Bajo la niebla de Rila

Capítulo 27: Fuego bajo la nieve

El trayecto de regreso a la casa de Stefan fue un ejercicio de respiración contenida. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra dentro de la RAM. Damián conducía con los nudillos blancos, con los ojos fijos en la carretera cubierta de escarcha, mientras mi madre, en silencio en el asiento trasero, intentaba calmar a Nikol con un cuento susurrado. En cuanto el todoterreno se detuvo frente al porche, Damián aparcó con brusquedad, apagó el motor y bajó de inmediato para abrirnos la puerta.

Ayudó a bajar a Marlen y a la niña con una eficiencia fría, pero en cuanto ambas cruzaron el umbral de la casa y cerraron la puerta tras de sí, su mano grande y pesada se cerró con firmeza alrededor de mi muñeca antes de que pudiera dar un paso hacia el interior.

—Tú y yo no hemos terminado de hablar, Oriana —su voz sonó ronca, vibrando con una autoridad implacable que me recorrió la columna vertebral.

—Suéltame, Damián —le reté, intentando liberar mi brazo, aunque su agarre era tan sólido como una abrazadera de acero—. No tengo nada más que hablar contigo. Has montado un número innecesario enfrente de Mila y de ese tipo solo porque no soportas que alguien más me hable.

—¿Creías que iba a quedarme cruzado de brazos viendo cómo un buitre como Boyan se te acercaba con intenciones de cazador? —gruñó él, bajando la cabeza hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro, con los ojos ámbar brillando con furia contenida en la penumbra del porche—. Ven conmigo. Ahora.

Sin esperar mi respuesta, tiró suavemente de mí, apartándonos de la casa y adentrándonos por un sendero estrecho que se internaba directamente en el espeso bosque de abetos de la montaña. La nieve virgen nos llegaba casi a los tobillos, y el aire helado de Rila nos golpeaba la cara como miles de agujas invisibles, pero la temperatura entre nosotros era completamente opuesta.

—¿A dónde me llevas? ¡Estás loco, nos estamos metiendo en el monte con este temporal! —protesté, tropezando con una raíz oculta bajo la capa blanca, obligándole a sujetarme por la cintura para evitar que cayera.

Al contacto de sus manos firmes sobre mi abrigo, un calor extraño, repentino y febril me brotó desde el centro del pecho, irradiándose por todo el cuerpo como una quemadura sutil. Me solté de su agarre con un movimiento brusco, deteniéndome en medio de un claro rodeado de pinos centenarios colgados de nieve.

—¡Basta ya, Damián! —le grité, enfrentándome a él con el pecho agitado, con la respiración convirtiéndose en nubes de vapor en el aire helado—. ¿Qué te pasa? ¿Te crees mi dueño? Vine a este país buscando libertad para mi hija y para mí, para empezar de cero, no para que un guardián de la montaña me dicte con quién puedo hablar o a dónde puedo mudarme. ¡No necesito que me salves de todo el mundo!

Damián se detuvo en seco. Su respiración se volvió pesada, ruda. Sus hombros anchos se tensaron bajo la chaqueta de cuero y dio un paso hacia mí, un movimiento tan imponente y depredador que hizo que mi espalda chocara metafóricamente contra el muro invisible de su presencia.

—No te confundas, Oriana —su voz resonó con un gruñido profundo, primitivo, que parecía brotar de la misma tierra congelada—. No intento encerrarte. Intento mantenerte viva. No conoces este valle, no sabes lo que se mueve entre las sombras de estas montañas, y mucho menos sabes lo que pasa por la cabeza de un tipo como Boyan. Cuando te vi tan cerca de él, sentí algo... algo que no sé controlar. Un fuego que me quema por dentro y que me arrastra a destruir a cualquiera que ose tocar lo que ya he marcado como mío.

Sus palabras cayeron sobre el claro del bosque como un trueno sordo. Sentí que el aire me faltaba, no por el frío polar de los abetos, sino por la intensidad abrasadora que emanaba de su cuerpo. Una especie de electricidad invisible, un calor denso y desconocido, empezó a concentrarse en la palma de mis manos y en la boca del estómago, respondiendo a su proximidad de una forma que desafiaba toda lógica. Era como si mi propia piel se rebelara contra el hielo, encendiéndose con una chispa salvaje que se negaba a apagarse.

—Yo no soy de nadie, Damián —susurré, con la voz temblando ligeramente, sintiendo que ese misterioso poder interior amenazaba con desbordarse si me acercaba un segundo más—. No pertenezco a esta montaña...

—Pues vas a tener que aprender a convivir con ello —interrumpió él con voz áspera, cerrando la distancia que nos separaba de un solo movimiento rápido, atrapando mi nuca con su mano caliente y acercándome a su boca—. Porque desde el primer instante en que pusiste un pie en este maldito pueblo, mi instinto te reconoció... y ya no hay vuelta atrás.

El roce de sus labios fue una chispa que prendió un polvorín. El frío glacial de los abetos de Rila pareció evaporarse al instante, devorado por una ola de calor denso, febril y casi magnética que se expandió desde el centro de mi pecho hasta la última terminación nerviosa de mi cuerpo. Respondí a su beso con una intensidad ciega, aferrándome a las solapas de su chaqueta como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Y entonces ocurrió algo extraño. El calor que sentía en las manos no era solo el producto de la adrenalina o la cercanía de su cuerpo; era una energía extraña, una especie de electricidad caliente y punzante que brotaba de mi propia piel, haciendo que la nieve a nuestro alrededor chisporroteara levemente al fundirse en diminutas gotas de vapor al contacto con el aire. Damián se apartó un segundo, respirando con dificultad, con los ojos dorados muy abiertos por la sorpresa, como si hubiera sentido esa misma descarga en su propia carne.

—Oriana... —murmuró su voz, ronca y rota, a pocos milímetros de mis labios, con el instinto protector y salvaje latiendo a flor de piel—. ¿Qué demonios...?

Antes de que pudiera procesar lo que acababa de pasar entre nosotros, un sonido seco rompió el silencio sepulcral del bosque. Crujidos violentos de ramas rotas y pisadas apresuradas sobre la nieve fresca resonaron a lo lejos, acercándose a toda velocidad hacia nuestro claro.




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