El frío de los Balcanes nunca le había importado. Para un hombre atado a las leyes de la tierra y a la maldición ancestral que gobernaba los bosques de Panichiste, el hielo era solo una extensión de su propia piel. Hasta que ella cruzó la frontera de Yahinovo.
Desde el primer instante en que el coche de la forastera pisó los caminos del pueblo, el equilibrio de la montaña se tambaleó. Él la había visto desde la espesura de los pinos, envuelto en la niebla que protegía sus dominios. Esperaba a una mujer común, a alguien que huyera del ruido de la ciudad buscando paz y que saliera corriendo en cuanto el invierno búlgaro mostrara sus verdaderas garras.
Pero no fue así.
Cuando Oriana se detuvo en el mirador el primer día, sintió el zumbido antes de verla. Un latido sordo, cálido y extranjero que chocó de inmediato contra la energía fría del territorio. Fuego. Un fuego caribeño, vibrante y ardenzador, respirando en pleno corazón de Rila. Aquello era una anomalía. Una provocación.
Durante los días siguientes, su frustración fue en aumento. La observó desde la distancia, vigilando cada uno de sus movimientos mientras ella intentaba adaptarse a la vida local, ajena por completo a las miradas que la acechaban. Sabía de dónde venía, sabía que intentaba construir una rutina silenciosa y que guardaba un pasado del que huía. Pero lo que no terminaba de encajar en su mente calculadora era la naturaleza de su poder. ¿Cómo podía una criatura de sangre tan cálida sobrevivir al peso de la montaña sin consumirse? ¿Y por qué, cada vez que la veía fruncir el ceño o sonreír con esa fuerza indómita, una extraña punzada de curiosidad —peligrosa, inadmisible— se clavaba en su pecho?
Esa noche, la tormenta había dado tregua al viento pero no a la tensión. Cuando el apagón sumió la casa de madera en la oscuridad, él supo que el momento había llegado. La vio a través de los cristales, intentando contener la chispa que amenazaba con descontrolarse en sus manos. Vio el miedo en sus ojos, pero también la feroz negativa a dejarse vencer.
Ese destello de fuego en la penumbra casi le hace romper las reglas y cruzar el umbral en ese mismo instante.
En lugar de eso, contuvo el impulso salvaje que le exigía reclamar su territorio. Se acercó a la puerta en silencio, golpeó tres veces con la fría autoridad de quien manda en la montaña, y dejó la advertencia escrita sobre el felpudo, acompañada de una piedra de río que aún guardaba el calor de su propia frustración.
Ahora, oculto de nuevo entre las sombras de los abetos negros, la miraba a través del cristal mientras ella cenaba su infusión en el salón. Podía ver el reflejo de sus rizos oscuros, la tensión en sus hombros, el modo en que apretaba la taza como si fuera un escudo.
Ella creía que la nota era una amenaza para que se fuera. No entendía nada. No era una expulsión; era una advertencia de lo que ocurriría si seguía jugando con un fuego que ni ella misma comprendía... y de lo que pasaría si él decidía dejar de resistirse a la tentación de quemarse con ella.