Azucar en la Tormenta

Capítulo 4 | El peso del mundo en una lonchera

VALERIA

La doctora Méndez, la psicóloga que me asignó la EPS tras el accidente, me dijo el martes pasado que mi cerebro estaba operando en estricto "modo supervivencia". Dijo que, en algún momento, la adrenalina iba a bajar de golpe y el dolor crudo me iba a alcanzar. Me sugirió que empezara por tomar decisiones prácticas para ir cerrando ciclos.

“¿Qué vas a hacer con la casa de tus padres, Valeria?” me había preguntado, con esa voz de terapeuta que me sacaba de quicio.

¿Qué diablos iba a hacer? No lo sabía. Las cajas de cartón seguían apiladas en la esquina de mi sala, llenas de ropa que aún olía a ellos, y la inmensa casa familiar en el barrio Teusaquillo estaba vacía, fría, acumulando polvo bogotano y facturas. Ponerle un letrero de "Se Vende" se sentía como borrar a mi mamá y a Roberto de la faz de la tierra para siempre. Así que hice lo que mejor sabía hacer últimamente: ignorarlo por completo.

Hoy la lluvia golpeaba los ventanales de mi apartamento con una furia gris, recordándome que se cumplía exactamente un mes del accidente. Un mes desde que el azúcar y la muerte se mudaron con nosotras a la fuerza. Un mes, y hoy se suponía que Emma volvía al colegio.

Pero había otro peso asfixiándome esta mañana. Mi licencia de incapacidad médica terminaba hoy. Treinta días exactos para sanar huesos rotos, organizar funerales y aprender a ser el páncreas artificial de mi hermana. Sabía que no estaba lista para volver, así que había solicitado empalmar mi mes de incapacidad con mis tres semanas de vacaciones acumuladas.

La respuesta había llegado a mi correo a las seis de la mañana: “Solicitud DENEGADA. Requerimos reincorporación inmediata. Firma: Nicolás Ferrer, Director Regional.”

Nicolás maldito Ferrer.

Solo leer su nombre me revolvía el estómago. Había sido mi némesis absoluto en la universidad. El niño de oro, el tipo de familia acomodada que se creía un dios intocable porque todo le salía bien sin aparente esfuerzo. Mientras yo me mataba estudiando para mantener mi beca, él se pavoneaba por los pasillos con su arrogancia de manual, buscando siempre la confrontación directa conmigo en los debates, disfrutando con sadismo de intentar despedazar mis argumentos frente a toda la clase. Lo odiaba. Odiaba su perfección, odiaba su sonrisa superior, y ahora odiaba que tuviera el poder de obligarme a volver a una oficina cuando mi vida personal estaba en ruinas.

—Estrellita, vas a llegar tarde —dije, apoyándome en el marco de la puerta de su habitación, tragándome la rabia. Llevaba veinte minutos intentando que se pusiera el saco del uniforme.

Emma estaba sentada en el piso de madera, abrazando sus rodillas, con la falda de cuadros a un lado y la camisa blanca arrugada entre las manos. Estaba llorando en silencio. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y caían sobre las medias blancas que no se había puesto. Miré las pequeñas cicatrices pálidas en su antebrazo, una constelación cruel dejada por los vidrios del parabrisas, exactamente iguales a las que surcaban mi propio brazo derecho. Dos chicas marcadas por la misma tragedia.

—No quiero ir —susurró ella, con la voz rota.

Sentí el familiar nudo de alambre de púas apretándome la garganta. Me arrodillé frente a ella, ignorando el cansancio que me pesaba en los huesos.

—Emma, ya hablamos de esto con tu psicóloga. Tienes que volver a ver a tus amiguitos. Te extrañan mucho.

—¡No es cierto! —gritó, levantando la cabeza de golpe. Tenía los ojitos hinchados—. ¡Me van a mirar raro, Vale! A la hora del recreo, todos comen pastelitos, y galletas con chispas, y jugo de cajita. Y yo… yo tengo que sacar mis nueces tontas y mi queso. ¡Y me vas a tener que pinchar frente a todos para que me vean la sangre!

—Amix, ya hablamos con la directora del colegio. Yo voy a ir a la hora del recreo a ponerte la insulina en la enfermería. Nadie te va a ver.

—¡Pero ellos van a comer donas y yo no! —sollozó, escondiendo la cara entre las rodillas otra vez—. Santiago siempre lleva pastel de chocolate. Y si lo huelo, voy a llorar. Y no quiero llorar en el colegio. No quiero ser la niña enferma. No quiero que me tengan lástima.

El corazón se me fracturó. ¿Cómo diablos le explicas a una niña de siete años que la vida es terriblemente injusta? ¿Cómo le quitas la vergüenza de cargar con una condición que ella no pidió? No podía.

Cerré los ojos, sintiendo una presión insoportable en el pecho. Estaba agotada. Llevaba un mes entero durmiendo en intervalos de dos horas, levantándome con el frío de la madrugada bogotana para revisar su glucosa por pánico a que una hipoglucemia me la arrebatara mientras dormía. Mis reservas de paciencia y cordura estaban en números rojos. Al ver sus hombritos temblar de terror, tomé la única decisión que mi cerebro frito pudo procesar.

—Está bien —dije, soltando un suspiro tembloroso—. Ponte unos jeans calientitos y tus tenis de luces. No vas al colegio hoy.

Emma levantó la vista, sorprendida. —¿De verdad?

—De verdad. Pero no te vas a quedar viendo televisión. Te vienes conmigo a la agencia. Tengo una reunión de campaña a las diez y por culpa del nuevo director no puedo faltar. Así que vas a ser mi asistente de marketing por hoy.

Me regaló una media sonrisa, la primera de la mañana, y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Yo me levanté, tomé la mochila térmica azul donde guardaba los viales de insulina, las agujas, el glucómetro, los sobres de azúcar de emergencia y las colaciones medidas al gramo, y sentí que esa pequeña lonchera pesaba diez toneladas.

EMMA

La oficina de Vale queda en un edificio gigante y tiene paredes de cristal. Cuando llegamos, todo el mundo dejó de escribir en sus computadoras y nos miró.

Yo me escondí rapidísimo detrás de las piernas de Vale. Tenía mucho miedo de que se dieran cuenta de que yo era la niña a la que se le murieron los papás y se le rompió el páncreas. Pero una señora con lentes rojos se acercó corriendo.




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