Bajo la niebla de Rila

Capítulo 12: Nombres ocultos bajo la atenta mirada

​El eco de las palabras de Oriana aún flotaba en el estrecho pasillo de la tienda, cargado de una electricidad que amenazaba con cortocircuitar el aire. Él la miraba con una mezcla de furia contenida y una fascinación que le quema las entrañas, dispuesto a replicar a esa réplica tan insolente, cuando una tos seca, ruidosa y exageradamente intencionada rompió el hechizo.

​—Stoi! ¡Basta ya de mirar los tarros de café como si os fuerais a arrancar la garganta a mordiscos, críos!

​La anciana dueña de la tienda —con su inseparable pañuelo oscuro cubriéndole el pelo y las manos apoyadas con desdén sobre el mostrador de madera— los observaba a ambos con una media sonrisa astuta en los labios ajados. Conocía cada rincón de Yahinovo desde antes de que nacieran los abetos de Panichiste, y no había tensión de montaña que se le escapara.

​—Aquí no se viene a amenazar a los clientes, muchacho —le soltó ella en un búlgaro áspero pero de mirada burlona, dirigiendo después los ojos hacia Oriana—. Y tú, pequeña chispa caribeña, no te dejes intimidar por este oso mal encarado que lleva rondando los límites del pueblo como un alma en pena desde la primera nevada. Si quiere algo, que aprenda a hablar como la gente de bien y empiece por las presentaciones.

​El silencio volvió a instalarse, pero esta vez con un matiz completamente distinto, teñido de una vergüenza sorda que ningún alfa de la montaña admitiría jamás en voz alta.

​Él apretó los dientes, desvió la mirada de los ojos oscuros de Oriana por una milésima de segundo y maldijo en silencio a la anciana por desmontarle la pose en dos segundos. Pero tenía razón en algo: llevaban días persiguiéndose en la sombra, cruzando notas, mirándose a través de los cristales, y ninguno de los dos conocía el nombre del otro. Seguían siendo un misterio mutuo, dos fuerzas opuestas atrapadas en un mismo tablero de ajedrez.

​Oriana parpadeó, sorprendida por la intervención de la tendera, y recuperó una fracción de su compostura. Relajó ligeramente los hombros, aunque mantuvo la barbilla en alto, y devolvió la atención al hombre imponente que tenía a pocos centímetros.

​—Tiene razón la señora —dijo Oriana con voz clara, desafiante y con un atisbo de una sonrisa irónica en los labios—. Si vas a ir por la vida echando a la gente de sus casas con notitas crípticas y piedras calientes, lo mínimo que podrías hacer es decir cómo te llamas. A menos que el gran protector de la montaña tenga miedo de compartir su nombre con una simple "forastera".

​Él la miró fijamente. Los destellos ámbar de sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa ante la provocación. Sabía que ceder al juego de las presentaciones era dar un paso sin retorno hacia el abismo que ella representaba. Pero con la anciana observándolos con los brazos cruzados y la paciencia agotada, no le quedó más remedio que tragar saliva.

​—No tengo miedo a nada, forastera —respondió él al fin, con la voz grave y ronca vibrando a escasos centímetros de su rostro, negándose todavía a revelar su nombre, pero acercándose lo justo para que ella sintiera el frío y el calor chocar de nuevo—. Pero los nombres tienen un precio en este lugar. Y el tuyo... ya sé exactamente cómo suena en mi cabeza.




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