El silencio que siguió al comentario de Oriana fue cortante, interrumpido únicamente por el leve zumbido de la nevera vieja del ultramarinos y la risa ahogada de Stefan, a quien su mujer acababa de propinar otro codazo limpio en las costillas.
El hombre imponente —aquel al que su familia acababa de despojar de toda su autoridad mítica con tres frases— apretó los labios hasta formar una línea blanca. Sus ojos ámbar seguían fijos en ella, brillando con una mezcla de frustración y una intensa curiosidad que ya no se molestaba en disimular.
Pero Oriana no iba a quedarse allí esperando a que el lobo decidiera cómo responder. Había aguantado demasiada tensión, notas crípticas y piedras calientes como para achicarse ahora.
Con un movimiento fluido, dejó el frasco de especias sobre el estante más cercano, enderezó los hombros y le devolvió a él una mirada cargada de absoluta seguridad.
—Ya veo que las reuniones familiares por aquí son de lo más... entretenidas —dijo ella con una media sonrisa socarrona, antes de girarse hacia la anciana del mostrador—. Perdón, señora. Me llevo esto.
Sacó unos billetes con total soltura, los depositó sobre la madera con un golpecito seco y recogió su pequeña bolsa de compras. Antes de girarse para marchar patriarcalmente del local, clavó sus oscuros ojos en el hombre de la montaña por última vez y sentenció con voz clara:
—Por cierto, ya que tanto os gusta hablar de formalidades... Me llamo Oriana. A ver si la próxima vez os presentáis con un poco más de estilo.
Dio media vuelta dispuesta a cruzar la puerta, pero antes de que pudiera alcanzar el pomo, una voz suave y firme la detuvo a medio camino.
—Espera, Oriana.
Era Elena. La hermana mayor la miraba con una chispa de sincera simpatía y aprobación en los ojos.
—No le hagas caso a este grupo de salvajes —añadió Elena, lanzándole una mirada de reojo a su marido y a su hermano antes de volverse hacia la caribeña con una sonrisa decidida—. Esta noche estaremos en el bar del pueblo. Habrá música en vivo, un poco de calor humano y comida típica de los Balcanes que te aseguro que ayuda a sobrevivir a este invierno. Si te apetece salir de la cabaña y desconectar de las notas anónimas, nos encantaría que te pasaras un rato con nosotros. Estás invitada de nuestra parte.
Oriana se quedó parada en el umbral, con la mano en el tirador de la puerta. Sintió de inmediato la mirada clavada de él en su nuca, quemándole con la intensidad del fuego que tanto intentaba ocultar. Miró a Elena, sopesó la propuesta durante un segundo y, con una sonrisa desafiante que dedicó de reojo al guardián de la montaña, asintió con la cabeza.
—Hecho. Nos vemos esta noche —respondió Oriana, antes de abrir la puerta y fundirse con el aire frío de Yahinovo.
Dentro de la tienda, el silencio volvió a reinar. Stefan soltó un silbido bajo y divertido, mientras su cuñado maldecía en silencio, sabiendo perfectamente que esa noche iba a tener que verla de nuevo.