Bajo la niebla de Rila

Capítulo 18: Brasas bajo el hielo

​El único bar de Yahinovo apestaba a tabaco rancio, a madera húmeda y al alcohol barato con el que los lugareños intentaban ahogar el peso de los inviernos largos en las laderas de Rila. Para mí, aquel antro no era más que un punto estratégico donde mantenía el pulso del pueblo bajo control, un lugar ruidoso y predecible donde rara vez ocurría algo que pudiera alterar el orden que yo mismo me encargaba de mantener. Hasta esta noche.

​Me encontraba sentado en una mesa alta arrinconada junto a la pared de piedra, medio oculto entre las sombras y con un vaso de cristal grueso entre los dedos. No estaba allí por iniciativa propia; el eco de la discusión con mi hermana Elena y las risas cómplices de Stefan todavía me zumbaban en los oídos. Me habían reprochado mis métodos, mis silencios y esa forma obsesiva y contenida que tenía de vigilar los pasos de la forastera. Pero lo que ellos llamaban exageración no era más que puro instinto de supervivencia para un territorio que no perdonaba debilidades.

​Fue entonces cuando la puerta principal se abrió de golpe, dejando que una ráfaga de aire helado de la montaña se colara en el local. Y con ella, entró Oriana.

​La vi detenerse un instante en el umbral, sacudiéndose los copos de nieve de los hombros, con el abrigo largo oscuro ceñido al cuerpo y esa melena rizada que parecía desafiar la penumbra del lugar. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo: cada músculo se tensó, el aire pareció escasear en mis pulmones y mis ojos se clavaron en ella con una fijeza animal. No pude apartar la mirada ni un solo segundo. La vi buscar entre el gentío hasta que la mano expansiva de Stefan la saludó desde una mesa cercana, guiándola hacia ellos.

​Apreté los dedos alrededor del vaso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron completamente blancos. Verla sentarse allí, compartiendo espacio con mi familia, aceptando una bebida caliente y sonriendo con esa naturalidad que me descolocaba, desató una corriente subterránea de frustración y rabia sorda en mi interior. Ella no pertenecía a este lugar; era una chispa caribeña en medio del hielo eterno de los Balcanes, una presencia magnética que amenazaba con hacer arder todo lo que yo creía tener bajo control.

​Pero lo peor no fue eso. Lo peor llegó apenas unos minutos después, cuando la frágil calma de la escena se rompió por completo.

​A pocos metros de su mesa, apoyado en la barra con una actitud sobrada y una chupa de cuero que ofendía la estética del pueblo, se encontraba Boyan. El muy imbécil llevaba rato acechando como un lobo hambriento. En cuanto vio que ella estaba libre de compañía formal, se armó de valor y cruzó el local con pasos seguros, decidido a marcar territorio.

​Lo vi acercarse a su mesa. Vi cómo se inclinaba con una familiaridad irritante, apoyando la mano en el respaldo del asiento de Oriana, invadiendo su espacio vital con una sonrisa de suficiencia que me dan ganas de romperle los dientes. Escuché su tono ronco y presumido a través del bullicio, presentándose como el hermano menor de Mila, soltando su repertorio barato de seductor de pueblo y ofreciéndose a invitarla a algo mejor.

​El mundo a mi alrededor se ensordeció. El murmullo de los parroquianos, la música balcánica de fondo, el calor de la estufa... todo desapareció, reduciéndose exclusivamente a la imagen de Boyan demasiado cerca de ella y a la forma en que Oriana ladeaba la cabeza, escuchándole con una ligera sonrisa educada que a mí me supo a traición pura.

​Los celos me quemaron las entrañas con una fuerza destructiva y primaria. El alfa que guardaba la montaña rugía en silencio, exigiéndome que me levantara, que cruzara el local, que lo apartara de un solo empujón y le dejara claro a todo el mundo a quién pertenecía el aire que ella respiraba. Apoyé las manos en la mesa, dispuesto a ponerme en pie y arrasar con todo lo que se interpusiera en mi camino.

​Pero antes de que pudiera dar el primer paso, algo cambió en la dinámica de la mesa de enfrente.

​El teléfono móvil de Oriana vibró sobre la superficie de madera. Vi cómo su expresión cambiaba de golpe al mirar la pantalla, cómo el color se le escapaba del rostro y cómo un latigazo de pánico puro le contraía los hombros. Se disculpó con Boyan con un movimiento seco de mano y se levantó a toda prisa, huyendo prácticamente hacia la zona más fría y oscura junto a la entrada para poder contestar.

​La seguí con la mirada, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. A través del barullo, alcancé a verla llevarse el teléfono a la oreja, y en cuestión de segundos, su rostro se descompuso por completo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin que pudiera evitarlo, y su cuerpo entero empezó a temblar con una vulnerabilidad que me desgarró por dentro de una forma que jamás habría admitido.

​Había escuchado retazos de su conversación entre el griterío, lo suficiente para atar cabos: España, su hija pequeña, fiebre alta, urgencias, desesperación absoluta.

​En un instante, toda la rabia irracional, la furia de los celos y el orgullo territorial se evaporaron de mi mente, aplastados por el peso de su dolor. Ya no importaba Boyan, ni el bar, ni las miradas de los curiosos. Solo importaba que la mujer que se había metido bajo mi piel estaba sufriendo a miles de kilómetros de su pequeña, atrapada en un pueblo de montaña a altas horas de la madrugada, sin saber qué hacer ni cómo escapar.

​La vi colgar la llamada con las manos temblorosas, secándose las lágrimas con rabia y dándose media vuelta dispuesta a salir corriendo a la intemperie, a enfrentarse a la ventisca y a la nada con tal de llegar a su hija. Iba a cometer una locura.

​Me levanté de la mesa de un salto, cruzando el local con zancadas largas y firmes, y me interpuse en su camino justo antes de que alcanzara la puerta. Chocó contra mi pecho con un suspiro ahogado, y al levantar el rostro hacia mí, vi el rastro brillante de sus lágrimas y el terror puro en su mirada.




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