Azucar en la Tormenta

Capítulo 2 | El peso de las cenizas y los números

VALERIA

Hay dos olores que se han quedado tatuados en mi cerebro para siempre, marcando la frontera exacta donde mi vida se partió en dos: el de las coronas de flores blancas marchitándose bajo el sol implacable de la Ciudad de México, y el hedor estéril y punzante del antiséptico del Hospital Central. Llevo cinco días pivotando entre ambos mundos, flotando por los pasillos como un fantasma atrapado en un purgatorio del que nadie me viene a rescatar.

Ayer enterré a mis padres. Aunque "enterrar" es un verbo que le queda inmensamente grande a lo que en realidad sucedió. Fue un trámite burocrático, frío y despiadado. Consistió en firmar un montón de papeles con una mano que no dejaba de temblar, autorizar cremaciones de cuerpos que no me dejaron ver, y recibir a cambio dos urnas de madera. Pesaban ridículamente poco. ¿Cómo era posible que las vidas de las dos personas que más amaba en el universo entero, sus risas, sus años juntos, su amor incondicional, cupieran en dos cajas que yo podía sostener contra mi pecho destrozado?

Lo hice completamente sola.

Los padres de Roberto, Beatriz y Ernesto, no aparecieron. Me enviaron un miserable y escueto mensaje desde España justificando que "los vuelos de regreso a México estaban imposibles de conseguir" y que el dolor de perder a su único hijo los tenía físicamente incapacitados. Al leerlo, una furia hirviente, casi animal, me quemó la sangre. ¿Incapacitados? Yo tenía apenas veintisiete años, los huesos rotos por dentro, las costillas vendadas y acababa de pasar por el infierno de elegir qué ropa le iban a poner a mi mamá para volverla cenizas. Yo no tuve el maldito lujo de incapacitarme. No pude permitirme derramar una sola lágrima frente a esas urnas porque sabía que, si empezaba a llorar, me desarmaría en mil pedazos irremediables. Y no podía caerme. No cuando Emma estaba a diez kilómetros de ahí, conectada a un ventilador artificial en la Unidad de Cuidados Intensivos, necesitando desesperadamente que alguien en este mundo oscuro y cruel se mantuviera de pie por ella.

Entré a la sala de espera de la UCI Pediátrica sintiendo que el aire estaba hecho de plomo fundido. Me dejé caer en la misma silla de plástico rígido, fría y dura, que había servido como mi única cama durante los últimos días. Cerré los ojos buscando un segundo de tregua, pero al hacerlo, la pesadilla me asaltó de nuevo: solo veía la sombra del camión, los destellos rojos de las luces de emergencia y las cenizas de mi familia.

—Valeria.

Abrí los ojos de golpe. Frente a mí estaba Juan. El doctor Juan Pablo Navarro, el endocrinólogo pediatra que, desde aquella noche infernal, se había hecho cargo del caso de mi estrellita. Juan no era como los otros médicos que escupían términos clínicos que sonaban a sentencias de muerte. Tenía treinta y tantos años, unas ojeras violetas que rivalizaban en profundidad con las mías, y una bata blanca que invariablemente olía a café barato de máquina.

—Hola, Juan —susurré, obligándome a enderezar la espalda. Sentí cómo la tela rígida de la ropa negra del funeral se me pegaba a la piel sudada, sintiéndose como una segunda capa de la que jamás podría escapar.

Él no se sentó en la silla de enfrente para mirarme con lástima. Se sentó a mi lado, mirando hacia la pared blanca, ofreciéndome su presencia sin invadir mi espacio.

—El velorio… ¿ya terminó? —preguntó, con una voz tan suave que casi me rompe.

Asentí, tragando saliva con fuerza para empujar hacia abajo el nudo de alambre de púas que me desgarraba la garganta. —Sí. Ya. Ya están… ya pasó.

Juan giró el rostro despacio para mirarme. Sus ojos oscuros irradiaban una empatía clínica pero dolorosamente genuina que amenazaba con desarmar todas mis defensas. —Valeria, no has derramado una sola lágrima desde que te conocí hace cinco días. Ni cuando te di el diagnóstico, ni hoy. Si sigues aguantando la respiración bajo el agua, tus pulmones van a reventar.

—No puedo, Juan —mi voz tembló, frágil como un cristal al borde del precipicio, y clavé las uñas en mis muslos hasta hacerme daño. —Si lloro, me rompo. Y si me rompo, dime, ¿quién demonios sostiene a Emma? Mis abuelos ni siquiera se dignaron a tomar un vuelo. Estoy sola frente al fin del mundo. Y además… —levanté una mano temblorosa y señalé el maldito folleto que él había dejado en mi regazo esa mañana, titulado Viviendo con Diabetes Tipo 1.

—Además, tienes que aprender otro idioma —completó él, con infinita paciencia.

—Es demasiado —confesé, sintiendo que el pánico crudo me trepaba por el pecho y me asfixiaba. —Me hablas de ratios de insulina, de unidades basales, de bolos de corrección, de conteo estricto de carbohidratos, de hipoglucemias que pueden causarle convulsiones y de hiperglucemias que la pueden devolver al coma. Juan, mírame. Yo trabajo haciendo campañas de marketing. ¡No soy enfermera! La voy a matar. Un día voy a calcular mal, le voy a poner una unidad de más en la madrugada, y la voy a matar.

Juan puso una mano firme, pesada y cálida sobre mi hombro tembloroso. —Mírame, Vale.

A través del escozor de mis ojos secos, lo miré.

—No la vas a matar. Vas a aprender. Te juro que te voy a enseñar a leer cada etiqueta, a usar la jeringa con los ojos cerrados, a entender cómo se comporta su cuerpo ahora. Pero Valeria, no puedes hacerlo si sigues peleando contra Dios, contra el universo y contra este dolor inmenso al mismo tiempo. Necesitas soltar algo o te vas a quebrar.

Si Dios existía, pensé con amargura, era un ser infinitamente cruel. ¿Qué clase de plan maestro implicaba arrebatarle ambos padres a una niña inocente de siete años y, en el mismo maldito instante, destruirle el páncreas de por vida? No había justicia divina en esas urnas, ni en las jeringas que me esperaban.

—Emma despertó hace una hora —anunció Juan de pronto, cambiando el viento de mi tormenta interna con una sola frase. —Le quitamos el ventilador. Está estable, Vale. Sus niveles de cetonas bajaron considerablemente. Y pregunta por ti.




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