Bajo la niebla de Rila

Capítulo 13: Interrupciones familiares

El aire en la pequeña tienda de ultramarinos de Yahinovo estaba tan cargado de electricidad que cualquier chispa habría bastado para prender fuego al local. Él se había quedado a escasos milímetros de Oriana, lanzándole una advertencia velada sobre el precio de los nombres, mientras la anciana observaba la escena desde el mostrador con una paciencia de piedra.

​Pero antes de que Oriana pudiera devolverle el golpe con otra réplica afilada, la campanilla de la puerta principal volvió a sonar, esta vez con un tintineo alegre y escandaloso.

​—Venga, hombre, date prisa que con este frío se me van a congelar hasta las ideas de la cabeza, y mira que tú ya estás acostumbrado a vivir bajo cero —resonó una voz masculina, cálida y burlona, que atravesó el espacio como un huracán.

​Stefan entró por la puerta con las manos en los bolsillos de su chaqueta, sacudiéndose los copos de nieve de los hombros con total desparpajo. Detrás de él, con paso firme, el abrigo perfectamente abrochado y una expresión de absoluta resignación en el rostro, apareció Elena.

​—Cierra la boca, Stefan, antes de que te entre una ventisca y te vacíe lo poco que tienes dentro —replicó Elena con su tono seco, inteligente y sin un gramo de paciencia para las payasadas de su marido.

​El silencio que se apoderó de la tienda fue instantáneo.

​Elena y Stefan avanzaron por el pasillo estrecho con la intención de coger provisiones, pero se detuvieron en seco al doblar la esquina y chocar de frente con el cuadro: allí estaba el "gran alfa" de la montaña, acorralando prácticamente contra la estantería de especias a la forastera de la que llevaba días espiando a través de las ventanas, con la anciana de la tienda mirándolos a todos como si estuviera asistiendo a su telenovela turca favorita.

​Stefan abrió los ojos de par en par, y una sonrisa de oreja a oreja —una mezcla perfecta de malicia y diversión pura— iluminó su rostro.

​—Vaya, vaya... Así que aquí era donde se escondía el lobo solitario —soltó Stefan con total desfachatez, cruzándose de brazos y mirando de arriba abajo a Oriana con una ceja alzada—. Y yo que pensaba que estabas inspeccionando los rastros de los ciervos en Panichiste. Resulta que el protector de la montaña tenías las prioridades bien claras: acosar a la vecina nueva en el pasillo de la harina. Encantado, por cierto —añadió, guiñándole un ojo a Oriana con absoluta complicidad—. Soy Stefan, el cuñado al que le toca aguantarle las manías a este.

​Elena soltó un suspiro audible, rodó los ojos con elegancia y le dio un codazo seco en las costillas a su marido para que se callara, aunque una ligera curva divertida en sus labios delató que tampoco le disgustaba el espectáculo.

​—Disculpa a este imbécil, no tiene remedio —dijo Elena dirigiéndose directamente a Oriana, con una mirada evaluadora pero amable, analizando a la caribeña con inteligencia—. Soy Elena. Y te aseguro que si sabemos quién eres es porque este idiota —señaló con la cabeza a su cuñado— no ha dejado de dar la matraca en casa con la "chispa caribeña" desde hace una semana.

​Él cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se marcaron como piedra. Si antes quería que la tierra se lo tragara, ahora prefería que una avalancha sepultara la tienda entera con los tres miembros de su familia dentro.

​Oriana, por su parte, parpadeó desconcertada ante el giro tan absurdo que acababa de dar la situación. Pasó la mirada del hombre imponente —que ahora lucía una expresión de derrota absoluta por culpa de su familia— a Stefan y a Elena, sintiendo que la tensión mortal de hacía un segundo se desinflaba en una comedia surrealista.

​—Vaya —logró decir Oriana al fin, con media sonrisa asomándose por fin a sus labios mientras cruzaba los brazos—. Con que "el protector de la montaña" tiene un equipo de relaciones públicas... No me lo esperaba.




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