que el coche arrancó otra vez y se lo tragó el camino.

—Qué escena tan lamentable —dijo una voz a mi espalda.

—Déjeme en paz, Fray Tadeo.

—Yo no he dicho nada.

—Lo ha pensado.

—He pensado que es usted un caso perdido. Es distinto.

Me giré. Fray Tadeo estaba apoyado en una columna con los brazos cruzados y una ceja levantada, y detrás de él, en fila, con la solemnidad de un tribunal, esperaban cuatro frailes con cuatro quesos en las manos. Uno de ellos, gordito y colorado, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y esto? —pregunté.

—Su despedida.

—¿Me voy?

—Tiene que irse, hija. El Jueves de la Palabra terminó ayer. Hoy el monasterio vuelve al silencio y hay un límite de huéspedes camuflados por trimestre.

—¿Cuántos son?

—Uno. Y ya lo ha gastado usted.

Suspiré. Me quité el hábito con cuidado, lo doblé sobre el pretil de piedra y me puse mi jersey de siempre, que olía a ahumado. Los frailes se acercaron, uno tras otro, y me fueron entregando sus quesos con una reverencia. El primero, un queso pequeño y duro, de corteza negra. El segundo, uno blando, envuelto en hojas. El tercero, un cilindro enorme que apenas podía sostener. El cuarto, el del fraile gordito, que me lo puso en las manos sollozando.

—Es el queso de la despedida —murmuró Fray Tadeo—. Significa: vuelva pronto, no se olvide de nosotros, y por favor no cuente a nadie lo de la barba.

—¿Y los otros?

—El de corteza negra es para curar el mal de amores.

—Yo no tengo mal de amores.

—Entonces se lo come mi sobrino.

—¿Tiene un sobrino?

—Tengo muchos. Soy de Andalucía.

Me eché a reír. Me limpié los ojos con la manga y abracé a Fray Tadeo con tanta fuerza que se le cayó la cuerda del cinturón. Él se quedó rígido unos instantes y después me dio dos palmadas en la espalda, con esa torpeza tierna de quien confiesa mucho pero abraza poco.

—Gracias —dije.

—No hay de qué.

—Por todo.

—Por la barba, sobre todo.

—Por la barba, sobre todo.

—Hija —dijo, apartándome por los hombros—. Un último consejo. Y este es de verdad, sin ironías.

—Dígame.

—No le haga daño por miedo. Si tiene que decirle que no, dígaselo. Pero dígaselo de frente.

—Es lo que más me cuesta.

—Lo sé. Por eso se lo digo.

Me despedí del abad con una reverencia. El anciano, que en el desayuno había vuelto a su voto de silencio, me bendijo con tres golpes de cuchara en un queso y una expresión de tal dulzura que casi me quedo a vivir allí. Me despedí de Bárbara... no, de Bárbara no. Bárbara se había ido con Sander en la limusina, con la desfachatez de las palomas que cambian de bando. Y de Gertrudis tampoco me despedí, porque Gertrudis, al despertarme esa mañana, no estaba en mi cama.

Lo noté al abrir los ojos. En lugar de un peso cálido sobre los pies, había un hueco frío. Miré debajo de la cama, detrás de la puerta, en el alféizar, dentro del hábito, en el cubo. Nada. Ni una pluma. Salvo un huevo marrón, todavía tibio, en el centro de la almohada, colocado con una delicadeza ceremonial.

—Qué cara más dura —murmuré—. Dejarme un huevo y largarse.

Pensé que habría salido a cazar bichos. Que habría ido a dar un paseo por el claustro. Que aparecería a la hora de comer, como siempre, con un aire de ofendida. Pero no apareció. Ni en el refectorio, ni en el huerto, ni en la quesería. Y cuando cuatro frailes me ayudaron a cargar mis quesos en una carreta de mulas, junto al fraile conductor, Fray Bartolo, ya sabía, con una certeza de campesina, que aquella gallina me estaba preparando una de las suyas.

El viaje de regreso fue una experiencia mística. No por la espiritualidad, sino por el conductor. Fray Bartolo, el que levitaba, tenía por costumbre guiar la carreta subido de pie sobre el asiento, con los brazos en cruz, mirando al cielo, mientras la mula, una criatura sabia y escéptica, seguía el camino sin necesidad de órdenes.

—¿No se cae? —le pregunté, después de la tercera curva.

El fraile me miró desde arriba, con una sonrisa beatífica, y asintió. Después, con una mímica sorprendentemente elocuente, me explicó que estaba levitando.

—Está subido a un asiento.

Negó con la cabeza.

—Está de pie en un asiento.

Negó con más fuerza, ofendido.

—Fray Bartolo, ¿es usted consciente de que hay cuatro centímetros de madera bajo sus sandalias?

El fraile se llevó una mano al corazón, dolido, y con la otra me señaló el cielo. Después me dio la espalda y siguió levitando, o lo que fuera, hasta que llegamos a San Cebollino del Barro.

Lo supe nada más ver el cartel de entrada, ese que sirve de bienvenida y de despedida. Alguien lo había cubierto con una pancarta de tela blanca, atada con cuerdas, en la que habían pintado con letras rojas y desiguales: Bienvenida a casa, Kimberley, nuestra heroína del queso.




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