El aire helado de Yahinovo le dio de lleno en la cara nada más cruzar la puerta del ultramarinos, un contraste brutal con la atmósfera cargada y eléctrica que acababa de dejar atrás. Oriana caminó de regreso a su cabaña con el paso firme, sintiendo todavía el eco de las miradas ámbar clavadas en su nuca y el zumbido de una adrenalina extraña recorriéndole las venas.
Cuando por fin abrió la puerta de su refugio y cerró con cerrojo, el silencio de la casa le devolvió la compostura. Dejó la pequeña bolsa de compras sobre la mesa de la cocina y exhaló un suspiro largo, pasándose una mano por la frente. ¿En qué demonios estaba pensando? Había plantado cara al hombre más intimidante de la zona, le había exigido presentaciones y, por si fuera poco, había aceptado una invitación para ir esa misma noche al único bar del pueblo.
Para despejar la cabeza y mantenerse con los pies en la tierra, se metió en la cocina. Decidió preparar algo sencillo para comer: un guiso caliente de verduras y especias que inundó el hogar con un aroma hogareño, muy alejado del frío de los Balcanes. Mientras removía la olla, llamaron a la puerta de la entrada de forma suave pero insistente.
Oriana frunció el ceño, extrañada. Nadie solía visitarla a domicilio, y menos con el tiempo que hacía.
Al abrir la puerta, se encontró con una chica joven, de ojos vivos, cabello castaño recogido en una coleta alta y envuelta en un anorac de colores. Sostenía con ambas manos una pequeña caja de cartón atada con un cordel. La chica le sonrió con simpatía, hablándole en un búlgaro fluido y cercano:
—Hola, soy Mila. Vivo un par de casas más arriba. Te vi llegar el otro día con la mudanza y pensé que un poco de tarta casera de manzana y canela te vendría bien para espantar el frío del primer día —le dijo, guiñándole un ojo con complicidad antes de añadir en un tono más bajito, mirando de reojo hacia los árboles—. Ah, y un consejo de vecina: si vas a salir esta noche por el pueblo, como me ha parecido oír, ten cuidado con quién te cruzas en los límites del bosque. A los hombres de por aquí no les suele hacer gracia que la gente nueva agite demasiado las aguas... especialmente a los que mandan en la montaña.
Oriana parpadeó, sorprendida por la mezcla de amabilidad y la misteriosa advertencia. Agradeció el detalle de la tarta con una sonrisa sincera y se despidió de Mila, sintiendo que aquella chica podría convertirse en una buena aliada en medio de tanto desconcierto.
De vuelta en la cocina, se sirvió un trozo de la tarta junto con un té humeante. El sabor dulce contrastaba de forma deliciosa con la tensión acumulada del día, mientras las palabras de Mila sobre "los que mandan en la montaña" le rondaban la cabeza.
Sentada junto a la mesa, mientras el calor del té templaba sus manos, su mente viajó inevitablemente miles de kilómetros lejos de allí. El aislamiento de las cumbres nevadas le trajo a la memoria los domingos por la tarde en su tierra natal, cuando su abuela solía sentarse con ella en el porche y le leía historias antiguas de un libro de pastas de cuero desgastadas. Entre aquellas páginas llenas de leyendas tropicales, su abuela siempre le repetía una frase que parecía cobrar un significado completamente nuevo en medio de los Balcanes: "Hay fuegos tan intensos, mi niña, que ni el hielo más viejo del mundo puede apagar; solo intentan congelar lo que temen quemar".
Aquel recuerdo infantil retumbó en su cabeza. Durante años había creído que se trataba de simples cuentos de sobremesa, metáforas sobre la pasión y el carácter indomable que corría por las venas de su familia. Pero ahora, al recordar los ojos ámbar de aquel hombre y el frío antinatural que desprendía su presencia, comprendió que las leyendas existían en todas partes del mundo, listas para atrapar a los desprevenidos. Ella no era una simple forastera perdida; llevaba su propio fuego por dentro, y la montaña lo sabía.
Avanzada la tarde, con las sombras de la noche tragándose por completo los abetos de Panichiste, se sacudió los pensamientos del pasado y se acercó al armario. Se decantó por un jersey oscuro de cuello alto que estilizaba su figura y unos vaqueros cómodos, complementados con su abrigo largo. Frente al espejo, se ajustó los rizos oscuros y se aplicó un toque rápido de brillo en los labios. Su reflejo devolvía la imagen de una mujer dispuesta a no dejar intimidarse por fantasmas ni por guardianes de hielo. Cogió su bolso, apagó las luces y salió a la noche estrellada, dispuesta a descubrir qué le esperaba en el bar de Yahinovo.