Bajo la niebla de Rila

Capítulo 22: Un nuevo rumbo bajo la nieve

La noche anterior, cuando por fin conseguí acostar a Nikol en su cama y me acurruqué a su lado, abrazándola con fuerza, el alma me tembló de puro terror. Verla pálida y conectada a suero en el hospital me había hecho consciente de lo frágil que era la vida, de lo cerca que había estado de perderla y del vacío insoportable que se habría quedado instalado en mi pecho para siempre. Estar en aquella casa de Parla, rodeada de recuerdos que ya no me pertenecían, me confirmó lo que mi corazón llevaba tiempo intentando decirme: mi hogar ya no estaba allí.

​A la mañana siguiente, mientras el aroma a arepas fritas, carne mechada y caraotas negras inundaba la cocina, aproveché que Nikol seguía entretenida con su osito de peluche para hablar a solas con mi madre mientras dábamos los últimos toques al desayuno.

​—Mamá, estuve pensando toda la noche —le dije en un susurro firme, mientras volteaba las arepas en la sartén—. No podemos seguir aquí. Este piso ya está muerto para nosotras. Quiero que os vengáis conmigo a Bulgaria.

​Mi madre se detuvo con el cucharón en la mano, mirándome con los ojos muy abiertos, sorprendida por la rotundidad de mis palabras.

​—¿A Bulgaria, hija? Pero si apenas conocemos aquello, el idioma del colegio de la niña, la adaptación, el invierno... —empezó a objetar, aunque el brillo en su mirada delataba que la idea no le disgustaba del todo y que el miedo a que volviéramos a pasar por otro susto médico en solitario pesaba mucho más.

​—Ya resolveremos lo del idioma y lo del colegio, te lo prometo. Podemos estar las tres juntas en mi cabaña un par de meses mientras buscamos algo mejor en el pueblo o en los alrededores, una casa más moderna, con buena calefacción y espacio para todas —le corté con una sonrisa llena de esperanza, tomando sus manos arrugadas—. La decisión ya está tomada. En cuanto Damián despierte, compramos los billetes de avión... porque ustedes y yo nos volvemos con él al norte.

​Mi madre exhaló un suspiro profundo, asintió con la cabeza y me dio un abrazo apretado que me supo a bendición. No había tiempo que perder.

​Poco después, cuando Damián salió de la habitación tras su ducha y nos sentamos todos a la mesa en torno al humeante desayuno tradicional, tanto mi madre como yo nos encargamos de explicarle con paciencia y alguna que otra broma en qué consistía aquella maravilla caribeña. Él probó la arepa con la carne mechada y el queso amarillo, con esa expresión seria e imponente que de repente se suavizó al descubrir unos sabores tan radicalmente opuestos al frío de los Balcanes.

​Terminado el desayuno, saqué el ordenador portátil del bolso para poner en marcha la mudanza. Damián se acercó por detrás, apoyando una mano firme en el respaldo de mi silla mientras mirábamos la pantalla.

​—¿Estás completamente segura de esto, Oriana? —me preguntó en voz baja, con un matiz de profunda intensidad en su tono, buscando mis ojos con fijeza—. Implica arrancar a tu familia de raíz, sacar a la niña de su entorno y llevarlas a un terreno difícil, a un invierno alpino que no perdona.

​—Lo estoy —le respondí con firmeza, girando levemente el rostro para sostener su mirada ámbar—. Ya no tengo nada que me ate aquí. El pasado se quedó atrás en cuanto vi a mi hija en esa camilla de hospital. Saca los billetes para las tres. Mi madre y Nikol se vienen con nosotros, ya buscaremos la manera de adaptarnos.

​Damián asintió despacio, con un brillo de aprobación y alivio cruzando sus facciones duras, comprendiendo el peso de mi decisión. Con su tarjeta procedió a reservar los vuelos de regreso.

​A partir de ahí, la casa se convirtió en un torbellino de actividad. Las horas siguientes pasaron en una carrera frenética contra el reloj: vaciar armarios, doblar ropa de invierno y verano, meter juguetes en las maletas y organizar todo lo indispensable para mudar nuestras vidas a miles de kilómetros. Antes de cerrar las cajas del dormitorio principal, me detuve un instante frente a la mesilla de noche, recorriendo con la yema de los dedos el marco de una vieja fotografía. Sentí un nudo en la garganta, pero esta vez no hubo lágrimas, solo una silenciosa aceptación. El ciclo había terminado.

​Por la tarde, antes de rematar los últimos bultos, recibí la visita de Eva, una buena amiga de toda la vida a la que le solía contar mis penas y alegrías. En cuanto le abrí la puerta y le solté la noticia bomba de que nos mudábamos definitivamente a las montañas de Bulgaria, se quedó ojiplática, llevándose las manos a la boca. Tras el shock inicial, me abrazó con fuerza entre lágrimas de emoción y risas nerviosas, ayudándome a encintar las últimas cajas.

​Para despejar un poco la cabeza antes del trajín del viaje, decidimos salir a dar un paseo rápido con Nikol al parque de abajo, aprovechando la suave tarde de otoño en Parla mientras Eva nos acompañaba.

​—Tía, ¿estás segura de lo que haces? Te vas a la otra punta de Europa, a un pueblo perdido en la nieve, ¡y todo porque un búlgaro imponente y de pocas palabras te ha cruzado media Europa en coche! —exclamó Eva con esa sinceridad aplastante que siempre la había caracterizado, mientras veíamos a Nikol correr alegremente empujando el columpio con su osito bajo el brazo.

​Me reí levemente, negando con la cabeza mientras exhalaba el aire fresco de la tarde.

​—Oye, no te adelantes ni pienses cosas que no son, Eva. Entre Damián y yo no ha pasado nada formal, ¿eh? Es solo que... bueno, me salvó la vida cuando más lo necesitaba y no se despegó de mí en toda la emergencia. Pero sí, reconozco que suena a locura total —admití, encogiéndome de hombros—. Desde lo de Nikol en el hospital, algo se rompió dentro de mí. Este piso me ahoga, los fantasmas del pasado pesan demasiado y en Bulgaria, por primera vez en mucho tiempo, sentí que respiraba de verdad.

​Eva me miró con fijeza, con una pícara sonrisa en los labios mientras arqueaba una ceja.

​—Ah, ¿que no ha pasado nada todavía? Bueno, al menos veo que te devuelve las ganas de sonreír y de volar, y eso ya es mucho decir. Ve a por todas, amiga. Eso sí, como alguien te haga daño o las cosas salgan mal, cojo un primer vuelo a Sofía y le planto cara al mismísimo guardián de la montaña —bromeó ella guiñándome un ojo, haciéndome soltar una carcajada sincera.




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