El tercer día en Yahinovo trajo consigo una de esas tormentas de los Balcanes que parecen conjuradas por mala uva. A media tarde, el cielo sobre las montañas de Rila viró de un gris plomizo a un negro casi metálico, y un viento helado empezó a aullar entre los tejados como un animal herido.
Oriana estaba en la cocina de su nueva casa, intentando concentrarse en su ordenador portátil mientras revisaba ofertas de empleo remoto para salir del paso. Necesitaba estabilidad, una rutina que la mantuviera con los pies en la tierra. Pero la tierra, en ese rincón perdido de Bulgaria, se negaba a dejarla en paz.
De repente, un chasquido seco sacudió el exterior. Las luces parpadearon con violencia y, en un parpadeo, la casa entera se sumió en una penumbra absoluta. El zumbido del calefactor murió, y el frío exterior, implacable, comenzó a colarse al instante por las rendijas de las ventanas.
—Genial —murmuró Oriana en la oscuridad, dejando escapar un suspiro de frustración mientras buscaba a tanteos su teléfono móvil para usarlo como linterna.
El silencio dentro de la vivienda se volvió espeso, roto únicamente por el repiqueteo furioso de la nieve y el viento contra los cristales. Pero a medida que la temperatura de la habitación caía en picado, algo extraño comenzó a ocurrirle en el cuerpo. La escarcha parecía querer congelar sus extremidades, sin embargo, en su interior, el mecanismo de defensa de su sangre ancestral se activó de golpe.
Un cosquilleo eléctrico recorrió sus antebrazos. Cuando levantó la mano para encender la linterna del móvil, la punta de sus dedos comenzó a emitir un brillo cálido, anaranjado y parpadeante. Al principio fue solo una chispa, pero la oscuridad de la casa pareció alimentar el fuego latente en sus venas. El brillo se intensificó. En cuestión de segundos, la palma de su mano sostenía una pequeña llama viva que danzaba alegremente, arrojando destellos dorados contra los muebles de la cocina.
—No, no, no... quieta —susurró con los ojos abiertos como platos, sacudiendo la mano con desesperación.
Sabía muy bien lo peligroso que era perder el control. En España, con el calor y el bullicio, apenas era un chispazo anecdótico. Pero allí, en una casa de madera en medio de la montaña búlgara, una llama descontrolada podía ser una catástrofe. Apretó los puños con fuerza, obligándose a respirar hondo hasta que el calor se disipó y la oscuridad volvió a tragarse el espacio.
Justo en el instante en que la última chispa se extinguió, un sonido heló la sangre de Oriana de una forma muy distinta al clima.
Toc, toc, toc.
Tres golpes secos, firmes y deliberados resonaron en la puerta principal de la casa. No era el viento. Era alguien —o algo— que había estado esperando a oscuras, y que sabía perfectamente que ella estaba dentro.
Oriana se quedó inmóvil en el centro de la cocina, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo. Nadie en su sano juicio visitaba a un vecino a pie de montaña en plena tormenta y con un apagón general. Las palabras de la anciana en la tienda de Yahinovo volvieron a zumbar en su mente: «La montaña tiene dueños antiguos».
El pomo de la puerta de la entrada giró lentamente.