VALERIA
El piso de porcelanato del baño de la agencia estaba helado, pero yo sentía que me estaba quemando viva desde adentro. Me dejé caer en el último cubículo, abrazándome a mis propias piernas, enterrando la cabeza entre las rodillas para ahogar el sonido de mi respiración rota.
Inhala. Exhala. Uno, dos, tres...
Mentira. No podía inhalar. El aire de Bogotá parecía haberse convertido en cristal molido que me desgarraba la garganta al pasar. Por primera vez en mis veintisiete años, mi cuerpo me había traicionado de forma pública, desmoronándose sin pedirme permiso. Siempre me había jactado de ser la dueña absoluta de mis emociones, la estratega que organizaba crisis de marca en minutos, la mujer de hierro que nunca perdía los estribos bajo presión. En mi cabeza, yo siempre podía sola. Siempre.
Pero ahora, mientras las lágrimas me empapaban el blazer corporativo, me sentía minúscula, rota y patéticamente humana.
Y lo que más me taladraba el pecho no era el ataque de pánico en sí. Era saber que había salido corriendo y había dejado a Emma completamente sola en esa sala de cristal. Mi estrellita, que ya vivía con el terror nocturno de ser abandonada de nuevo, me había visto huir como si ella fuera el monstruo que provocaba mi incendio.
Me obligué a levantarme. Las piernas me temblaban como si acabara de correr un maratón. Fui hasta el lavamanos y abrí el grifo, salpicándome la cara con agua helada hasta que la piel me dolió. Al levantar la vista, el espejo me devolvió el reflejo de una extraña. Mis ojos estaban inyectados en sangre, las ojeras eran dos surcos violetas, y mis manos seguían vibrando con una corriente eléctrica imposible de detener. Bajé la mirada hacia mi antebrazo derecho, donde las pequeñas cicatrices pálidas en forma de media luna —un regalo de los vidrios del parabrisas— hacían juego con las que Emma tenía en su propio brazo.
No era la Valeria Cruz, la coordinadora estrella de la región. Era una huérfana aterrorizada jugando a ser madre, a punto de perder la cabeza.
—Control, Valeria. Control —me siseé a mí misma, apretando los bordes de mármol del lavabo hasta que los nudillos se me pusieron blancos. —Tú no necesitas a nadie. Tú puedes sola. Tienes que poder sola.
A punta de pura fuerza de voluntad tóxica, encerré mi pánico en una caja fuerte mental. Me arreglé el cabello despeinado, me apliqué una capa gruesa de polvo compacto para ocultar la palidez cadavérica y salí al pasillo. Me obligué a caminar derecha, con la barbilla en alto, aunque sentía que las paredes del edificio se cerraban sobre mí para aplastarme.
EMMA
Me quedé sentada en la silla de rueditas, quietecita. Los colores se me resbalaron de las manos y rodaron por el piso alfombrado, pero no quise recogerlos. Vale había salido corriendo de la nada. Sus ojos estaban gigantes, como los de los pajaritos cuando ven a un gato cazador, y ni siquiera me dijo a dónde iba.
¿Hice algo malo? ¿Hablé muy fuerte? Tal vez no quería que viniera a su trabajo. Tal vez ya se había cansado de cargar mi lonchera azul para todos lados.
Miré la lonchera encima de la mesa de cristal. El reloj de la pared de la oficina hacía un ruido muy fuerte: tic, tac, tic, tac. Ya eran las doce. A las doce me toca el piquete de insulina, porque si no, mi sangre se vuelve espesa como el jarabe y me empieza a doler la panza.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —preguntó una voz de señor, muy grave.
Levanté la vista de mis zapatos. Parado en el marco de la puerta de cristal estaba el jefe de Vale. El que tenía el traje azul oscuro perfecto y la cara de que nunca en su vida se había reído de un chiste. Se quedó ahí, mirando la sala de juntas vacía, hasta que sus ojos bajaron y se encontraron con los míos.
Luego, bajó la mirada un poquito más, justo hacia mi lonchera abierta, donde se asomaban las jeringas transparentes, los algodones y el frasquito de insulina.
Se quedó quieto como una estatua. Atónito. Como si hubiera visto un fantasma.
—¿Y tú quién eres, pequeña? ¿Qué haces aquí sola? —preguntó, entrando despacito a la sala, bajando su voz gruesa para que sonara casi tierna y no me asustara.
Lo miré de arriba a abajo. Yo sabía perfectamente quién era él.
—Tú eres el jefe malo —le dije, cruzándome de brazos a la defensiva.
El señor de traje parpadeó, frenando en seco. Parecía muy confundido. —¿El jefe malo?
—Sí. El señor Nicolás. Vale siempre tuerce los ojos cuando habla de ti y dice que te crees el rey del mundo desde la universidad —le solté, sin ningún filtro—. Y yo estoy aquí porque mis papás se murieron en un choque muy feo. El camión nos aplastó. Y del susto, mi páncreas se rompió y dejó de funcionar.
Nicolás abrió los ojos desmesuradamente. El color pareció irse de su cara. —Dios mío... ¿Tus padres...?
—Sí. Se fueron al cielo —continué, sintiendo que la barbilla me empezaba a temblar, pero obligándome a hacerme la fuerte—. Así que no quiero volver al colegio porque los niños me miran raro, y Vale me tuvo que traer hoy. Odio tener esta enfermedad. Soy una carga pesada. Vale tiene que pincharme y pesar mi comida, y a veces la escucho llorar en el baño en la noche por mi culpa. ¡Y tú la haces llorar más!
Me puse de pie sobre la silla de rueditas para verme más alta y le saqué la lengua con todas mis fuerzas.
—¡Estoy muy enojada contigo! —le grité—. Vale te pidió vacaciones porque estábamos muy tristes y yo estaba en el hospital llena de tubos, ¡y tú le dijiste que no! ¡Eres un tonto sin corazón!
Nicolás retrocedió un paso, como si mis palabras, dichas por una niña de siete años, lo hubieran golpeado físicamente en el estómago. Miró las agujas en la lonchera y luego mi carita roja de furia.
—Yo... yo no lo sabía, pequeña —murmuró él, sonando genuinamente desarmado y lleno de culpa—. En el formulario de Recursos Humanos, tu hermana solo escribió 'motivos personales'. En este mundo corporativo, eso suele significar un viaje a la playa o un proyecto atrasado, no... no una tragedia. No tenía idea de que la licencia que se tomó era por un accidente tan grave. Lo juró.
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Editado: 21.10.2026