El frío de los Balcanes nunca le había importado. Para un hombre atado a las leyes de la tierra y a la maldición ancestral que gobernaba los bosques de Panichiste, el hielo era solo una extensión de su propia piel. Hasta que ella cruzó la frontera de Yahinovo.
Desde el primer instante en que el coche de la forastera pisó los caminos del pueblo, el equilibrio de la montaña se tambaleó. Él la había observado desde la espesura de los pinos, analizando cada uno de sus movimientos. Sabía de su pasado, sabía que guardaba un secreto de fuego en la sangre... y, sin embargo, llevaba días atrapado en una silenciosa y frustrante obsesión, vigilándola a través del cristal de su ventana en plena noche.
—A este paso vas a gastar el suelo del bosque, hermano. O peor, vas a conseguir que la chica piense que tiene un acosador con muy mal gusto para la ropa de invierno.
La voz seca y pausada rompió el silencio de los abetos.
Él ni se inmutó, aunque apretó la mandíbula con fuerza. No hizo falta que se girara para saber quién venía pisando las ramas secas con total descaro.
De entre la penumbra de los árboles aparecieron dos siluetas. Su hermana mayor, Elena, avanzaba con paso firme y el abrigo abrochado hasta el cuello, con esa mirada inteligente y cuerda que parecía juzgarle en silencio por cada mala decisión que tomaba en su vida. Detrás de ella venía su marido, Stefan, con las manos en los bolsillos y una sonrisa burlona pintada en los labios que era imposible de borrar.
—Deja de espiar a la chica, hombre de Dios —bufó Stefan, soltando una carcajada corta y divertida mientras se acercaba a su cuñado—. Llevas una semana con cara de perro hambriento mirando esa cabaña. Si querías invitarla a un té, bastaba con tocar la puerta como una persona normal en vez de ir dejando notitas de misterio por los felpudos. ¿Qué era la siguiente genialidad? ¿Un ramo de flores quemadas?
—No te metas en lo que no te importa, Stefan —gruñó él, sin apartar los ojos de la ventana iluminada de la cabaña, donde Oriana seguía con su infusión.
—Hombre, nos importa si decides prender fuego a medio Yahinovo solo porque una caribeña te ha revolucionado las hormonas y no sabes gestionar el rechazo —replicó Elena con su habitual tono implacable, cruzándose de brazos frente a él—. Tienes un territorio que proteger, una maldición que vigilar y te comportas como un crío en celo. Si te gusta la forastera, vas y hablas con ella. Si no, dejas de rondarla como un espectro. Pero esta tensión insoportable ya empieza a aburrirnos hasta a los lobos.
Stefan soltó un silbido bajo, disfrutando del espectáculo como si estuviera viendo una película de estreno.
—Yo voto por lo segundo, Elena. Aunque la verdad, admito que tiene gracia ver al gran alfa de Rila temblando por una chispa que ni siquiera es de nuestra tierra —bromeó Stefan, guiñándole un ojo con sorna—. Venga, cuéntanos, ¿cuánto vas a tardar en hacer una estupidez por amor?
Élfren les dedicó una mirada de advertencia que habría congelado a cualquiera, pero ni su hermana ni su cuñado se inmutaron lo más mínimo. Ellos eran los únicos que se atrevían a plantarle cara.
—No es amor —masculló él, volviendo la vista hacia la ventana.
Pero al ver que Oriana, al otro lado del cristal, levantaba la mirada hacia el bosque oscuro con una expresión desafiante, supo que sus propias palabras sonaban a mentira incluso para él.