Bajo la niebla de Rila

Capítulo 24: Las sombras

El calor de la chimenea que Stefan había dejado encendida tardó un buen rato en disipar por completo el frío húmedo que se había aferrado a las paredes de la casa. Afuera, la ventisca de la noche búlgara aullaba contra los cristales con una fuerza furiosa y desatada, como si la misma montaña intentara recordarnos que éramos intrusas en un territorio áspero que no perdonaba la debilidad ni los pasos en falso.

Mientras ayudaba a Nikol a ponerse el pijama térmico en la habitación principal, comprobé que la pequeña respiraba con absoluta tranquilidad, ajena por completo al vértigo que a mí me comprimía el pecho. Las tres maletas seguían medio abiertas junto a la puerta, y el contraste entre el bullicio de Parla y aquel silencio sepulcral de los Balcanes era abrumador.

—Mamá, ven un momento —le pedí en un susurro a Marlen, que estaba terminando de acomodar las mantas en la cama grande.

Sin mediar palabra, y con un entendimiento tácito que solo los años de complicidad nos daban, decidimos que esa第一 noche no íbamos a dormir en habitaciones separadas. Juntamos las almohadas, acomodamos a Nikol en el centro y nos metimos las tres bajo el mismo edredón grueso, buscando el calor humano y la seguridad de estar juntas frente a la inmensidad de la noche nevada. Pero el sueño tardaba en llegar. La oscuridad del techo de madera parecía cobrar vida propia con cada crujido del viento.

—No me gusta esto, Oriana —rompió el silencio Marlen con voz ronca, mirando fijamente hacia las sombras de la habitación—. No me gusta nada de lo que hay detrás de la fachada de ese hombre.

Me giré sobre el colchón, apoyando la cabeza en la mano para examinar el rostro de mi madre a la luz tenue que filtraba la chimenea desde el pasillo.

—Mamá, ya lo hablamos. Damián nos ha salvado la vida. Sin él, ahora mismo estaríamos atrapadas en un bucle de recuerdos tristes en España... o peor aún, el susto de Nikol habría terminado en tragedia. ¿Por qué sigues empeñada en ver fantasmas donde solo hay un hombre agradecido y protector?

Marlen exhaló un suspiro denso, un sonido cargado de un peso milenario que me hizo encoger los hombros.

—Tú sigues mirándolo con los ojos de una mujer moderna que cree que todo se explica con la lógica y la bondad, hija mía. Pero yo he vivido lo suficiente en lugares donde la civilización moderna es solo una capa delgada de pintura sobre la roca. Damián no es solo un tipo rudo de montaña. Lo que ese hombre despierta, lo que su presencia impone... no es normal. Yo creo firmemente que Damián guarda en su sangre algo salvaje, una estirpe antigua de hombres que no responden a las leyes de los hombres comunes, sino a las de la tierra y la sangre. Es un depredador acurrucado bajo una apariencia humana, y cuando un ser así fija su instinto en alguien, no lo hace por caridad... lo hace para reclamarlo.

Sus palabras cayeron como gotas de plomo fundido sobre mis pensamientos. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la ventana.

—Mamá, por favor, estás exagerando. Estás hablando de leyendas de pueblo, de mitos de abuelas asustadas —repliqué con firmeza, aunque mi propia voz tembló ligeramente al recordar la mirada dorada y fija de Damián, la fuerza brutal con la que se movía entre la nieve y cómo el pueblo entero le guardaba silencio y respeto—. Él ha sido respetuoso con nosotras en todo momento.

—Por ahora —sentenció mi madre con gravedad, cerrando los ojos—. Porque nosotras somos su terreno seguro, su capricho o su debilidad temporal. Pero dime, hija... ¿qué pasará cuando sus enemigos o los hombres oscuros de este valle se den cuenta de que tú te has metido bajo su piel? Te utilizarán para quebrarlo. Y un alfa herido o arrastrado a la furia destruirá todo lo que encuentre a su paso, incluyéndote a ti y a la niña.

Me quedé en absoluto silencio, mirando fijamente la oscuridad del techo. Aunque intenté apartar esas ideas absurdas de mi mente con un movimiento de cabeza, la advertencia de mi madre se quedó instalada en un rincón oscuro de mi cerebro, resonando una y otra vez con eco metálico. ¿Y si tenía razón? ¿Y si este refugio no era más que la antesala de una tormenta mucho mayor?

A la mañana siguiente, los rayos pálidos del sol de invierno luchaban por abrirse paso entre las nubes cargadas de nieve. El frío de la madrugada se había pegado a los cristales en forma de preciosos cristales de hielo. Tras preparar un café rápido y desayunar con calma junto a Nikol —que ya jugaba alegremente con su osito en la alfombra—, supe que no podíamos perder ni un solo segundo. Teníamos que trazar nuestro propio camino y dejar de depender de la familia de Damián.

—Mamá, hoy mismo nos movemos —le anuncié con determinación mientras me abrochaba el abrigo—. No podemos seguir viviendo en la casa de su cuñado Stefan. Nos pone demasiado en el centro de las miradas.

—¿Y qué piensas hacer? No conoces tanto el pueblo como para buscar casa así como así —respondió ella con cautela desde la cocina.

—Sí que sé por dónde empezar. Yo recuerdo perfectamente dónde vive Mila, la vecina amable que vino a saludarme con la tarta el primer día —le contesté con seguridad, recordando las indicaciones y la zona donde se encontraba su casa—. Iremos a verla directamente para preguntarle por casas en alquiler o en venta aquí en el pueblo. Y de paso, nos acercaremos al colegio público del municipio para informarnos sobre las matrículas de Nikol y los plazos. Necesitamos nuestra independencia, cueste lo que cueste.

Marlen me miró durante unos segundos, evaluando mi determinación, y finalmente esbozó una media sonrisa de orgullo, asintiendo con la cabeza.

—Bien. Haz lo que tengas que hacer, hija. Pero mantén los ojos bien abiertos.

Justo en ese preciso instante, antes de que pudiera coger las llaves y ponerme en marcha, un par de golpes secos y firmes resonaron en la puerta principal de madera. Al abrirla, me encontré con la imponente figura de Damián, con los hombros cubiertos de una fina capa de nieve fresca y la mirada fija en mí, como si hubiera aparecido justo a tiempo para interceptar nuestros planes.




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