No me dio tiempo a dejar que procesara su negativa. Con un movimiento rápido, pasé un brazo por sus hombros para guiarla entre las mesas y la salida del bar, ignorando por completo la cara de desconcierto y los silbidos ahogados de Boyan que quedaron atrás. El frío de la noche búlgara nos golpeó como un latigazo en cuanto cruzamos el umbral, pero el temblor que recorría el cuerpo de Oriana no era por la temperatura, sino por el miedo y la desesperación.
—Sígueme —le ordené con voz firme, sin soltarla hasta llegar al vehículo.
Aparcado en un recodo apartado, oculto bajo una fina capa de escarcha, estaba mi todoterreno: una RAM imponente, preparada con tracción total y lista para enfrentarse a cualquier puerto de montaña en pleno invierno. Desbloqueé las puertas, la ayudé a subir al asiento del copiloto y me aseguré de cerrar bien antes de rodear el capó y ponernos en marcha.
El motor roncó con potencia, un rugido sordo que ahogó el viento exterior. Puse la calefacción al máximo mientras el salpicadero se iluminaba en la penumbra. Oriana estaba encogida en su asiento, con las manos apretadas con tanta fuerza contra el bolso que los nudillos le dolían. Miraba hacia la nada, con los ojos cristalinos y la respiración todavía acelerada.
Salimos de Yahinovo en completo silencio, surcando una carretera secundaria totalmente sepultada bajo la nieve. Los copos caían con furia contra el parabrisas, pero la potencia del vehículo abría camino con solidez. Durante los primeros kilómetros, el único sonido en el habitáculo fue el zumbido constante del motor y el crujir rítmico de la nieve bajo las ruedas.
Yo no apartaba la vista de la pista blanca iluminada por los faros, pero podía sentir su desesperación pesando en el aire. Sabía que tenía que romper esa barrera.
Apreté el volante antes de hablar, intentando suavizar el tono áspero que solía caracterizarme.
—¿Cómo se llama la niña? —pregunté de repente, sin mirarla, manteniendo la vista fija en el asfalto helado.
Oriana parpadeó un par de veces, sobresaltada por la pregunta, como si hubiera estado a miles de kilómetros en su cabeza. Giró levemente el rostro hacia mí, con la sorpresa reflejada en los ojos oscuros.
—Nikol —respondió con un hilo de voz, apenas audible por encima de la calefacción—. Tiene cinco años.
—Nikol —repetí el nombre en baja voz, saboreándolo—. Va a estar bien, Oriana. Te aseguro que vamos a llegar a tiempo.
Ella tragó saliva, y en un tono más calmado pero firme, me miró con fijeza.
—Perdona lo de antes en el bar... por cómo me puse, y por la forma en que salí huyendo. No quería armar ningún espectáculo delante de tu familia, ni...
—No tienes que disculparte por nada —la corté de inmediato, negando con la cabeza—. Hiciste lo que tenías que hacer cuando se trata de tu hija.
Quería decirle más. Quería confesarle que mi reacción no había sido solo por la urgencia de la situación, sino porque verla sufrir me destrozaba por dentro. Pero tragué saliva y me guardé las palabras; aún no era el momento de admitir hasta qué punto se me había metido bajo la piel.
El viaje hasta el aeropuerto de Sofía fue una prueba de resistencia en medio de la ventisca, pero el vehículo cumplió de sobra. Cuando aparqué en la zona de salidas, la urgencia se apoderó de nuevo de nosotros. Mientras caminábamos deprisa hacia la terminal, saqué el teléfono y, utilizando mis contactos y la tarjeta corporativa, le compré un billete directo hacia España en el primer vuelo disponible de madrugada.
Una vez dentro de la terminal, con las luces blancas y el bullicio de los viajeros a esas horas, me di cuenta de que ella iba apenas con el abrigo puesto y la ropa ligera del bar.
—Espera aquí un segundo —le pedí.
Fui directo a una de las tiendas abiertas del aeropuerto. Compré una manta gruesa de viaje para que se abrigara en el avión, un par de cafés calientes y algo de comida rápida para que al menos pudiera calmar el estómago antes de embarcar. De paso, en una tienda de regalos cercana, mis ojos se detuvieron en un pequeño estante. Entre llaveros y recuerdos, había un osito de peluche suave. Lo cogí sin pensarlo y volví junto a ella.
Le tendí el café, la comida y la manta, y cuando vio el pequeño peluche que le extendía con torpeza, los ojos de Oriana se volvieron a anegar en lágrimas, pero esta vez de una silenciosa gratitud.
—Para Nikol —le dije con voz ronca, esquivando su mirada—. Para que se lo des cuando la veas.
El vuelo despegó hacia la península ibérica. Durante las horas de trayecto, el silencio entre nosotros cambió; ya no era un muro de hielo, sino una tregua frágil y compartida. Aterrizamos en España de mañana, con el cansancio pesándonos en los huesos pero con la adrenalina aún disparada.
Mientras cruzábamos la terminal de llegada en Madrid, saqué el móvil y llamé a un viejo conocido, un amigo búlgaro que vivía desde hacía años en la capital y que solía echarme una mano:
—Nikolay, necesito que me hagas un favor. Sácame un coche de alquiler ahora mismo en el aparcamiento y ven a buscarme a la puerta de llegadas —le ordené en búlgaro.
—Da, jefe, voy para allá —respondió él al otro lado de la línea.
Cuando nos montamos en el coche que Nikola nos había preparado, Oriana me dio finalmente la dirección exacta: una zona residencial en Parla, en el sur de Madrid. El trayecto por la autovía fue rápido, pero los nervios de ella iban en aumento a cada kilómetro.
Aparcamos frente al edificio. Subimos corriendo por las escaleras hasta la puerta de su piso y ella metió las llaves con las manos temblando. Al abrir, la casa estaba vacía y silenciosa.
Oriana recorrió las habitaciones llamando a su madre, pero no había nadie. El pánico volvió a amenazar con quebrarla hasta que vio un post-it pegado en la nevera con la letra de su madre: "Hija, la fiebre no bajaba y le costaba respirar. Nos hemos ido de urgencias al Hospital Infanta Cristina. Ven en cuanto llegues".