Azucar en la Tormenta

Capítulo 9 | Jaque Mate y Fuego Cruzado

VALERIA

La mañana en Bogotá era helada, con esa neblina espesa que se enreda en los cerros orientales, pero mi cabeza ardía.

Estábamos en el patio del colegio de Emma para la "Feria de Ciencias". El lugar estaba lleno de papás y mamás acomodando cartulinas. Yo terminaba de ajustar la lonchera térmica de mi hermanita cuando un niño de su salón, un poco más alto, se acercó y señaló el parche blanco nuevo que Juan le había puesto el día anterior con una curiosidad descarada y cruel.

—¿Qué es eso tan raro que tienes pegado? ¿Estás enferma? —preguntó el niño, arrugando la nariz y dando un paso atrás como si ella fuera contagiosa.

Vi cómo los hombritos de Emma se encogían. Sus ojos se llenaron de esa vulnerabilidad que me rompía el alma; se sintió mal de inmediato, bajando la mirada hacia sus tenis, sintiéndose de nuevo la niña rota del salón. Sentí que los músculos del cuello se me tensaban. Estuve a punto de intervenir, lista para sacar mis garras de leona, pero antes de que pudiera abrir la boca, Mateo apareció de la nada.

Venía corriendo con su propia camisa del uniforme desarreglada y una sonrisa a la que le faltaba un diente frontal.

—No está enferma, tonto. Es un botón de reinicio —dijo Mateo, cruzándose de brazos y mostrándole su propio parche con una superioridad cómica—. Emma y yo somos cyborgs. Tenemos piezas robóticas de alta tecnología que miden nuestra energía secreta. Tú solo eres un niño normal y aburrido.

Emma levantó la vista. La chispa volvió a sus ojos. Soltó una pequeña carcajada, enderezó los hombros, se armó de valor y asintió.

—Sí. Y si como mucha azúcar, mis sensores mandan una alerta a la base espacial para que me inyecte mi suero especial —añadió ella, completamente metida en el papel, mostrando una valentía que me dejó sin aliento.

El niño los miró con la boca abierta en forma de "O", genuinamente asombrado y hasta un poco envidioso, y salió corriendo para contarle a sus amigos sobre los "niños robot".

Me tapé la boca con la mano, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero esta vez eran de puro orgullo. Emma me miró y me guiñó un ojo. Estaba bien. Mi estrellita estaba aprendiendo a brillar en medio de su propia tormenta, y Mateo era su mejor escudero.

—Son increíbles juntos, ¿verdad? —susurró una voz a mi lado.

Me giré y me encontré con Juan. Llevaba una chaqueta de cuero que lo protegía del frío bogotano y sostenía dos vasos de café humeante. Había venido a ver la presentación de los niños porque Luciana no podía salir del trabajo en la mañana.

—Lo son —suspiré, aceptando el café que me ofrecía—. Gracias por venir, Juan. De verdad. No tenías por qué hacerlo.

—No hay ningún otro lugar en el que prefiera estar, Vale —dijo, mirándome con una intensidad suave. Levantó una mano y me acomodó un mechón de cabello rebelde detrás de la oreja—. Has manejado todo esto con una fuerza admirable. Hoy vas a ganar.

Le sonreí, agradecida. Juan era el hombre perfecto sobre el papel. Atento, presente, conocía la condición de Emma a la perfección y siempre estaba dispuesto a ayudar. Pero mi mente traicionera, en lugar de acelerar mi pulso por su tacto, voló hacia un sobre de manila escondido en el fondo de mi bolso y hacia unas palabras escritas en una nota amarilla: "nadie toca lo que es mío". Mi piel se erizó solo de recordar a Nicolás Ferrer, el hombre de hielo que me ignoraba en los pasillos pero que había puesto el mundo a mis pies en secreto.

Me regañé a mí misma internamente, sacudiendo la cabeza. Tenía una guerra legal que ganar hoy. No había tiempo para pensar en los celos posesivos de mi jefe.

A las dos de la tarde, el aire en el Juzgado de Familia estaba tan tenso que me costaba respirar.

Antes de la mediación final, el juez había ordenado la temida entrevista pericial con Emma en la Cámara Gesell. Yo estaba de pie en la habitación contigua, a oscuras, observando a través del falso espejo. A mi lado, mi abogada tomaba notas. Mis abuelos y su abogado trajeado estaban en la otra esquina, con posturas rígidas y miradas arrogantes, creyendo que tenían la victoria asegurada.

Del otro lado del cristal, en una salita llena de juguetes y colores cálidos, Emma estaba sentada en una silla pequeñita frente a la doctora Méndez, la psicóloga infantil. Mi estrellita abrazaba a su viejo conejo gris contra su pecho. Se veía minúscula.

—Emma, mi amor —comenzó la psicóloga con voz dulce—, los señores que están afuera, tus abuelos, dicen que quieren llevarte a vivir con ellos a España, a una casa muy grande, porque creen que tu hermana Valeria está muy cansada y no tiene dinero para cuidarte bien. ¿Tú cómo te sientes con eso?

A través del altavoz de nuestra sala, escuché a Emma tomar aire. Su barbilla empezó a temblar.

—Tengo mucho miedo —respondió Emma, con un hilo de voz que me partió el corazón en mil pedazos—. Si me llevan con esos señores que no conozco... ¿quién va a cuidar a mi hermana?

La psicóloga frunció un poco el ceño. —¿Tú cuidas a tu hermana, Emma?

—Nos cuidamos las dos —dijo mi niña, apretando al conejo, mientras una lágrima gruesa le rodaba por la mejilla—. Mi Vale a veces llora en el baño a escondidas porque extraña a mis papás. Yo la escucho. Pero siempre se lava la cara, sale con una sonrisa y me dice que somos las mejores "amix". Mi casa con ella en Chapinero es chiquitica... no es gigante como la de antes. No tenemos patio. Pero Vale me puso mi cobija favorita en su cama inmensa, pegamos estrellas que brillan en el techo, y poco a poco la estamos convirtiendo en nuestro refugio. Es mi casa.

Las lágrimas empezaron a correr por mi propio rostro, silenciosas y ardientes. Al otro lado de la sala, Beatriz desvió la mirada, visiblemente incómoda.

—Pero Emma, tus abuelos dicen que allá tendrías los mejores doctores para tu azúcar —insistió la doctora suavemente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.