Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 82: La razón por la que no se detuvo

La mañana descendió silenciosa sobre las montañas.

Una niebla ligera cubría los tejados del templo y se deslizaba entre los pinos, mientras el sonido pausado de las campanas llamaba a los monjes a la primera oración del día.

Dentro de sus aposentos, Haneul permanecía despierta.

No había conseguido volver a dormir desde que la momjong le había confirmado que Kang-dae se había marchado.

Sin despedirse.

Sin cruzar siquiera el umbral.

La confesión de la noche anterior regresaba una y otra vez a su memoria.

Pero nunca te olvidé.

Sentí celos.

Si este es el castigo por haberte amado en silencio… lo aceptaré.

Haneul cerró los ojos.

Si no hubiera escuchado aquellas palabras, probablemente habría interpretado su ausencia como otra muestra de indiferencia.

Pero ahora sabía la verdad.

Kang-dae no se alejaba porque no sintiera nada.

Se alejaba precisamente porque sentía demasiado.

Y, por alguna razón que todavía no conseguía comprender, seguía convencido de que tenía derecho a decidir por ambos cuál debía ser la distancia entre ellos.

La puerta se abrió con suavidad.

La momjong entró cargando una pequeña bandeja con gachas de arroz y una infusión medicinal.

—Debe comer algo, mi señora.

Haneul abrió los ojos.

—¿Kang-dae ya partió?

La muchacha se detuvo.

No necesitó responder.

Haneul desvió la mirada.

—Entiendo.

La sirvienta colocó la bandeja delante de ella.

—El Bujang preguntó por su salud antes de marcharse.

Aquello consiguió que Haneul volviera el rostro.

—¿Preguntó por mí?

—Sí, mi señora.

—¿Y aun así no entró?

La momjong bajó los ojos.

Haneul soltó una respiración lenta.

No lloró.

Esta vez no.

La distancia de Kang-dae ya no le producía solamente tristeza.

Comenzaba a despertar otra cosa.

Una frustración silenciosa.

Casi ira.

—¿Adónde fue?

—No quiso decirlo. Solamente ordenó que nadie conociera su destino.

Haneul dejó escapar una breve risa carente de humor.

—Por supuesto.

La momjong permaneció callada.

Después de unos segundos, Haneul tomó el recipiente de la infusión, pero antes de beber recordó algo.

—Anoche dijiste que el Daesagan había llegado herido.

La expresión de la sirvienta cambió.

—Sí.

—¿Qué le ocurrió exactamente?

—No conozco todos los detalles.

—Entonces dime lo que sabes.

La muchacha vaciló.

—Fue atacado mientras atravesaba las montañas. Algunos de sus hombres murieron. Otros llegaron heridos. El joven señor perdió bastante sangre antes de alcanzar el templo.

Las manos de Haneul se detuvieron alrededor del recipiente.

—¿Murieron hombres?

—Eso escuché decir a los guardias.

La irritación que había sentido hacia Kang-dae desapareció momentáneamente.

—¿Y Jun-ho?

—Los médicos permanecieron con él durante toda la noche.

Haneul apartó las mantas.

—Ayúdame a levantarme.

—¿Qué?

—Voy a verlo.

—Mi señora, el médico ha dicho que debe permanecer en reposo.

—Y permaneceré en reposo después.

—Apenas puede caminar.

Haneul deslizó las piernas fuera del lecho.

El suelo pareció moverse bajo ella en cuanto intentó ponerse en pie.

La momjong corrió a sostenerla.

—¿Ve?

Haneul cerró los ojos hasta que el mareo disminuyó.

—Estoy bien.

—No lo está.

—Entonces caminaré despacio.

—Mi señora…

Haneul la miró.

—Jun-ho atravesó esas montañas herido mientras yo permanecía aquí sin siquiera saber que estaba luchando por llegar al Rey. No voy a quedarme acostada sin saber cómo está.

La momjong comprendió que había perdido la discusión.

Con un suspiro, tomó una túnica gruesa y la colocó alrededor de los hombros de su señora.

—Si se desmaya en el camino, yo misma llamaré al médico para que la encierre aquí.

Por primera vez aquella mañana, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Haneul.

—Entonces procuraré no hacerlo.

El olor de las hierbas medicinales se percibía desde el corredor.

Haneul avanzó lentamente apoyándose en el brazo de su sirvienta hasta alcanzar los aposentos donde descansaba el Daesagan.

Un monje abrió la puerta.

Dentro, Jun-ho permanecía recostado sobre varias mantas.

Tenía el rostro pálido y una venda rodeaba parte de su brazo. Bajo las prendas interiores podían distinguirse otros vendajes alrededor del torso.

Haneul se quedó inmóvil.

Había sabido que estaba herido.

Pero verlo era distinto.

Por primera vez comprendió realmente lo cerca que había estado de no volver a encontrarlo.

El médico, que revisaba uno de los vendajes, levantó la cabeza.

Su expresión se endureció de inmediato.

—No.

Haneul parpadeó.

—Ni siquiera he dicho nada.

—No hace falta. Usted debería estar en su habitación.

—Solo quiero saber cómo está.

—Vivo.

—Eso ya lo sé.

El médico la observó con cansancio.

—Ha perdido sangre, ha llevado su cuerpo mucho más allá de lo que debía y todavía tiene fiebre. Las heridas están controladas, pero necesitará varios días de descanso.

Haneul miró a Jun-ho.

—¿Puedo quedarme un momento?

El médico miró a la momjong.

—¿Puede convencerla de regresar?

La muchacha negó lentamente.

El hombre suspiró.

—Entonces permanezca sentada. Si intenta hacerse la enfermera, la devolveré personalmente a su habitación.

Haneul inclinó la cabeza con inocencia.

—No se me ocurriría.

El médico soltó un sonido escéptico antes de retirarse.

Haneul tomó asiento junto al lecho.

Durante unos segundos simplemente contempló al joven.

El cabello de Jun-ho, siempre perfectamente recogido en la corte, caía ligeramente desordenado alrededor de su rostro.

Parecía más joven.




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