Bajo el Cielo de Joseon

Capitulo 84: Lo que el Rey creyó ver

La tarde transcurrió en relativa calma.

Al anochecer, un eunuco del Rey apareció primero ante los aposentos de Jun-ho y después ante los de Haneul.

Su Majestad quería hablar con ambos.

El médico protestó.

El Rey insistió.

Finalmente se acordó que Jun-ho sería trasladado con ayuda hasta uno de los pabellones privados del monarca y que Haneul podría asistir siempre que permaneciera sentada.

Cuando llegaron, el Rey los esperaba frente a una mesa baja.

La recuperación había devuelto parte del vigor a su rostro, aunque todavía persistían señales evidentes de la enfermedad que casi le había costado la vida.

Jun-ho realizó una reverencia tan profunda como sus heridas se lo permitieron.

Haneul hizo lo mismo.

—Sentaos —ordenó el monarca.

Ambos obedecieron.

Durante unos segundos solo se escuchó el crepitar del brasero.

El Rey observó primero a Jun-ho.

—Esta mañana intentaste advertirme de lo que ocurre en Hanyang.

Jun-ho inclinó la cabeza.

—Sí, Majestad.

—Solo conseguiste decirme que el palacio estaba en peligro y que debía regresar antes de tres días.

Jun-ho apretó ligeramente la mandíbula.

—Lamento no haber podido explicar más.

—Llegaste al templo medio muerto. No tienes nada que lamentar.

El Rey volvió la mirada hacia Haneul.

—Pero sospecho que esta historia no comenzó con la emboscada.

Ella permaneció en silencio.

El monarca entrelazó las manos.

—Quiero escucharlo todo.

Jun-ho miró a Haneul.

Ella comprendió inmediatamente.

Había verdades que podían entregar al Rey.

Y había una que todavía debía permanecer oculta.

Sus ojos se encontraron durante apenas un instante.

Jun-ho comenzó.

—Las primeras sospechas surgieron mucho antes de mi partida de Hanyang, Majestad.

Habló de los movimientos de la facción de Min.

De las decisiones cada vez más extrañas alrededor del palacio.

De funcionarios que desaparecían de determinados puestos.

De la presión ejercida sobre los hombres que todavía permanecían fieles al Rey.

Después Haneul continuó.

—También comenzaron a utilizarse los registros de Cheomseongdae de formas que no correspondían con las observaciones originales.

El Rey frunció el ceño.

—Explícate.

Haneul respiró lentamente.

—Ciertos movimientos celestes fueron presentados ante la corte como señales de inestabilidad y advertencias contra el gobierno de Vuestra Majestad.

—Eso no resulta extraño. Los cielos han sido interpretados políticamente desde antes de que cualquiera de nosotros naciera.

—No, Majestad.

La firmeza de la respuesta hizo que Jun-ho la mirara.

Haneul continuó.

—Lo extraño fue la interpretación.

El Rey la observó con mayor atención.

—¿Qué tenía de extraño?

Haneul dudó apenas una fracción de segundo.

—Los registros no sostenían algunas de las conclusiones que llegaron al palacio.

—¿Cómo puedes saberlo?

Silencio.

Jun-ho volvió lentamente el rostro hacia ella.

Aquella era la pregunta que ambos sabían que podía llegar.

Haneul mantuvo la mirada baja.

—Crecí en Cheomseongdae, Majestad. Mi padre ha dedicado toda su vida al estudio de los cielos. Desde niña escuché a los eruditos debatir posiciones, ciclos, estaciones y anomalías. Conozco su método.

El Rey no apartó los ojos.

—Conocer un método no permite detectar fácilmente una alteración en una interpretación celeste.

Haneul sintió cómo se tensaban los dedos sobre su falda.

Antes de que pudiera responder, Jun-ho habló.

—La señorita Han posee una memoria excepcional, Majestad.

El Rey dirigió la mirada hacia él.

Jun-ho continuó con absoluta tranquilidad.

—Durante nuestras investigaciones demostró recordar registros y conversaciones que incluso algunos funcionarios del observatorio habían pasado por alto. Esa capacidad nos permitió relacionar varios sucesos.

No era una mentira.

Pero tampoco era toda la verdad.

Haneul lo miró discretamente.

Jun-ho no devolvió la mirada.

El Rey permaneció pensativo.

Finalmente asintió.

—Continúa.

Haneul respiró nuevamente.

Explicó cómo determinadas interpretaciones habían llegado modificadas.

Cómo las alteraciones favorecían rumores sobre un deterioro del mandato del Rey.

Cómo aquello había coincidido con movimientos políticos cada vez más agresivos.

Después Jun-ho retomó el relato.

Habló de su padre.

Del regreso del viejo consejero Yi al centro de la política.

De la placa real.

De la asamblea extraordinaria.

De la entrada del consejero Min al Sajeongjeon con un decreto sellado por la Reina.

El rostro del Rey se endureció.

—¿La Reina?

—Sí, Majestad.

—¿Qué decía el decreto?

Jun-ho mantuvo la espalda recta a pesar del dolor.

—Que debido a vuestra prolongada convalecencia, el Príncipe Heredero asumiría la regencia bajo tutela de la corona.

El silencio cayó de golpe.

Haneul levantó discretamente los ojos.

El Rey no se movió.

—Continúa.

La voz había cambiado.

Jun-ho relató entonces la intervención de su padre.

La exigencia de que tres ministros y el médico jefe comprobaran personalmente la voluntad del monarca.

Los tres días concedidos.

Y finalmente la confrontación privada con Min.

No mencionó cada detalle.

Pero sí lo suficiente.

—Min intentó impedir nuestra salida del Sajeongjeon por la fuerza.

La mandíbula del Rey se tensó.

—¿Dentro de mi propio palacio?

—Sí, Majestad.

—¿Y tu padre?

Una pequeña sombra de orgullo apareció en la expresión de Jun-ho.

—Mi padre había previsto esa posibilidad.

Por primera vez en toda la conversación, una sonrisa mínima cruzó los labios del Rey.

—Naturalmente.




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