Azucar en la Tormenta

Capítulo 8 | El precio de la sangre

VALERIA

La mañana en Bogotá había amanecido con ese frío helado y gris que se te mete en los huesos, un presagio perfecto para el día que me esperaba.

Antes de enfrentar mi propia guerra, tenía que librar una batalla en el colegio de Emma. Juan me había convencido de que era el momento ideal para ponerle el sensor de monitoreo continuo a mi hermanita. Nos había citado en la enfermería del colegio antes de que sonara la campana de entrada. Cuando vi la aguja del aplicador, el estómago se me revolvió. Yo era quien la pinchaba todos los días, sí, pero dejar que un aparato se le quedara incrustado en el brazo me generaba un rechazo irracional.

—No sé, Juan... —murmuré, abrazando a Emma contra mis piernas mientras ella miraba el aparato blanco con terror puro—. ¿Y si le duele mucho? ¿Y si se le arranca jugando en el recreo?

Juan suspiró, intentando mantener su tono profesional pero comprensivo. —Vale, esto le va a cambiar la vida. Le va a evitar decenas de pinchazos a la semana. Solo es un piquete rápido, confía en mí.

Emma empezó a temblar. Sus ojitos se llenaron de lágrimas y escondió la cara en mi abrigo. —No quiero, Vale. Me da miedo. ¡No quiero ser un robot!

Estaba a punto de decirle a Juan que canceláramos todo, que yo seguiría levantándome a las tres de la mañana a pincharle los deditos, cuando la puerta de la enfermería se abrió de golpe. Mateo entró corriendo, con el uniforme del colegio un poco desordenado y su mochila colgando de un hombro.

—¡Llegué! Mi mamá me dejó en la entrada —anunció, frenando en seco al ver la escena. Inmediatamente entendió lo que pasaba. Caminó hacia Emma con la seguridad de un veterano de guerra de ocho años.

—Oye, Emma, mírame —le dijo Mateo, subiéndose la manga del saco para mostrarle su propio sensor, adornado con un sticker gastado de Iron Man—. Mira, es súper fácil. Yo siempre cargo parches de repuesto de colores. Elige el que quieras para taparlo.

Emma asomó un ojo desde mi abrigo, todavía desconfiada. —¿No duele?

Mateo negó con la cabeza, muy serio. —Duele un segundito, como la picadura de una hormiga bogotana, pero después eres libre. Ya no hay agujas escondidas en la lonchera. Además... —Mateo extendió su manita hacia ella, con una ternura que me desarmó por completo—. Dame tu mano. Yo te acompañaré siempre, Emma. No tienes que hacerlo sola.

El silencio en la enfermería fue absoluto. Emma miró la mano extendida de Mateo, luego miró a Juan, y finalmente me miró a mí. Yo le asentí, con un nudo gigante en la garganta.

Temblando, mi estrellita sacó su mano de mi abrigo y aceptó la mano de Mateo, entrelazando sus deditos con los de él. Juan no perdió la oportunidad; limpió el brazo de Emma con alcohol, posicionó el aplicador y, con un clic rápido, el sensor quedó adherido.

Emma dio un respingo y cerró los ojos con fuerza, apretando la mano de Mateo, pero no soltó ni una sola lágrima. Al abrir los ojos y ver el pequeño botón blanco en su brazo, una sonrisa gigante iluminó su rostro. Se había convertido en una cyborg, y yo sentí que volvía a respirar.

Tres horas después, el aire en la sala de audiencias del Centro de Conciliación Familiar en el norte de Bogotá olía a cera para muebles y a dinero viejo.

Al otro lado de la mesa de caoba, Beatriz y Ernesto, mis abuelos, estaban sentados con la misma postura rígida y aristocrática que recordaba de mi infancia. Llevaban abrigos impecables, ni una sola arruga, ni un solo cabello fuera de lugar. A su lado, un abogado de traje a rayas que parecía sacado de una película de Wall Street organizaba sus documentos con suficiencia.

Yo estaba sentada frente a ellos, flanqueada por una abogada de oficio que, aunque tenía buenas intenciones, se veía claramente intimidada por la firma de abogados que representaba a mi familia.

—Señores Ortiz y Cruz —comenzó el mediador, un hombre mayor con gafas de montura gruesa que no paraba de mirar el costoso reloj de Ernesto—. El propósito de esta audiencia es llegar a un acuerdo sobre el bienestar y la custodia legal de la menor, Emma Cruz, sin necesidad de escalar a un juicio desgastante.

Beatriz se acomodó su collar de perlas, mirándome como si yo fuera una mancha de humedad en la pared. —Señor Juez, no hay nada que acordar. Mi esposo y yo tenemos la estabilidad financiera, el tiempo y la madurez emocional para criar a nuestra nieta en Europa. Valeria es una joven de veintisiete años, soltera, sobrepasada por su trabajo en una agencia de publicidad y emocionalmente inestable. No es un entorno apto para una niña enferma.

La palabra enferma salió de su boca con un asco que me revolvió el estómago.

—Mi hermana no es "una niña enferma" —interrumpí, mi voz resonando fuerte en la sala—. Es una niña con una condición médica que yo tengo perfectamente controlada.

El abogado de mis abuelos intervino, dirigiéndose directamente al mediador. —Su señoría, con todo respeto, la señorita Cruz tuvo un colapso nervioso público en su lugar de trabajo hace apenas dos semanas. Además, solicitamos formalmente que se realice una entrevista pericial con la menor. Queremos que la niña exprese en sus propias palabras el nivel de estrés y abandono que sufre al estar a cargo de una hermana mayor que no tiene los recursos económicos ni el tiempo para lidiar con una diabetes tipo 1.

El mediador asintió despacio, revisando sus notas, y su respuesta me heló la sangre. —La solicitud de la parte demandante es razonable. Una niña con una condición crónica requiere un entorno de extrema estabilidad. Los señores Cruz ofrecen garantías económicas y acceso a especialistas en Europa que usted, señorita Valeria, con un salario de coordinadora, difícilmente puede igualar. La inestabilidad emocional que usted ha mostrado tras el accidente me inclina a pensar que el entorno de sus abuelos podría ser más adecuado. Accederemos a hablar con la menor en una cámara Gesell la próxima semana.




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