Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 83: Entre dos sentimientos

Haneul había prometido permanecer solamente unos minutos.

Permaneció toda la mañana.

Cuando el médico regresó para limpiar una de las heridas, ella se hizo a un lado, pero no abandonó la habitación.

Cuando Jun-ho tuvo que beber una nueva infusión medicinal, Haneul sostuvo el recipiente.

—No quiero eso.

—Bébelo.

—Huele como algo utilizado para limpiar establos.

—Perfecto. Quizás cure también tu terquedad.

Jun-ho la miró con incredulidad.

—¿Mi terquedad?

—Atravesaste medio reino después de una emboscada.

—Tenía una misión.

—Podrías haber muerto.

—Pero no morí.

—Ese argumento no te hace parecer más inteligente.

Jun-ho soltó una pequeña risa que terminó convirtiéndose en una mueca de dolor.

Haneul cambió inmediatamente de expresión.

—No te rías.

—Ahora tampoco puedo reír.

—Hasta que sanes, no.

—Eres una tirana.

—Bebe.

Jun-ho obedeció.

Cuando terminó, Haneul dejó el recipiente sobre la mesa.

Al incorporarse, sintió que el mundo se inclinaba ligeramente.

Apoyó una mano contra el suelo.

Jun-ho lo advirtió.

—Haneul.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Solo me levanté demasiado rápido.

—Regresa a tu habitación.

—No.

—Acabas de regañarme durante media mañana por no escuchar al médico.

—Tu situación es distinta.

Jun-ho levantó una ceja.

—Naturalmente.

Haneul intentó ignorarlo.

—Has perdido sangre.

—Y tú estuviste inconsciente durante días.

La frase consiguió silenciarla.

Jun-ho sostuvo su mirada.

—No tienes que cuidarme.

—Lo sé.

—Entonces ve a descansar.

Haneul bajó los ojos.

—No quiero dejarte solo.

Algo cambió en la expresión de Jun-ho.

Ella pareció advertir demasiado tarde el significado que podían tener aquellas palabras.

—Quiero decir…

—Lo sé.

Jun-ho sonrió suavemente.

Y no dijo nada más.

Al otro lado del corredor, unos pasos se detuvieron.

El Rey había acudido acompañado únicamente por su eunuco principal para conocer la evolución del joven Daesagan.

La puerta permanecía ligeramente abierta.

El eunuco se preparó para anunciar la presencia real.

El monarca levantó una mano.

Dentro de la estancia, Haneul acomodaba cuidadosamente una manta alrededor de los hombros de Jun-ho.

—Deja de moverte.

—Solamente estaba intentando alcanzar el agua.

—Para eso puedes pedir ayuda.

—No necesito que alguien haga todo por mí.

—Por supuesto. Eso explica por qué terminaste cubierto de sangre a las puertas del templo.

Jun-ho la observó.

—Cuando vuelva a estar en pie, voy a recordar cada una de estas humillaciones.

—Primero vuelve a estar en pie.

El Rey permaneció contemplándolos.

No había formalidad entre ellos.

Ni aquella distancia cuidadosa con la que solían relacionarse los jóvenes pertenecientes a familias importantes.

Había confianza.

Familiaridad.

Una naturalidad difícil de fingir.

El monarca dirigió una mirada breve hacia su eunuco.

—¿La señorita Han lleva mucho tiempo aquí?

—Desde temprano esta mañana, Majestad.

—¿No estaba enferma?

—El médico asegura que continúa débil.

La mirada del Rey regresó a Haneul.

En ese mismo instante la joven tuvo que apoyarse contra uno de los pilares antes de sentarse nuevamente.

Jun-ho extendió instintivamente la mano hacia ella.

—Haneul.

—Estoy bien.

—Eso dices demasiado.

Ella terminó aceptando su mano para recuperar el equilibrio.

El Rey observó el gesto.

Después miró al eunuco.

—Regresaremos más tarde.

El hombre inclinó la cabeza.

Ambos se alejaron sin haber anunciado jamás su presencia.

Al mediodía, el médico finalmente expulsó a Haneul.

No fue una negociación.

—Fuera.

—Pero…

—Fuera.

—Solo estaba—

—Señorita Han.

Haneul miró a Jun-ho buscando apoyo.

El Daesagan cerró inmediatamente los ojos.

—Cobarde —murmuró ella.

—Estoy gravemente herido. No puedo ayudarte.

—Hace un momento estabas dispuesto a discutir conmigo.

—El médico me ha hecho comprender la importancia del reposo.

Haneul tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.

Cuando llegó a la puerta, Jun-ho la llamó.

—Haneul.

Ella volvió el rostro.

La expresión del joven se había vuelto seria.

—Gracias.

Haneul sostuvo su mirada.

—Descansa.

—Tú también.

Ella asintió y salió.

Pero apenas atravesó el corredor sintió nuevamente aquella contradicción que no había conseguido abandonar durante toda la mañana.

Había disfrutado estando con Jun-ho.

Había sentido alivio al escuchar su voz.

Había reído.

Y, sin embargo, cada vez que él decía algo que rozaba demasiado cerca de su corazón, otra voz aparecía inevitablemente dentro de ella.

La de Kang-dae.

No podía borrar lo que había escuchado.

Pero tampoco podía fingir que Jun-ho no significaba nada.

Y, por primera vez, aquella certeza la inquietó profundamente.




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