VALERIA
Las letras de la demanda empezaron a bailar frente a mis ojos. Sentí que el piso de la oficina desaparecía, dejando un abismo oscuro debajo de mis pies. El aire se volvió de plomo. Intenté jalar oxígeno, pero mi garganta se cerró herméticamente.
No. No. No.
El zumbido en mis oídos ahogó el sonido del tráfico de la ciudad. Mis rodillas cedieron y caí de golpe contra el borde de mi escritorio, tirando la taza de café al piso. La porcelana se hizo añicos, esparciendo el líquido oscuro sobre la alfombra, pero a mí solo me importaba que no podía respirar. Era como tener a un elefante sentado sobre el pecho.
—¡Valeria! —Nicolás cruzó la oficina en tres zancadas.
Se arrodilló frente a mí, apartando los cristales rotos con la mano sin importarle cortarse. Su rostro estaba pálido, la máscara de frialdad completamente rota.
—Me la... me la van a quitar —logré jadear, arañándome la garganta con las uñas, desesperada por meter aire a mis pulmones—. No puedo... me muero...
—Mírame. Mírame, Valeria —ordenó Nicolás. Su voz era firme, pero sus manos, cuando tomaron las mías para alejarlas de mi cuello, temblaban ligeramente—. Estás teniendo un ataque de pánico. Necesito que me sigas.
Negué con la cabeza, llorando sin control. Todo daba vueltas. —Inhala en cuatro tiempos. Conmigo. Uno... dos... tres... cuatro —me guio, mirándome fijamente con esos ojos oscuros que ahora parecían el único punto fijo en la habitación—. Retén el aire. Uno... dos... tres... cuatro. Exhala.
Lo intenté. Soné como un animal herido, pero seguí su ritmo. Él no me soltó las manos en ningún momento. Sus pulgares trazaban círculos lentos sobre mis nudillos mientras repetía el conteo una y otra vez. Inhala. Retén. Exhala. Inhala. Retén. Exhala.
Poco a poco, los latidos desbocados de mi corazón empezaron a espaciarse. El aire frío del aire acondicionado volvió a acariciarme la cara. Me dejé caer hacia adelante, apoyando la frente contra el hombro de su traje impecable, y me rompí. Lloré con una fuerza que me desgarró desde adentro.
—No me la pueden quitar, Nicolás —sollocé, empapando su solapa—. Ellos no estuvieron ahí. Ellos no la sacaron del carro. No saben cuántas unidades de insulina necesita ni cómo peinarla. Emma es... ella es lo único que me mantiene viva. Si me la quitan, ya no me queda ningún propósito. No soy nada sin ella.
Nicolás se quedó rígido como una tabla. Sentí cómo su respiración se atoraba. Levantó una mano con torpeza y me dio unas palmaditas mecánicas en la espalda, completamente incómodo, sin saber qué hacer ante una demostración emocional tan cruda. El gran director regional, el hombre que resolvía crisis millonarias en minutos, estaba paralizado ante las lágrimas de una mujer rota.
Al notar su incomodidad, el instinto de supervivencia volvió a mí. Me separé de él bruscamente, secándome la cara con las manos temblorosas.
—Gracias —murmuré, recogiendo los papeles de la demanda del suelo con movimientos erráticos—. Gracias por la técnica de respiración. Yo... yo me encargo de esto.
—Valeria, no estás en condiciones de...
—Dije que yo me encargo, Nicolás. Este problema lo resuelvo sola —lo corté, mi voz volviendo a su tono afilado de siempre. Tomé mi celular y mi bolso—. Tengo que irme.
Marqué el número de Luciana primero y luego el de Juan, enviándoles un mensaje de emergencia: "Me demandaron por la custodia. Vayan a mi departamento ahora, antes de que los niños salgan del colegio".
Miré a Nicolás, que seguía arrodillado entre los restos de mi café, mirándome como si fuera un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas.
—Me tomo la tarde, como sugeriste —le dije, pasando por su lado sin mirarlo.
—Está bien, Valeria —respondió él, con voz ronca.
Salí de la agencia corriendo. No iba a permitir que me robaran lo último que quedaba de mi familia.
Mi departamento parecía la sala de guerra de un búnker.
Juan estaba de pie junto a la ventana, pasándose la mano por el pelo, mientras Luciana leía el documento de la demanda sentada en el sofá gris, con el ceño tan fruncido que parecía a punto de prenderle fuego al papel con la mirada.
—Esto es una estupidez —dijo Luciana por fin, tirando los papeles sobre la mesa de centro—. Alegan "inestabilidad emocional y falta de tiempo". Es la excusa más barata que he visto en mi vida. Eres una mujer trabajadora y tienes a Emma controlada.
—Pero no soy su mamá, Lu —dije, caminando de un lado a otro, mordiéndome las uñas—. Soy una hermana de veintisiete años, soltera, que trabaja todo el día y que hace dos semanas tuvo un ataque de pánico en el baño de su oficina. Tienen dinero, Luciana. Mis abuelos tienen mucho dinero y yo solo tengo un sueldo de coordinadora.
—Valeria, cálmate —intervino Juan, acercándose y tomándome por los hombros—. Escúchame. Podemos hablar con la doctora Méndez. Que la psicóloga testifique a tu favor. Que diga que estás procesando el duelo de forma sana y que eres el mejor pilar para Emma. Podemos usar sus notas.
—Y yo testifico que estás involucrada al cien por ciento en su cuidado médico —añadió Luciana—. Ningún juez le da una niña con diabetes a dos ancianos que viven al otro lado del charco cuando su hermana joven la tiene estabilizada.
Estábamos a punto de armar una lista de testigos cuando el timbre del departamento sonó.
Fruncí el ceño. El colegio todavía no terminaba, así que no era la ruta de los niños. Caminé hacia la puerta y miré por la mirilla. El corazón me dio un vuelco de pura indignación.
Abrí la puerta de un tirón.
Nicolás Ferrer estaba de pie en mi pasillo, sosteniendo un maletín de cuero oscuro. Se había quitado la corbata y traía el primer botón de la camisa desabrochado, lo que le daba un aire peligrosamente accesible, pero su mirada seguía siendo tan arrogante como siempre.
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Editado: 21.10.2026