El pomo de la puerta de la entrada giró lentamente. Un milímetro. Dos.
Oriana sintió que el aire se le atascaba en la garganta. Sus dedos, aún marcados por el recuerdo del calor descontrolado de hacía unos minutos, se cerraron en un puño invisible. Contuvo la respiración, preparándose para lo peor, para enfrentarse a lo que sea que estuviera al otro lado de la madera.
Pero antes de que pudiera apartarse o buscar algo con qué defenderse, un zumbido eléctrico recorrió los cimientos de la casa. Las bombillas del pasillo parpadearon con furia, un destello cegador rasgó la penumbra, y el motor del calefactor tosió un par de veces antes de arrancar con un rugido sordo. La luz había vuelto.
Al mismo tiempo, los golpes cesaron de golpe. El silencio posterior fue tan absoluto que solo se oía el zumbido constante de los electrodomésticos y los latidos desbocados de su propio corazón repiqueteando en sus oídos.
Oriana se quedó congelada frente a la puerta, parpadeando contra la luz repentina. Pasaron los segundos. Uno, dos, tres. Nada se movía al otro lado.
—¿Hola? —logró decir en un hilo de voz, aunque su nombre sonó frágil y tembloroso en la quietud de la casa.
Nadie respondió. El sonido de la tormenta de nieve afuera seguía golpeando los cristales, pero la presencia que había estado aporreando la madera parecía haberse desvanecido como un fantasma atrapado por la luz.
Con las piernas pesadas como plomo, avanzó los pocos pasos que la separaban del umbral. Sus manos temblaban visiblemente mientras estiraba los dedos para girar el pestillo y abrir la puerta de par en par. Estaba convencida de que encontraría huellas extrañas, una figura agazapada en la oscuridad o, al menos, la prueba irrefutable de que no había imaginado cosas.
Pero al abrir del todo, el porche estaba completamente vacío.
La nieve caía de forma mansa sobre el suelo de madera, blanqueando los rincones, y el bosque oscuro de Panichiste se extendía a lo lejos como un mar de sombras impenetrables bajo la tormenta. No había pisadas. No había un solo rastro humano. Parecía físicamente imposible que alguien hubiera podido huir tan rápido en los escasos tres segundos que tardó en volver la luz.
Oriana soltó un suspiro de alivio mezclado con desconcierto, dispuesta a cerrar y dar por terminada la pesadilla de la noche. Sin embargo, justo cuando iba a tirar de la puerta, la mirada se le desvió hacia abajo.
Allí, justo en el centro del felpudo, había un objeto oscuro.
Era un sobre de papel rústico, pesado y ajado, perfectamente sellado. Estaba atrapado contra el suelo por una pequeña piedra de río de bordes afilados. Lo que heló la sangre de Oriana no fue el sobre en sí, sino el detalle físico que lo acompañaba: al acercar la mano por mera curiosidad, notó que la piedra desprendía un calor antinatural. Estaba caliente, como si acabara de ser sacada del fuego directo, a pesar de estar rodeada de hielo y nieve virgen.
Con el estómago encogido en un nudo de puro pánico, se agachó con extrema cautela, apartó la piedra humeante y abrió el sobre de papel rugoso. Dentro solo había una pequeña hoja con una frase escrita a mano, en un búlgaro de trazo firme, elegante y afilado:
«Apaga tu fuego, forastera. O la montaña lo hará por ti.»
Oriana apretó la nota contra su pecho, sintiendo cómo el frío del exterior volvía a colarse por la puerta abierta, mientras una certeza aplastante se instalaba en su mente: su secreto ya no era un misterio en Yahinovo. Y el dueño de la montaña la estaba esperando.