Bajo la niebla de Rila

Capítulo 8: Claridad de invierno

La mañana siguiente amaneció sin la furia de la tormenta, pero con un frío que helaba hasta las ideas. Cuando Oriana descorrió las cortinas de la sala, un haz de luz dorada y pálida se coló por los cristales, reflejándose con intensidad sobre el manto de nieve virgen que cubría todo Yahinovo.

Por primera vez en días, el cielo sobre las montañas de Rila no era un techo de plomo negro, sino de un azul tan limpio y frío que dolía a la vista. El sol de media mañana brillaba con fuerza, aunque su calor era una simple ilusión óptica: los tejados seguían cargados de carámbanos de hielo y el aliento se convertía en vapor denso a la mínima exhalación.

Oriana se abrigó con su pesado abrigo verde esmeralda, se ató las botas de montaña y decidió que no iba a pasar el día encerrada en casa como si fuera una prisionera de su propio miedo. La nota en el felpudo y la piedra caliente seguían sobre la mesa de la cocina, recordándole que lo ocurrido la noche anterior no había sido una pesadilla. Pero el estómago le pedía movimiento, aire fresco y normalidad.

Caminó por el sendero principal del pueblo hacia una pequeña zona comercial y de servicios de la zona baja. A la luz del día, Yahinovo tenía un encanto rústico y silencioso muy distinto al aspecto amenazante que adoptaba bajo las sombras. Los vecinos, abrigados con gruesas chamarras y gorros de lana, la saludaban con leves inclinaciones de cabeza o miradas de reojo al pasar. Ya no se sentía tanto como un espectro invisible, sino como lo que era: una forastera intentando echar raíces en un terreno que medía cada uno de sus pasos.

Mientras caminaba con las manos enterradas en los bolsillos del abrigo, notó que el zumbido en su sangre —esa chispa latente que el frío intentaba apagar y que su cuerpo intentaba contener— estaba extrañamente tranquilo. La luz del sol parecía actuar como un bálsamo temporal.

Sin embargo, a lo lejos, flanqueando la línea donde terminaban las últimas casas y comenzaban los abetos impenetrables de la montaña, una presencia alta y estática la observaba. Estaba demasiado lejos para distinguir sus facciones con claridad, pero la postura imponente y la fijeza de aquella silueta bajo la luz del día dejaban algo muy claro: el hecho de que fuera de día no significaba que estuviera a salvo.




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