Avengers- Los Héroes del Mañana.

Capítulo 26

MARIANA – CALI, COLOMBIA

04:10 horas

—Emma no puede quedarse sola en el jardín cuando llueve —dijo Mariana por tercera vez, revisando su lista escrita a mano— Sus bronquios se complican con la humedad. Necesitan meterla adentro apenas empiece a nublarse. No esperen a que llueva. Cuando se nuble.

—Mariana —dijo su madre con paciencia infinita— Ya lo entendimos.

—¿Lo apuntaron?

—Lo apuntamos.

—¿Dónde está el papel?

Su padre levantó el papel en cuestión desde la mesa de la cocina. Era una hoja de cuaderno llena de instrucciones en letra apretada y ordenada sobre el cuidado de Emma, la perra beagle de cinco años con asma crónica que había llegado a la familia hace tres y se había instalado en el corazón de todos con la eficiencia de quien sabe exactamente que pertenece a un lugar.

Emma en ese momento estaba sentada a los pies de Mariana, mirándola con esos ojos color caramelo que parecían comprender demasiado para ser una perra.

—Y el inhalador veterinario está en el cajón de arriba del botiquín —continuó Mariana— El azul. No el verde. El azul es el de emergencia. Dos pulsaciones máximo sin consultar al veterinario primero.

—Mariana.

—Ya sé. Ya lo apuntaron. Pero es importante.

Se agachó y tomó a Emma entre sus brazos.

La perra se dejó cargar con la resignación serena de quien está acostumbrado a ser amado con mucha intensidad.

—Tú —le dijo Mariana mirándola directamente— te vas a portar bien. Sin correr en el frío. Sin ladrarle a los vecinos. Y si sientes que te falta el aire, le ladras a mamá. ¿Okay?

Emma la lamió en la nariz.

—Tomo eso como un compromiso formal.

Desde el pasillo llegó una voz pequeña y gruñona.

—¿Ya se va Mariana?

Su hermanito apareció en pijama de dinosaurios, el cabello completamente parado, arrastrando los pies con el malhumor específico de un niño de seis años al que han despertado demasiado temprano.

Mariana dejó a Emma en el suelo y se giró hacia su hermano.

—Ya me voy.

Su hermano la miró durante un segundo.

Luego corrió hacia ella.

Se aferró a su cintura con ambos brazos y la fuerza de sus seis años completos, enterrando la cara contra su estómago.

—No quiero que te vayas —dijo con voz amortiguada por la tela de su suéter.

Mariana le revolvió el cabello.

—Ya sé.

—¿Cuándo vuelves?

—Pronto.

—¿Cuánto es pronto?

—Más rápido de lo que crees.

Su hermano apretó más fuerte.

—Mentira.

Mariana rió suavemente.

—Un poco mentira, sí.

Sus padres los observaban desde la entrada de la cocina. Su madre con los ojos brillantes, pero sonriendo. Su padre con esa expresión de orgullo genuino que Mariana guardó como un tesoro.

—Estamos muy orgullosos de ti —dijo su padre.

—Ya lo sé, papá.

—¿Lo sabes de verdad?

Mariana lo miró.

—De verdad.

Despegó suavemente los brazos de su hermano de su cintura, prometiéndole que lo llamaría, que le mandaría fotos, que le traería algo de Nueva York.

Aceptó estas promesas con la seriedad de un negociador experimentado asegurándose de que los términos fueran claros.

Emma los acompañó hasta la puerta meneando la cola suavemente.

Cuando Mariana cruzó el umbral y sintió el aire fresco de la madrugada colombiana en su cara, se giró una última vez.

Su hermanito seguía en la puerta con Emma a sus pies.

Le hizo adiós con la mano muy seria.

Mariana le hizo adiós de vuelta.

Y dio media vuelta antes de que él pudiera ver que los ojos se le habían llenado.

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LUIS ANTONIO – MATAGALOA, NICARAGUA
03:55 horas

La maleta ya estaba junto a la puerta desde la noche anterior.

Luis Antonio había dormido exactamente cero horas.

Había pasado la madrugada entre sus tres pantallas, archivando meticulosamente todos sus archivos de investigación en carpetas encriptadas, borrando el historial de búsqueda de los últimos seis meses, y dejando sus sistemas en un estado que consideraba apropiado para una ausencia de duración indeterminada.

No por paranoia.

Por orden. Le gustaba que las cosas estuvieran en orden.

Sus padres estaban en la sala.

Su padre, don Ernesto, estaba sentado en su sillón habitual con los brazos cruzados y esa postura suya de hombre que no sabe exactamente qué hacer con las emociones y por eso las guarda todas adentro hasta que se convierten en rigidez.




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