Azucar en la Tormenta

Capítulo 6 | Tribu de azúcar y papel

VALERIA

El parque estaba inundado de esa luz dorada y cálida de las cinco de la tarde que hace que todo en Bogotá, hasta el caos del tráfico por la Séptima, parezca un poco más amable. Caminaba de la mano de Emma hacia una zona de mesas de picnic cerca del lago, donde un grupo grande de personas estaba reunido.

Emma iba arrastrando los tenis, con los hombros caídos, aferrada a su viejo conejo de peluche gris con la mano libre.

—Vale, no quiero ir —murmuró, escondiéndose un poco detrás de mi pierna, frenando el paso—. ¿Y si todos están enfermos y tristes y lloran todo el tiempo?

—Nadie está triste, estrellita. Mira allá —señalé hacia las mesas de madera.

Juan estaba de pie junto a una enorme hielera roja, riéndose a carcajadas con otra señora. Llevaba unos jeans gastados y una camiseta gris en lugar de su pulcra bata de hospital; parecía diez años más joven y extrañamente relajado. Cuando nos vio acercarnos, levantó ambos brazos al cielo como si hubiéramos acabado de ganar una maratón olímpica.

—¡Llegaron mis chicas favoritas! —gritó, corriendo hacia nosotras. Se agachó a la altura de Emma, con una rodilla en el pasto, sacó su estetoscopio del bolsillo de su chaqueta y se lo puso a ella en las orejas con mucho cuidado—. A ver, doctora Cruz, necesito urgente que revise a este paciente. Creo que en un ataque de ansiedad me comí demasiadas gomitas sin azúcar de la mesa.

Emma soltó una risita tímida, un sonido cristalino que era la primera risa genuina que le escuchaba en semanas, y puso la campana de metal del estetoscopio directo en el pecho de Juan.

—Suena muy, muy rápido, Juan. Tienes que respirar profundo o te vas a desmayar —le diagnosticó Emma con absoluta seriedad.

—¡Es que estoy demasiado emocionado de verte por fin fuera del hospital! —Juan le guiñó un ojo cómplice y luego levantó la vista hacia mí, regalándome una sonrisa inmensa que me quitó un bloque de cemento de encima—. Vengan, les quiero presentar a alguien muy especial.

Nos guio hacia una de las mesas principales, donde una mujer joven, de unos treinta y pocos años, estaba sirviendo vasos de agua de jamaica. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño desordenado, pero llevaba un labial rojo impecable y una actitud arrolladora de quien sabe resolver problemas antes de que ocurran.

—Vale, Emma, ella es Luciana —nos presentó Juan con orgullo—. Y el pequeño huracán categoría cinco que viene corriendo por allá es su hijo, Mateo.

Antes de que pudiera girarme para ver, un niño un poco más bajito que Emma, con el pelo castaño súper alborotado y una sonrisa pícara a la que le faltaba un diente frontal, frenó en seco frente a nosotras, levantando una nube de polvo del camino.

—¡Hola! Soy Mateo. Tengo ocho años, pero soy bajito porque la genética de mi mamá no ayudó para nada —dijo todo de corrido, a mil por hora, sin siquiera tomar aire para respirar—. ¿Tú eres la nueva del grupo? ¿También tienes el páncreas perezoso que no quiere trabajar?

EMMA

El niño hablaba demasiado rápido. Era como si tuviera un motorcito de un carro de carreras adentro de la panza. Di un paso atrás, asustada, y me pegué a la pierna de Vale. Él era muy ruidoso y un poco sofocante para mí que me gustaba el silencio.

—Me llamo Emma —dije bajito, casi un susurro.

—¡Súper, Emma! Mira esto, te va a encantar —Mateo se levantó la manga de su camiseta de superhéroes de golpe, sin pedir permiso. En su brazo blanco tenía pegado un aparatito blanco redondo, como una tapita, rodeado por un sticker de colores del Hombre Araña—. Es mi sensor de última tecnología. Se llama Jarvis, como la computadora de Iron Man. Me dice cuánta azúcar tengo sin que me tengan que pinchar el dedo a cada rato. ¡Soy un cyborg de verdad! ¿Tú tienes uno de estos?

Abrí los ojos muy, muy grandes. Yo odiaba con todo mi corazón que me pincharan los dedos todos los días.

—No. A mí me pinchan con agujas afiladas. Y me duele mucho.

Mateo hizo una mueca rara, restándole importancia con la mano. —Uy, al principio duele un montón, sí, pero luego se te hacen callos duros en los dedos. Mi mamá dice que pronto me van a poner una máquina que se llama bomba de insulina y voy a parecer un robot de verdad, con mangueritas. ¡Ven, vamos a jugar a los congelados con los demás! Los niños de allá de las hamacas también son cyborgs como nosotros.

Mateo me agarró de la mano antes de que pudiera decir que no quería jugar. Miré a Vale hacia arriba, muy asustada, pero ella me asintió con una sonrisa gigante que le llegó hasta los ojos. Solté mi conejo viejo en la mesa y dejé que Mateo me arrastrara hacia el pasto.

Él no paraba de hablar de cosas raras, pero me hizo reír a carcajadas cuando se tropezó con una rama grande y dijo que su azúcar estaba "en caída libre por el golpe". Por primera vez desde el choque espantoso del camión, no me sentí como la niña rara que todos miraban con lástima. Todos los niños que corrían aquí tenían loncheras térmicas igualitas a la mía. Yo era normal.

VALERIA

Ver a Emma soltar a su conejo y correr detrás de Mateo, riendo a carcajadas limpias bajo el cielo de Bogotá, fue como sentir que, después de un mes ahogándome, me volvían a conectar el tanque de oxígeno. Me llevé las dos manos a la boca, conteniendo un sollozo de puro e inmenso alivio que me quemaba la garganta. Juan me puso una mano firme y cálida en el hombro, dándome un apretón suave.

—Te dije que este lugar era mágico —murmuró él con ternura, antes de ir a ayudar a los otros padres a repartir los vasos de plástico.

Luciana se acercó, me entregó un vaso frío de agua de jamaica y se apoyó en la mesa de madera a mi lado, cruzando los tobillos.

—La primera vez que ves que no son los únicos raros en el mundo, dan unas ganas locas de llorar, ¿verdad? —dijo ella, mirándome con complicidad, con una voz rasposa pero increíblemente cálida.




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