La cerradura dio la vuelta con un chasquido metálico que sonó demasiado violento en el silencio repentino de la casa. Oriana echó el cerrojo, apoyando la espalda contra la madera fría de la puerta mientras cerraba los ojos con fuerza, intentando desacelerar el ritmo salvaje de su corazón.
En su mano derecha, la nota seguía estrujada como si fuera un salvavidas. Las palabras en búlgaro parecían quemarle la yema de los dedos, un recordatorio físico de que su presencia en Yahinovo no era invisible, ni mucho menos irrelevante.
Con pasos lentos, arrastrándose casi por el cansancio emocional, se dirigió a la cocina. La luz de las bombillas ya era estable, pero la atmósfera seguía impregnada de una incomodidad palpable. Necesitaba hacer algo mundano, algo que le devolviera el sentido de la normalidad. Puso agua a calentar en un pequeño cazo para prepararse una infusión, cualquier cosa que le templara el cuerpo.
Mientras el agua comenzaba a burbujear, se quedó mirando el reflejo de su propio rostro en el cristal oscuro de la ventana de la cocina.
Fuera, la tormenta de nieve seguía sepultando el paisaje, convirtiendo los contornos del bosque de Panichiste en un lienzo borroso y amenazante. Esa inmensidad blanca y helada contrastaba de forma tan violenta con los recuerdos que llevaba grabados a fuego en la memoria...
Pensó en el Caribe, en el calor perpetuo que envolvía las tardes de su infancia, donde el aire olía a sal, a tierra húmeda y a flores tropicales. Allí, su linaje no era una maldición oculta; era simplemente una parte de la tierra, una chispa alegre que danzaba en las manos de las mujeres de su familia durante las noches de celebración. Nunca le temieron a su propia sangre.
Pero cuando se mudó a España buscando un nuevo comienzo, las cosas cambiaron. El ritmo acelerado de las ciudades, el asfalto y la rutina ahogaron temporalmente esa sensación, convirtiendo el calor ancestral en un leve cosquilleo inofensivo cuando el estrés la alcanzaba. Creyó que mudarse a Bulgaria, a un pueblo recóndito en las faldas de las montañas de Rila, sería una huida limpia. Un borrón y cuenta nueva para criar a su hija —su pequeña Nikol, que se había quedado con sus abuelos temporalmente durante la mudanza mientras ella establecía el hogar— en un entorno tranquilo.
«Qué ilusa fui», pensó, soltando una amarga risa sin humor mientras retiraba el cazo del fuego.
La tierra de los Balcanes no era tranquila. Era salvaje, ancestral y celosa. Las montañas guardaban secretos que la modernidad del 2026 no había logrado borrar. La advertencia del sobre —«Apaga tu fuego, forastera. O la montaña lo hará por ti»— le taladraba la cabeza. Alguien sabía lo que era. Alguien la había estado vigilando desde el mismo instante en que cruzó la frontera de Yahinovo.
Se sentó en la pequeña mesa de madera del salón, con la taza humeante entre las manos, intentando buscar una lógica. Si sabían lo que era, ¿por qué no la habían atacado directamente? ¿Por qué esa nota críptica y una piedra caliente dejada como un macabro aviso de bienvenida?
El vapor de la infusión se elevaba en espirales lentas, disipándose en el aire frío de la habitación. Oriana dio un sorbo lento, sintiendo el calor recorrerle la garganta. No pensaba dejarse intimidar. Había cruzado medio mundo buscando su propio camino, y si la montaña quería jugar con fuego, pronto descubriría que ella no era precisamente fácil de apagar.
Lo que ignoraba, mientras el reloj marcaba la medianoche en la profundidad de los Balcanes, es que a pocos metros de su ventana, oculto entre los pinos negros donde la luz de la luna ni siquiera se atrevía a entrar, un par de ojos ámbar la observaban fijamente a través del cristal, evaluando cada uno de sus movimientos con una paciencia depredadora