El frío de la mañana se coló de golpe en el recibidor cuando abrí la puerta. Allí estaba Damián, con los hombros anchos cubiertos de una fina capa de nieve polvo y la mandíbula tensa, sosteniendo mi mirada con esa intensidad dorada que siempre parecía descolocar mis latidos. Su sola presencia llenaba el espacio, recordándome de inmediato la advertencia que mi madre me había susurrado la noche anterior sobre los peligros de encender a un alfa de la montaña.
—¿A dónde ibais tan temprano y tan abrigadas? —preguntó su voz ronca, grave, con un matiz de sospecha que no intentaba disimular en absoluto.
Antes de que pudiera inventar cualquier excusa para disimular nuestros planes de huida, Marlen se asomó por el pasillo con los brazos cruzados, observándole con un recelo evidente. Pero fue la pequeña Nikol la que rompió el hielo, corriendo hacia él con su osito de peluche en la mano y tirándole del borde de la chaqueta.
—¡Hola, Damián! Íbamos de paseo con mamá y la abuela —dijo la niña con total inocencia, regalándole una sonrisa que hizo que la expresión imponente del búlgaro se suavizara de inmediato, arrodillándose un segundo para saludarla con un gesto torpe pero afectuoso.
Me aclaré la garganta, sintiendo que ya no tenía sentido mentirle. Lo miré fijamente a los ojos, incorporando toda la firmeza que pude reunir.
—No íbamos de simple paseo, Damián. Íbamos a buscar a Mila —le solté sin rodeos, viendo cómo sus facciones se endurecían al instante—. Necesitamos buscar una casa propia, ya sea en alquiler o en venta. No podemos seguir indefinidamente en la casa de tu cuñado Stefan. Necesitamos nuestro propio espacio e independencia.
Damián se puso de pie lentamente, con una lentitud felina y peligrosa, y clavó sus ojos ámbar en los míos con una fijeza que me cortó la respiración. Un destello oscuro cruzó su mirada; la idea de que nos marcháramos de su órbita de protección claramente no le hacía ninguna gracia, pero su orgullo le impedía prohibírnoslo de frente.
—Mila vive al otro extremo del pueblo, junto al viejo molino. Con este temporal de nieve los caminos secundarios están impracticables a pie —respondió él con voz neutra, aunque su mandíbula seguía marcada—. Si insistís en ir, os llevaré yo en el todoterreno. No voy a dejar que crucéis el pueblo solas con la niña en medio del hielo.
Intenté replicar que podíamos apañarnos solas, pero la mirada de mi madre, fija en mi nuca, y el frío exterior me obligaron a tragarme las palabras. No tenía sentido discutir con un muro de piedra. Así que, con un suspiro de resignación, cogí de la mano a Nikol, mi madre cerró el abrigo y las tres subimos a la imponente RAM de Damián.
El trayecto por las calles nevadas de Yahinovo fue un silencio tenso. Cuando aparcamos frente a la casa de tablones de madera de Mila, la puerta se abrió casi al instante al escuchar el motor. Mila salió con una gran sonrisa de bienvenida, acompañada por Boyan —aquel mismo tipo de mirada altiva y provocadora que días atrás en el bar del pueblo no me había quitado los ojos de encima, consiguiendo que la vena del cuello de Damián se pusiera a latir con furia contenida—.
—¡Oriana! ¡Qué alegría veros por aquí con este tiempo! —exclamó Mila con calidez, abriendo los brazos—. Pasad, pasad rápido antes de que os congeléis. ¡Andá, y hola a la pequeña!
Boyan se adelantó, apoyándose perezosamente en el marco de la puerta, y me dedicó una sonrisa ladeada y demasiado cercana al ayudarnos a cruzar la entrada.
—Vaya, parece que el invierno nos trae visitas muy interesantes a las puertas de casa —dijo Boyan con un tono socarrón y deliberadamente coqueto, alargando la mano para saludarme de una forma más íntima de lo estrictamente necesario—. Bienvenida de nuevo al pueblo, Oriana. Me alegro de que hayas decidido dejarte ver más por aquí.
Apenas pronunció esas palabras, sentí un cambio drástico en la atmósfera. A través del parabrisas de la RAM, que seguía con el motor encendido, vi cómo los ojos de Damián, desde el asiento del conductor, se fijaban en Boyan con una oscuridad tan absoluta y asesina que parecía que iba a reventar el volante de cuajo. Su mandíbula crujió y sus manos se apretaron con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron completamente blancos. Los celos territoriales del alfa estaban a flor de piel, vibrando en el habitáculo como una carga de profundidad a punto de detonar.
Mila, dándose cuenta al instante de la tensión asfixiante que se había instalado en el aire entre el energúmeno de Boyan y el guardián aparcado fuera, carraspeó con incomodidad y nos invitó a pasar rápidamente al calor del salón.
—Venid, sentaos junto a la estufa de leña. Os prepararé un té caliente con miel mientras me contáis qué os trae por aquí con este temporal —dijo Mila, intentando desviar la atención.
Una vez instaladas en el salón, con Nikol entretenida dibujando con unos rotuladores que le prestó Mila y mi madre observando todo con ojo clínico y silencioso, expuse el verdadero motivo de nuestra visita.
—Mila, necesitamos encontrar una casa por la zona —le dije con sinceridad, cruzando las manos sobre la falda—. Algo en alquiler o en venta, que esté en buenas condiciones, con calefacción moderna y espacio para las tres. Queremos instalarnos por nuestra cuenta.
Mila abrió los ojos con sorpresa y empezó a repasar mentalmente las opciones del municipio. Pero antes de que pudiera responder, Boyan se acercó con una bandeja con tazas humeantes, apoyándose de forma descarada en el respaldo de mi silla y rozando disimuladamente mi hombro con la manga de su chaqueta.
—¿Una casa propia? Vaya, eso es un paso muy atrevido en un pueblo tan cerrado como este... Pero quizás yo conozca un par de propiedades que encajan exactamente con lo que buscas, preciosa. Si quieres, esta tarde podemos quedar a solas y te enseño un par de sitios sin compromiso —susurró él con una sonrisa provocativa, guiñándome un ojo de forma sutil.