YORLENY - DOLORES, TOLIMA, COLOMBIA
02:15 horas
La madrugada en Dolores olía a tierra húmeda y café.
Yorleny bajó las escaleras con su maleta pequeña, pisando despacio para no despertar a nadie, aunque sabía que su madre llevaba despierta desde las doce de la mañana porque había escuchado el crujido característico de la cama de madera del cuarto de al lado.
Su mamá nunca dormía bien cuando algo importante estaba pasando. Su papá, por el contrario, roncaba como si nunca hubiera dormido.
Se detuvo en la sala.
Miró alrededor en la oscuridad tenue que entraba por la ventana.
El sofá donde Miley se quedaba dormida viendo televisión.
La silla mecedora de su padre. La mesa donde habían comido miles de veces juntos.
La puerta de la habitación de su hermana, donde dormía con Gabi, y Miley
Su mente viajó automáticamente a ayer por la tarde.
La heladería del parque central estaba casi llena a pesar del frío característico de Dolores, que para la gente del pueblo era perfectamente normal pero que cualquier visitante hubiera encontrado absurdo.
Jimena había pedido helado de mora con chispas de chocolate, como siempre. Yeraldine había pedido el más grande del menú porque según ella "si me voy a congelar que sea por algo que valga la pena". Y Yorleny había pedido Browne, su favorito de toda la vida.
Habían estado allí durante casi dos horas.
Hablando de nada importante.
De la profesora de química que siempre llegaba tarde. Del muchacho nuevo del barrio que Jimena encontraba “Lindo” pero nunca admitiría. De la novela que Yeraldine estaba leyendo y que según ella "era la mejor cosa que había leído en su vida" aunque decía eso con cada libro nuevo.
Yorleny había guardado cada detalle.
La forma en que Jimena gesticulaba exageradamente cuando contaba historias.
La risa de Yeraldin que empezaba suave y terminaba siendo completamente escandalosa.
El sabor dulce del Browne en su lengua.
El frío familiar del viento bajando desde las montañas. Todo. Porque sabía que era la última vez. Y no podía decirlo.
Cuando se despidieron en la esquina de siempre, Jimena la había abrazado con fuerza.
—Nos vemos mañana —había dicho.
—Sí —había respondido Yorleny—Nos vemos.
La mentira más dolorosa que había dicho en su vida.
Escuchó pasos en el pasillo. Su madre apareció en la sala con una taza de café en cada mano, vestida con su bata de siempre, el cabello suelto y los ojos con el brillo inconfundible de quien ha estado llorando en silencio para que nadie lo escuche.
Le extendió una taza sin decir nada.
Yorleny la tomó.
Se sentaron juntas en el sofá durante varios minutos sin hablar, bebiendo café caliente en la oscuridad de la madrugada.
Desde el cuarto de arriba llegó un sonido pequeño. Su padre se había acabado de levantar, y estaba buscando sus chanclas a tientas en la oscuridad.
En ese momento, la puerta de la habitación de su hermana se abrió. Mónica, salió en pijama y con una cara de visible cansancio, mientras que Miley estaba parada detrás de ella con su peluche favorito apretado contra el pecho y los ojos entrecerrados por el sueño.
—¿Ya te vas, tía? —murmuró con voz adormilada.
Yorleny dejó la taza en la mesa y se acercó a ella, arrodillándose para quedar a su altura.
—Ya me voy, mi amor.
Miley la abrazó sin decir nada más.
Con esa fuerza silenciosa que solo tienen los niños cuando no entienden completamente lo que está pasando, pero saben que es importante.
Yorleny cerró los ojos.
Mónica se hizo a un lado, esperando pacientemente su turno. Independientemente de los conflictos y mal entendidos que tenían como hermanas, se querían. Y en el fondo estaba orgullosa de ella, era la única de las tres que había logrado obtener una oportunidad asi.
Yorleny se levantó con cuidado, con los ojos al borde de las lágrimas, abrazó a su hermana con fuerza.
—Te voy a extrañar, cara de gurre. — le dijo Yorleny mientras, se separaba de ella tratando de aligerar un poco la situación con algo de humor.
—Yo también, bruja. — le respondió su hermana, soltando una leve sonrisa.
En ese momento, su papá bajo por las escaleras bostezando sonoramente, frotándose la cara tratando de ahuyentar el sueño que lo consumía.
Su padre, un hombre de cincuenta y tantos, era bastante poco expresivo, pero eso no le quitaba lo noble de su corazón.
Se acercó despacio hacia ella, con los brazos cruzados sobre su pecho, tratando de calmar los nervios que le invadían.
Se acerco con cautela, como si estuviera pidiendo permiso, para abrazarla. Ella no lo dudo mucho. Se abalanzo sobre él, abrazándolo lo más fuerte que podía. Extrañaría su compañía, sus juegos, los dulces que él le traía, de la calle. Se permitió llorar solo por un momento, mientras recibía, caricias en su cabeza tratando de tranquilizarla.
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Editado: 27.10.2026