Bajo la niebla de Rila

Susurros en Yahinovo

Los primeros días en Yahinovo le enseñaron a Oriana que el silencio de los pueblos de montaña no era paz, sino una tregua.

Adaptarse al ritmo búlgaro exigía paciencia. Las mañanas comenzaban con un café caliente que apenas lograba disipar el frío pegado a los cristales, seguido de paseos cortos por el pueblo para familiarizarse con sus nuevas rutinas. Las calles, flanqueadas por casas de tejados inclinados y leña apilada con esmero para el invierno, olían a humo de chimenea y a tierra húmeda.

Sin embargo, a pesar de la aparente tranquilidad, Oriana no tardó en notar que los lugareños la miraban de otra manera. No con hostilidad abierta, sino con una curiosidad recelosa. Para un pueblo donde todos se conocían desde generaciones, una mujer joven, de raíces caribeñas y recién llegada de España, destacaba tanto como una brasa en mitad de la nieve.

Esa tarde, buscando provisiones en una pequeña tienda local regentada por una anciana de mirada severa y pañuelo oscuro en la cabeza, intentó romper el hielo.

—El paisaje es impresionante —comentó Oriana en un búlgaro aún dubitativo, señalando a través de la ventana las cumbres de Rila, que ya empezaban a tragarse los últimos rayos de sol—. Aunque la niebla de Panichiste parece no disiparse nunca.

La anciana detuvo el movimiento de sus manos sobre el mostrador. Sus ojos se clavaron en los de Oriana con una fijeza incómoda, un destello de advertencia destellando en su fondo.

—La niebla no es solo clima, muchacha —respondió la mujer con voz ronca, bajando el tono como si temiera que las paredes escucharan—. Hay límites que los forasteros no deben cruzar cuando cae el sol. La montaña tiene dueños antiguos, y el frío castiga a los curiosos.

Las palabras se quedaron flotando en el aire, densas y pesadas. Oriana intentó restarle importancia con una sonrisa forzada, compró lo que necesitaba y emprendió el camino de regreso a casa antes de que la oscuridad terminara de tragarse el camino.

Pero la advertencia cobró sentido al caer la noche.

Desde la ventana de su sala, con las luces apagadas, Oriana observaba cómo la negrura del bosque devoraba el jardín. Fue entonces cuando los vio. A lo lejos, entre los troncos oscuros de los pinos, un par de puntos brillantes, de un color ámbar antinatural, la observaban con una fijeza calculadora y salvaje.

Su corazón dio un vuelco en el pecho y, por instinto, bajó la mirada hacia sus propias manos. Las yemas de sus dedos temblaban, irradiando un calor súbito y silencioso que amenazaba con iluminar la oscuridad de la habitación.

Alguien —o algo— la estaba vigilando muy de cerca. Y el invierno de Rila apenas acababa de empezar.




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