El eco de las últimas cajas cerrándose con cinta adhesiva resonaba en el silencio del piso de Parla. Las horas previas al viaje se habían consumido en una carrera frenética donde cada objeto guardado parecía simbolizar el cierre definitivo de una etapa y el comienzo de otra completamente insólita para mí.
Esa misma noche, cuando el bullicio de la mudanza amainó y la pequeña Nikol y Marlen se retiraron a descansar, me quedé a solas con Oriana en la cocina tenuemente iluminada. El contraste entre la calidez de este hogar español y la crudeza de mis montañas en los Balcanes pesaba en el ambiente. Me acerqué a la mesa donde ella estaba terminando de revisar unos papeles de viaje, apoyando una mano en el respaldo de madera.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Oriana? —le pregunté en voz baja, con un tono denso y protector que apenas lograba contener la intensidad de lo que sentía—. Implica arrancar a tu familia de raíz, sacar a la niña de su entorno y llevarlas a un terreno difícil, a un invierno alpino que no perdona a los imprudentes.
Ella levantó la vista, sosteniendo mi mirada ámbar con esa firmeza indomable que siempre me había descolocado.
—Lo estoy, Damián —respondió con voz clara, sin vacilar un solo segundo—. Ya no tengo nada que me ate aquí. El pasado se quedó atrás en cuanto vi a mi hija en esa camilla de hospital. Marlen y Nikol se vienen conmigo, y buscaremos la manera de adaptarnos.
No insistí más. Su determinación era absoluta, y yo estaba dispuesto a ser el escudo que necesitaban en ese nuevo territorio.
Al día siguiente, tras organizar los últimos detalles, salimos hacia el aeropuerto de Madrid. No tuve que llamar a nadie de fuera para gestionar el caos logístico; mientras nos desplazábamos, contacté directamente con Emo —mi hombre de confianza y amigo en la montaña—, dejándole atado que se encargara de coordinar a distancia la recogida de las maletas y cajas sobrantes que se quedaban en el piso de Parla, organizando su envío posterior por paquetería internacional directamente hacia nuestra zona en Rila.
El vuelo transcurrió entre la tensión del despegue y el cansancio acumulado. Durante las horas de trayecto, observaba de reojo cómo Oriana intentaba mantener entretenida a Nikol, mientras Marlen miraba por la ventanilla el vasto territorio que dejaban atrás. Yo me mantuve en mi sitio, vigilante, amortiguando cualquier incomodidad con la discreción que dictaba mi naturaleza.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Sofía, el cambio térmico fue inmediato. Un viento gélido y cortante nos sopló en la cara en cuanto pusimos un pie en la pista exterior. El cielo plomizo amenazaba con descargar una nueva nevada sobre la capital. Sin perder ni un minuto, caminé con paso firme hacia el aparcamiento subterráneo donde tenía guardado mi todoterreno, la imponente RAM perfectamente equipada para el temporal.
—Subid las dos atrás, Marlen, que tenéis espacio de sobra y la calefacción ya está al máximo para la niña —les indiqué mientras abría las puertas traseras del vehículo.
Marlen se acomodó con la pequeña Nikol, que venía medio dormida y aferrada a su osito de peluche, mientras Oriana abría la puerta del copiloto y se sentaba a mi lado. Antes de arrancar, saqué el teléfono y marqué un número rápido, hablando en un susurro firme en búlgaro:
—Stefan, soy yo. Necesito que vayas ahora mismo a la casa de Oriana y enciendas la chimenea. Deja leña preparada; van a llegar heladas.
—Tranquilo, cuñado, ya voy para allá y te dejo aquello como un horno —respondió Stefan al otro lado con su característico tono socarrón antes de colgar.
El camino de regreso hacia Yahinovo fue una prueba de resistencia contra los elementos. A medida que abandonábamos las autopistas y nos adentrábamos en las sinuosas carreteras secundarias que ascendían hacia las laderas de Rila, la nieve empezó a acumularse con fuerza sobre el asfalto. Las ruedas pesadas de la RAM abrían surcos profundos en la capa blanca, guiadas por los potentes faros antiniebla que perforaban la ventisca.
—¿Estás bien, Oriana? El viaje ha sido largo y la ventisca no nos lo está poniendo fácil —le pregunté de repente, rompiendo el silencio mientras mantenía las dos manos firmes sobre el volante.
Ella desvió la mirada de la tormenta exterior y se giró hacia mí, esbozando una sonrisa cansada pero sincera.
—Sí, estoy bien... Solo un poco abrumada por el cambio, pero el miedo de Madrid ya se quedó atrás. Gracias por todo, Damián. Si no llega a ser por ti, no sé qué habría sido de nosotras.
Me guardé la respuesta que me quemaba en la garganta —que habría cruzado el infierno entero antes de dejarla sola—, limitándome a apretar ligeramente la mandíbula y devolverle la mirada con intensidad.
Cuando por fin el vehículo se detuvo frente a la casa de Oriana en el pueblo, envuelta en un manto espeso de nieve virgen, el contraste con el exterior era evidente. Apagué el motor y el silencio de la montaña nos envolvió.
Ayudé a Marlen y a Nikol a bajar con cuidado, abrigándolas contra el frío polar. Mientras tanto, Oriana se quedó de piedra frente a la puerta de su casa, viendo cómo yo sacaba un manojo de llaves del bolsillo y abría la cerradura con total soltura.
—¿Cómo... cómo tienes las llaves de mi casa? —preguntó Oriana, parpadeando con los ojos muy abiertos por la sorpresa, mientras el vapor de su aliento se condensaba en el aire frío.
—Llamé a Stefan antes de salir de Sofía para que se adelantará a encender la chimenea —le expliqué con voz suave, empujando la puerta para abrirla del todo—. Lo que no sabías es que esta casa pertenece a mi familia... Stefan es mi cuñado.
Un golpe de aire cálido y reconfortante, impregnado a madera de pino quemada y hogar encendido, brotó del interior del recibidor, envolviéndonos por completo. Marlen soltó un suspiro de alivio al cruzar el umbral con la niña en brazos.