Bajo la niebla de Rila

Capítulo 15: Maldiciones en el umbral

La puerta del ultramarinos se cerró con un portazo suave, llevándose consigo el rastro de perfume a canela y tierra mojada de Oriana. El frío de los Balcanes pareció colmar instantáneamente el espacio que ella acababa de dejar vacío, pero el verdadero hielo que congelaba la atmósfera provenía de la mirada asesina que él le estaba dedicando a su propia familia.

​El silencio en la tienda era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de carnicero.

​—Si querías buscarte una enemiga mortal y dinamitar lo poco que me quedaba de paciencia, Elena, felicidades, lo has bordado —gruñó él entre dientes, con la mandíbula tan contraída que los huesos parecían a punto de estallar.

​—Ay, por favor, bájale dos rayitas al drama, hermano —bufó Elena, cruzándose de brazos con una calma exasperante mientras terminaba de guardar unas cuantas latas en su bolsa—. Le has estado rondando la cabaña como un espectro hambriento durante días, le has dejado notitas poéticas en el felpudo y una piedra caliente que ha tenido a la pobre mujer con el susto en el cuerpo. Lo único que he hecho ha sido invitarla a un sitio con calefacción y música para que os miréis las caras civilizadamente en lugar de quemar el pueblo entero.

​Stefan, que intentaba disimular una carcajada tapándose la boca con la bufanda, dio un paso al frente con total desparpajo y le dio una palmada burlona en el hombro a su cuñado.

​—Pues yo le doy las gracias a mi mujer, la verdad —bromeó Stefan con una sonrisa de oreja a oreja—. Porque si dependiera de ti y de tus tácticas de cavernícola místico, estaríais lanzándoos piedras el uno al otro hasta el próximo invierno. Además, ¿qué esperabas? La chica tiene carácter. Le ha plantado cara al mismísimo alfa de Rila en medio de los pasillos y se ha despedido con su nombre bien alto. Yo le pondría alfombra roja esta noche.

​—Idiotas... los dos —masculló él, dándose media vuelta con brusquedad y abriendo la puerta de un empujón para salir a la calle, sin importarle que el viento helado le azotara el rostro.

​Pero antes de cruzar el umbral por completo, una voz ronca y divertida desde el mostrador lo detuvo en seco. La anciana dueña de la tienda, que había asistido a todo el sainete con una sonrisa socarrona mientras limpiaba un vaso con un trapo viejo, negó con la cabeza.

​—Y da gracias, muchacho —le soltó la abuela en un búlgaro áspero pero lleno de guasa—. En mis tiempos, a los hombres que querían llamar la atención de una mujer les daba por cortar leña para su puerta, no por dejar recados de asustaviejas. Búscate una camisa limpia y lávate la cara de amargado antes de ir al bar, porque a esa chispa caribeña no la vas a impresionar oliendo a pino y mal genio.

​Él le dedicó a la anciana una mirada fulminante que habría hecho huir a cualquier mortal, pero la mujer se limitó a soltar una carcajada seca y a seguir a lo suyo.

​Sin mediar palabra, salió a grandes zancadas del ultramarinos, seguido de cerca por Elena y Stefan, que caminaban unos pasos por detrás disfrutando de su desesperación como si asistieran a la mejor obra de teatro del mundo. El trayecto de regreso hacia los límites del bosque y las zonas altas de la montaña se hizo en un silencio tenso, solo roto por el crujir de la nieve bajo las botas y las bromas disimuladas que Stefan le susurraba a su mujer en voz baja.

​Una vez que se separaron en el desvío del sendero, obligándose cada uno a tomar su camino, él se adentró en la espesura de los abetos de Panichiste con el paso pesado y la cabeza hecha un auténtico nudo.

​El día transcurrió con una lentitud desesperante. Intentó concentrarse en los asuntos del territorio, en revisar los límites de la tierra y en apaciguar el pulso salvaje de la montaña, pero su mente no hacía más que volver a un solo punto: el rostro de Oriana, el desafío en sus ojos oscuros, y la forma en que su nombre —Oriana— sonaba en sus labios.

​Sabía perfectamente lo que significaba la invitación de Elena. Esa noche, el único bar de Yahinovo se llenaría de parroquianos, música tradicional, humo de chimenea y un bullicio ensordecedor. Y él iba a estar allí. No porque necesitara una copa, sino porque la idea de que otro la mirara con la misma intensidad con la que él llevaba días haciéndolo era sencillamente inaceptable.

​Mientras el sol caía tras las cumbres nevadas y las primeras sombras de la noche empezaban a tragarse el valle, abriendo paso al parpadeo de las estrellas sobre el cielo de los Balcanes, se paró frente al espejo de su cabaña. Se abrochó una camisa oscura de cuello alto, ajustó su abrigo pesado y exhaló una larga y profunda exhalación. La tregua había terminado. Esta noche, el hielo y el fuego iban a compartir la misma pista de baile.




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