El bullicio amortiguado de Yahinovo solía concentrarse en los puntos más inverosímiles cuando el frío apretaba. Para Oriana, la pequeña tienda de ultramarinos regentada por la anciana de pañuelo oscuro se había convertido en un refugio a medio camino entre la despensa y la única vía de escape al encierro de su cabaña. Aquella tarde, cansada de dar vueltas a la nota dejada en su felpudo y a la maldita piedra caliente, decidió que necesitaba salir a por provisiones frescas, aire limpio y, sobre todo, una dosis de normalidad que ahuyentara los fantasmas de la montaña.
El interior del local olía a madera vieja, pan de centeno recién horneado y un persistente trasfondo a tabaco de pipa y humedad invernal. Afuera, el sol de media tarde se filtraba débilmente a través de los cristales escarchados, proyectando formas caprichosas sobre los estantes repletos de tarros de mermelada casera, conservas y paquetes de harina.
Oriana llevaba ya un rato allí dentro, hojeando distraídamente unas etiquetas en cirílico mientras intentaba decidirse entre un frasco de especias y un paquete de café local. Estaba completamente absorta en su tarea, convencida de que era la única clienta en el diminuto establecimiento, cuando la campanilla de la puerta principal tintineó con fuerza al abrirse.
El aire del establecimiento cambió de golpe.
No fue una sensación gradual; fue un giro drástico de la atmósfera, un descenso repentino de la temperatura que hizo que el vello de los brazos se le erizara por completo bajo el grueso jersey de lana. El murmullo de la anciana al fondo del local se silenció de inmediato, y hasta el parpadeo de la bombilla del techo pareció acompasarse a un ritmo más tenso.
Oriana levantó la vista de los estantes con total naturalidad, girándose hacia la entrada con la intención de ver quién entraba a buscar refugio del frío.
Y entonces lo vio.
Era la primera vez que lo tenía enfrente de verdad. Sin la barrera de una ventana empañada por la noche, sin la distancia traicionera de los abetos de Panichiste y sin la niebla cubriéndole el rostro. Y la realidad superó con creces a cualquier sombra que hubiera imaginado en sus pesadillas.
Por la expresión fugaz que cruzó el rostro del recién llegado, quedó claro que él tampoco la esperaba allí. Sus pasos se detuvieron en seco apenas un segundo al cruzar el umbral. Había bajado del bosque por pura rutina, buscando algo tan mundano como tabaco o suministros, jamás imaginando que tropezaría con la chispa caribeña que llevaba días alterando el equilibrio de la zona.
Era un hombre de una belleza salvaje, imponente, tallada con la misma rudeza y perfección que las cumbres de Rila que gobernaba. Alto, de hombros anchos que llenaban el marco de la puerta con una naturalidad amenazante, vestía un abrigo oscuro de paño grueso desabrochado que delataba una complexión fuerte y felina. Su cabello, de un tono castaño oscuro casi negro, caía ligeramente desordenado sobre la frente, enmarcando un rostro de facciones marcadas: una mandíbula dura como el granito, unos pómulos acentuados y una boca de labios firmes que en ese momento se curvaba en una línea de sorpresa contenida. Pero lo que de verdad desarmó a Oriana fueron sus ojos. Unos ojos de un color ámbar tan profundo, penetrante y magnético que parecía capaz de tragarse la luz del local y reflejar el fuego salvaje de la propia montaña.
Oriana se quedó completamente congelada en el sitio, con el tarro de especias a medio sostener entre los dedos. El corazón le dio un vuelco tan violento en el pecho que temió que el eco resonara en toda la tienda. No conocía su nombre, no sabía quién era, pero su cuerpo entero —esa sangre que llevaba días intentando contener el pulso— reconoció al depredador al instante.
Él avanzó por el pasillo estrecho con pasos pausados, deliberados, intentando recuperar el control de su máscara imperturbable. Pero su presencia física era abrumadora, llenando cada rincón del pequeño espacio con una intensidad que asfixiaba.
Los pasillos de la tienda eran demasiado estrechos. Al tener que avanzar hacia el mostrador, las trayectorias de ambos coincidieron de forma inevitable. Para poder pasar junto a los estantes, él tuvo que detenerse justo a pocos centímetros de ella. El calor helado que desprendía su cuerpo chocó de inmediato contra la calidez latente de la piel de Oriana, creando una fricción invisible, un cortocircuito en el aire que hizo que el tiempo pareciera detenerse para los dos.
Ninguno de los dos se movió. La anciana al fondo del local tosió discretamente, fingiendo recolocar unas cajas, dejándolos en una burbuja de silencio espeso donde solo se oía el crujir de la madera vieja bajo sus botas.
Oriana alzó ligeramente el mentón, negándose a flaquear a pesar de que el pulso le temblaba, y clavó sus ojos oscuros en aquellos abismos de color ámbar que la miraban con una fijeza hambrienta y calculadora.
—Buscas algo que no te pertenece, forastera —su voz, cuando rompió el silencio, fue un susurro ronco, grave, que resonó directamente en la boca del estómago de Oriana con la fuerza de un trueno lejano.
El aire se quedó suspendido. El invierno exterior pareció desvanecerse, dejando paso únicamente a la colisión inevitable entre el hielo de los Balcanes y el fuego indómito de una mujer que no pensaba echarse atrás