Bajo la niebla de Rila

Capítulo 11: El peso de las palabras

Había bajado a la tienda del pueblo por una razón tan simple y mundana como abastecerse de tabaco y un par de provisiones, confiando en que el bullicio matutino o la rutina de Yahinovo lo mantendrían invisible. Jamás imaginó que, al cruzar el umbral y empujar la puerta de madera, el aire del pequeño establecimiento cambiaría de golpe.

​Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra interior y la vio allí parada, sosteniendo un tarro de especias entre los dedos con una elegancia descarada, sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Ella no lo esperaba; su parpadeo de sorpresa y la forma en que el pulso le delató en la garganta se lo confirmaron al instante. Pero lo que verdaderamente lo descolocó fue el impacto de tenerla tan cerca.

​Desde su perspectiva, Oriana era una contradicción andante que desafiaba todas las leyes de la montaña. Su cabello oscuro y rizado caía sobre los hombros con una libertad salvaje, enmarcando un rostro de facciones finas pero de una expresividad feroz. Sus ojos oscuros brillaban con un desafío puro, y bajo el grueso jersey de lana, su cuerpo exhalaba un calor sordo, una radiación invisible que contrastaba de forma violenta con el hielo de los cristales de la tienda. Era fuego puro atrapado en miniatura, una chispa caribeña respirando en medio de la estepa búlgara.

​Y entonces, traicionado por el reflejo defensivo de ser el guardián de Rila, abrió la boca y soltó lo primero que su instinto dictó para marcar distancia:

​—Buscas algo que no te pertenece, forastera.

​Apenas las palabras cruzaron sus labios, una maldición sorda retumbó en lo más profundo de su mente. «Imbécil. ¿Qué demonios acabas de decir?», se fustigó por dentro con furia. Quería sonar imponente, recordarle que ese territorio tenía dueños antiguos, pero lo único que consiguió fue encender una chispa peligrosa en los ojos de ella. En lugar de intimidarla, su frase pareció avivar una hoguera.

​Oriana no se encogió ni apartó la mirada. Al contrario, irguió el mentón con una elegancia altiva, acercándose un paso más en el estrecho pasillo hasta que el aroma a canela y tierra mojada de su piel chocó de lleno contra el frío de su abrigo.

​—¿Ah, sí? —replicó ella con la voz baja, firme, vibrando con una tensión eléctrica que le recorrió la espina dorsal—. Tendrás que demostrarme exactamente qué parte de este lugar tiene dueño, porque yo no veo a nadie con escrituras... solo a alguien con demasiadas ínfulas y muy poca originalidad para saludar.

​El silencio que siguió a su respuesta fue tan denso que pareció congelar el aire entre ambos. Él la miró fijamente, con el maxilar contraído y una mezcla salvaje de exasperación y una fascinación desbocada latiéndole en las sienes. No solo no huía de su hielo, sino que estaba dispuesta a derretirlo a quemarropa.




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