El único bar de Yahinovo era el punto de encuentro donde convergían todos los secretos del pueblo cuando la noche caía sobre las laderas de la montaña. Al empujar la puerta de madera pesada, una bofetada de calor mezclado con aroma a madera quemada, rakia artesanal y guiso tradicional recibió a Oriana. El local estaba abarratado: mesas de roble oscuro repletas de parroquianos, murmullos amortiguados por las risas y, de fondo, los acordes rápidos y melancólicos de una música balcánica interpretada en directo por un par de músicos locales que apenas se vislumbraban entre la densa bruma del tabaco.
Oriana se detuvo un instante en el umbral, ajustándose el abrigo y buscando caras conocidas entre la penumbra, hasta que una mano familiar se alzó con energía entre el gentío.
—¡Por aquí, Oriana! ¡Menos mal que te has animado a salir de la cueva! —exclamó Stefan con una sonrisa expansiva, agitando una jarra de cerveza desde una mesa situada estratégicamente cerca de la barra.
Elena, sentada a su lado con un suéter de cuello alto y una copa de vino tinto en la mano, le dedicó una acogedora sonrisa de bienvenida y le hizo señas para que se sentara en el hueco que habían reservado junto a ellos.
Apenas llevaba unos minutos instalada, probando un sorbo de la bebida caliente que Stefan le había invitado para entrar en calor y poniéndose al día con la charla distendida, cuando la atmósfera alrededor de su mesa pareció alterarse de manera sutil pero evidente.
No fue un cambio abrupto, sino una corriente de aire diferente. A pocos metros, apoyado en la barra con una media sonrisa y una confianza desbordante, se encontraba un joven del pueblo de facciones marcadas, ojos claros y una chupa de cuero que desentonaba con la estética tradicional del lugar. Llevaba rato observando a Oriana desde que cruzó la puerta, y la ausencia de compañía formal a su lado le pareció la luz verde definitiva para hacer su movimiento.
Con un paso seguro, una copa en la mano y una actitud de conquistador infalible, el chico se acercó directamente a la mesa.
—Vaya... Así que los rumores eran ciertos. El pueblo entero lleva todo el día hablando de la valiente forastera que le ha plantado cara al mismísimo guardián en el ultramarinos —dijo el joven con una voz seductora, apoyando una mano con total familiaridad en el respaldo del asiento de Oriana—. Soy Boyan, por cierto. Hermano menor de Mila, aunque veo que aún no has tenido el gusto de coincidir con ella del todo. Me pareció un auténtico crimen que una mujer con tanta chispa estuviera en un rincón sin probar la carta de este sitio. ¿Te apetece que te invite a algo mejor?
Elena rodó los ojos con total disimulo, tomando un trago largo de su vino, y Stefan soltó una carcajada ahogada, sabiendo perfectamente el polvorín que se estaba gestando a pocos metros de distancia.
Porque en el extremo opuesto del bar, sumido en las sombras de una mesa alta junto a la pared de piedra y con los nudillos blancos de tanto apretar el vaso de cristal que sostenía, una mirada de color ámbar acababa de volverse tan afilada como el hielo. El alfa lo vio todo con una claridad pasmosa: la cercanía excesiva de Boyan, la mención a su familia, y la forma en que Oriana ladeaba la cabeza para escucharle con una ligera y educada sonrisa. El aire alrededor de su mesa se congeló de golpe; los celos ardían en su interior con una fuerza destructiva y primaria, recordándole que no soportaba ver a nadie más intentando reclamar lo que su instinto ya consideraba suyo.
Estaba a punto de levantarse de la silla con la firme intención de cruzar el local y apartar a Boyan de un solo movimiento, cuando el tono estridente y urgente de un teléfono móvil cortó el aire de raíz.
Oriana sacó el dispositivo del bolsillo con rapidez, frunciendo el ceño al ver en la pantalla el indicador de llamada desde España. Un latigazo de mal presentimiento le encogió el estómago de inmediato. Se disculpó con Boyan con un gesto seco en la mano y se levantó de la mesa a toda prisa, abriéndose paso entre el gentío hacia la zona más apartada y fría de la entrada para poder escuchar algo.
—¿Mamá? ¿Qué pasa? —preguntó Oriana con el pulso desbocado y la respiración cortada.
Al otro lado de la línea, la voz de su madre sonó completamente alterada, quebrada y al borde del llanto incontenible: «Hija, perdona que te llame así de repente, pero a Nikol le acaba de subir una fiebre espeluznante. No para de toser, arde por completo y empieza a delirar un poco diciendo tonterías. Intenté aguantar en casa para no amargarte los primeros días en Bulgaria, pero ya no sé qué hacer ni a qué médico acudir aquí de urgencia a estas horas. Está asustada y te llama sin parar».
El mundo entero se le vino abajo a Oriana en una sola fracción de segundo. El bar, la música estridente, la presencia de Boyan e incluso la intensa y pesada mirada del alfa que la observaba desde la lejanía se desvanecieron por completo de su mente. Lo único real, lo único que importaba en ese maldito universo, era su pequeña de cinco años a miles de kilómetros, sola, sufriendo y pidiendo a su madre.
—Tranquila, mamá, por favor, no te muevas de su lado ni un segundo —balbució Oriana con la voz rota por el pánico absoluto, sintiendo las primeras lágrimas calientes resbalándole por las mejillas heladas—. Voy a mirar un vuelo ahora mismo. Salgo para el aeropuerto de Sofía en este instante, espérame, ya voy.
Colgó la llamada de golpe, temblando de pies a cabeza. El pánico la cegaba; no sabía cómo iba a salir de aquel rincón perdido de los Balcanes a altas horas de la madrugada, ni cómo conseguiría un transporte para recorrer los kilómetros que la separaban de la capital bajo una tormenta de nieve que empezaba a arreciar fuera. Dio media vuelta dispuesta a salir corriendo a la intemperie, pero al girarse chocó de frente con una figura sólida e imponente que le bloqueaba el paso.