Avengers- Los Héroes del Mañana.

Capítulo 21

Casa de Yorleny - Dolores, Tolima, Colombia
Dos días después de la notificación

La habitación de Yorleny parecía haber sido sacudida por un huracán silencioso.

Cajas de cartón de diferentes tamaños se apilaban contra la pared junto al viejo armario de madera. Bolsas plásticas llenas de ropa doblada descansaban sobre la cama individual. Libros escolares, cuadernos con las esquinas dobladas, y carpetas con trabajos acumulados ocupaban cada superficie disponible.

Un caos organizado.

O al menos eso era lo que Yorleny intentaba convencerse mientras sostenía un peluche desgastado en sus manos, debatiendo internamente si guardarlo o dejarlo.

No sé cuánto tiempo estaré fuera, pensó, mirando el oso de felpa que había tenido desde que tenía siete años. Mejor guardarlo todo. Antes de que mamá decida que es basura y lo tire.

Dejó el peluche dentro de una caja marcada con "NO TOCAR - YORLENY" en marcador negro grueso.

—Tía... ¿te vas a ir mucho tiempo?

La voz aguda y curiosa de Miley interrumpió sus pensamientos.

Yorleny se giró para ver a su sobrina de siete años parada en el umbral de la puerta, con el cabello castaño completamente revuelto como si hubiera estado en medio de un tornado. Llevaba puesta una camiseta rosada con manchas de lo que parecía ser jugo de mora y los pies descalzos cubiertos de polvo.

La niña observaba las cajas con ojos grandes y preocupados.

—Porque estás empacando muchas cosas —añadió Miley, su labio inferior temblando apenas perceptiblemente— Como cuando mi papá se fue, para Medellín, no volvió en mucho tiempo…

Yorleny sintió una punzada en el pecho.

Dejó la ropa que estaba doblando y se sentó en el suelo de concreto frío, poniéndose a la altura de la niña. Extendió los brazos.

—Ven acá.

Miley corrió hacia ella inmediatamente, lanzándose contra su pecho con la confianza absoluta que solo los niños pequeños tienen.

Yorleny la abrazó firmemente, sintiendo el calor pequeño de su cuerpo contra el suyo.

—No sé cuánto tiempo voy a tardar —admitió con honestidad suave— Pero tengo que guardar mis cosas porque si no, tu abuela empieza a botar todo lo que ella cree que no sirve. Ya sabes cómo es.

Miley asintió solemnemente contra su hombro.

—Abuela dice que las cosas viejas ocupan espacio que las cosas nuevas necesitan.

—Exactamente —Yorleny sonrió a pesar del nudo que sentía formarse en su garganta— Por eso estoy guardando todo bien guardadito. Para que cuando regrese, todo siga aquí.

Si regreso, susurró una voz pequeña en el fondo de su mente. Si esto es realmente lo que dicen que es.

En ese momento, un sonido característico resonó desde el pasillo. El traqueteo inconfundible de ruedas plásticas golpeando contra el piso irregular.

Yorleny y Miley giraron la cabeza simultáneamente hacia la puerta.

Gabi apareció en el umbral montada en su caminador rosado con estampados de nubes blancas, sus piernas regordetas empujando contra el suelo con determinación caótica. El caminador chocó contra el marco de la puerta con un golpe sordo antes de corregir dirección y entrar a la habitación como un pequeño terremoto de ocho meses con intenciones destructivas.

Y entonces Yorleny la vio realmente. El rostro de Gabi. Su expresión.

Esa alegría mansa que no necesitaba ruido para llenar completamente una habitación.

Sus ojos —dos pequeñas lunas crecientes— se entornaban con una dulzura infinita, guardando en su brillo el secreto de travesuras compartidas y el asombro genuino de descubrimientos nuevos. Sus mejillas, redondas y sonrosadas como frutas maduras al sol de la tarde, se elevaban con naturalidad, empujadas por una sonrisa que apenas asomaba pero que revelaba una hilera de encías rosadas y dos dientes diminutos recién brotados.

Era una felicidad pura. Sin filtros.

Era la pureza capturada en un pliegue suave de piel infantil, una invitación silenciosa a recordar que la felicidad, en su estado más elemental, tan ligera y cálida como la luz que ilumina una mirada inocente.

Yorleny sintió que algo dentro de su pecho se apretaba dolorosamente.

No quiero irme, pensó con claridad súbita y brutal. No quiero dejar esto. No quiero dejar a Miley preguntando cuándo voy a regresar. No quiero perderme los primeros pasos reales de Gabi sin el caminador. No quiero...

Pero la carta estaba firmada. La decisión estaba tomada.

Y en cuarenta y dos horas —ahora menos— estaría en un avión hacia un lugar que ni siquiera sabía dónde quedaba exactamente.

Gabi llegó hasta ellas con su caminador, chocando suavemente contra las piernas de Yorleny con un golpe amortiguado. Levantó los bracitos regordetes exigiendo ser cargada con la energía entusiasta característica de los bebés que saben que el mundo gira a su alrededor.

—Bah —declaró con autoridad absoluta.




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