Azucar en la Tormenta

Capítulo 3 | El monstruo en la nevera

VALERIA

El sonido de las llaves girando en la cerradura de mi apartamento siempre había sido mi señal de victoria diaria. Significaba dejar atrás el estrés de la agencia, quitarme los tacones y pedir sushi en paz mientras la lluvia de Bogotá golpeaba los ventanales.

Hoy, ese mismo chasquido metálico sonó como la puerta de una celda cerrándose a nuestras espaldas.

Empujé la puerta y encendí la luz. Mi apartamento, ubicado en un piso alto cerca de los cerros orientales, era pequeño, minimalista, decorado en tonos grises y blancos. No había juguetes en el piso, ni dibujos pegados en la nevera, ni protectores de plástico en las esquinas de las mesas de cristal. Era el refugio impecable de una mujer soltera adicta al trabajo. Ahora, con su frialdad bogotana intacta, se sentía como un terreno hostil, afilado y peligroso.

Entré arrastrando dos maletas. Una contenía la poca ropa que pude empacar a la fuerza de la casa de mis padres —esa casa inmensa a la que Emma no quería volver porque los buscaba desesperadamente en cada rincón—. La otra era una maleta térmica, pesada, lúgubre, repleta de viales de insulina, jeringas, tiras reactivas y un glucómetro. Era el kit de supervivencia que Juan, el pediatra, me había entregado al darnos el alta.

Emma entró detrás de mí, arrastrando los pies sobre la madera flotante. Llevaba puesto el suéter de Roberto, una prenda inmensa que le quedaba por las rodillas, y abrazaba a su peluche de conejo gris contra su pecho como si fuera un escudo antibalas.

El silencio del departamento era tan absoluto, tan denso, que me pitaban los oídos. Dos personas completamente rotas paradas en el umbral de una vida que no sabían cómo vivir.

—Bienvenida a casa, estrellita —dije, intentando forzar que mi voz sonara cálida, pero salió como un eco hueco, patético. —Sé que no es tu cuarto, pero podemos poner tus colores por todas partes. Mañana compramos cosas, ¿sí?

Emma asintió muy despacio, con la mirada vacía, sin soltar al conejo. Caminó hasta la sala y se sentó en el borde de mi sofá gris, viéndose minúscula, casi frágil como el cristal. Sus ojeras eran oscuras, profundas para una niña de su edad, y tenía los deditos llenos de pequeños puntos morados, el rastro cruel de todos los pinchazos de la última semana en la UCI.

Miré el reloj de la pared. Las siete de la tarde. Hora de cenar. Hora del monstruo.

Dejé las maletas en el suelo, pero antes de dar un paso hacia la cocina, mi celular vibró en el bolsillo de mi abrigo. Lo saqué mecánicamente. Era un correo corporativo de Recursos Humanos. El asunto me heló la sangre: Resolución de Solicitud de Vacaciones - DENEGADA.

Abrí el correo con dedos temblorosos. Mi licencia de incapacidad por el accidente duraba exactamente un mes. Treinta miserables días para sanar costillas rotas, enterrar a mis padres y aprender a mantener viva a una niña con una condición crónica incurable. Había solicitado empalmar mis vacaciones acumuladas para tener margen de respiro, pero la firma al final del rechazo me hizo ver rojo: Nicolás Ferrer, Nuevo Director Regional.

Apreté el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Nicolás. Mi némesis de la universidad. El hombre que se creía un dios intocable porque la vida le había dado todo en bandeja de plata. El tipo arrogante que siempre buscaba la confrontación directa en cada debate, en cada proyecto, disfrutando de hacerme pedazos frente a todos. ¿Y ahora era mi jefe? ¿Él decidía sobre mi tiempo? Me invadió un enojo tan denso y asfixiante que me mareó. Él no tenía idea de que mi vida acababa de estallar en mil pedazos, pero aun así, su egoísmo de manual acababa de acortar mi tiempo de supervivencia. Tenía un mes. Un mes para aprender este maldito idioma médico o perdería mi trabajo.

Guardé el teléfono, tragándome la bilis, y caminé hacia la cocina. Mis manos empezaron a temblar violentamente. Juan me había hecho practicar con una naranja en el hospital.

Quince gramos de carbohidratos equivalen a una unidad de insulina de acción rápida, había dicho él, con su tono clínico. Pesa la comida, Valeria. Un error en el cálculo puede ser peligroso.

Saqué la báscula de cocina digital que antes usaba exclusivamente para hacer recetas de dieta. Saqué pan, jamón y serví un vaso de leche. Empecé a pesar cada rebanada. Mi cerebro, que normalmente podía calcular presupuestos gigantescos de marketing en cuestión de segundos, de repente se sentía inútil, atrofiado por el terror.

Pan: 15 gramos. Leche: 12 gramos. Son 27 gramos. Casi dos unidades. El pánico me asaltó. ¿Le pongo dos o una y media? Si le pongo dos y se le baja el azúcar en la fría madrugada bogotana… ¿y si convulsiona? ¿Y si no me doy cuenta a tiempo?

Me apoyé contra la encimera fría de cuarzo de la cocina, respirando por la boca, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta como una soga. Lágrimas de pura impotencia, de una orfandad que quemaba, me nublaron la vista. Quería llamar a mi mamá. Quería llamarla para preguntarle cómo diablos se le quitaba el miedo a equivocarse, cómo se fingía ser valiente cuando los ojos de tu niña te miraban buscando salvación. Pero mi mamá no iba a contestar. Mi mamá era cenizas en una urna de madera.

Me sequé la cara con rudeza, raspándome la piel. Preparé la jeringa con un pulso patético. Extraje las dos unidades de insulina, viendo a contraluz el líquido transparente que ahora era el único seguro de vida de mi hermana.

Caminé hacia la sala con el plato de sándwich, el vaso de leche y la aguja.

Emma miró la jeringa y su instinto fue encogerse en el sofá, pegándose al respaldo, abrazando más fuerte a su conejo.

—No, Vale. Ya no quiero más piquetes —murmuró, con los ojos inmensos y llenos de lágrimas contenidas. —Me duele.

El corazón se me partió en dos mitades sangrantes. Me arrodillé en la alfombra frente a ella, a su misma altura.




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