El rugido del motor de la RAM de Damián se fue apagando lentamente, devorado por la ventisca y la inmensidad de los abetos de Rila, llevándose consigo la única barrera real que contenía el caos que se avecinaba sobre nosotros. Me quedé inmóvil en el porche, con los dedos de la mano derecha todavía ardiendo con una extraña electricidad punzante, un latido febril y denso que se negaba a desaparecer por mucho que el aire helado de la montaña me golpeara de lleno.
Aún sentía el eco del beso en los labios y el rastro de un calor imposible que había brotado de mi propia carne en medio del bosque. Con el corazón latiéndome desbocado, como un pájaro encerrado en una jaula, bajé la mirada hacia mi palma y pasé las yemas de los dedos por el borde de la barandilla de madera congelada. El impacto fue inmediato y aterrador: la madera crujió con un sonido seco, y en menos de un segundo, una línea perfecta de escarcha se derritió al instante, brotando un hilo de vapor caliente de la superficie que fundió el hielo circundante como si tuviera fuego líquido fluyendo por las venas. La madera desprendió un tenue olor a resina quemada, y mi respiración se cortó al ver lo que mis propias manos acababan de hacer.
—Oriana... entra ahora mismo en la casa. ¡Ya! —la voz de mi madre me sacó del trance de golpe, sonando quebrada y con un matiz de pavor absoluto que jamás le había escuchado en todos los años de mi vida.
Me volví hacia la puerta con el alma encogida. Marlen estaba de pie en el umbral, con los nudillos blancos de tanto apretar el marco de madera y los ojos fijos en mi mano todavía humeante, reflejando un terror que iba mucho más allá de una simple ventisca invernal.
—Ya no puedes seguir ocultándolo, hija mía —susurró mi madre con una gravedad desgarradora, dando un paso hacia mí y agarrándome del brazo con una fuerza desesperada, como si temiera que el suelo fuera a tragarme—. La montaña te ha reconocido... y ahora la sangre que corre por tus venas es la misma que alimenta las leyendas oscuras de estos valles. No eres una forastera cualquiera que viene a pasar el invierno, y por eso Damián no puede soltarte, por eso te persigue su instinto. Esa energía que tienes dentro está despertando, y los de fuera lo saben.
—Mamá, yo no entiendo qué me pasa... Siento que me quemo por dentro, que si me concentro un segundo más voy a perder el control —alcancé a decir, sintiendo un vértigo helado que superaba con creces los grados bajo cero del exterior.
Antes de que Marlen pudiera responder, un grito ahogado desde el salón nos paralizó. La pequeña Nikol, que había estado mirando por la ventana jugando con su osito de peluche, retrocedió tambaleándose, asustada por el ruido metálico que acababa de desgarrar la tranquilidad del atardecer. Corrí hacia ella, envolviéndola enmis brazos y pegándola a mi pecho mientras mi madre cerraba la puerta principal de un portazo y echaba los pestillos.
No fue el crujir de la nieve bajo las botas de un vecino curioso. Fue el sonido sincronizado de varios todoterrenos pesados deteniéndose de golpe, alineados en fila india justo frente a nuestro porche, bloqueando la única salida del camino forestal. A través de la cortina visillo de la ventana, lo que vi me cortó la respiración de cuajo: las puertas de los vehículos se abrieron con brusquedad y una decena de hombres armados, embozados con pasamontañas oscuros y chaquetas tácticas de la banda de los Balcanes del Oeste, descendieron con paso firme y marcial, tomando posiciones estratégicas alrededor de la casa.
Stefan, que había estado revisando los pestillos de la cocina tras cumplir la orden de Damián de quedarse a cargo de nuestra seguridad, apareció en el pasillo con el rostro completamente descompuesto, empuñando una pesada barra de hierro que había encontrado en el desván.
—Mierda... Nos han encontrado demasiado rápido. Los puestos de vigilancia del paso norte debían estar comprados o rodeados —maldijo Stefan entre dientes, con los ojos inyectados en sangre mientras bloqueaba el paso hacia el pasillo donde estábamos mi madre, la niña y yo—. Escuchadme bien: Damián está fuera cortándoles el paso, pero nosotros estamos vendidos aquí dentro si entran. Marlen, lleva a Nikol al dormitorio del fondo y bloquead la puerta con el armario. ¡Moveos ya!
—¿Y tú qué vas a hacer, Stefan? No te vas a quedar aquí solo a enfrentarte a todos ellos —le repliqué con la voz temblando, sintiendo que la energía en mis manos volvía a chisporrotear por culpa de la adrenalina.
—Voy a encargarme de que no pasen del recibidor hasta que Damián vuelva —respondió él con una media sonrisa tensa, apoyando la barra de hierro contra el hombro—. Así que haz lo que te digo, Oriana. Protege a tu hija.
Pero antes de que pudiéramos movernos hacia el refugio, un golpe sordo, brutal y ensordecedor retumbó en la puerta principal. Alguien había golpeado la madera con la culata de un rifle o una bota reforzada, haciendo saltar astillas hacia el recibidor y provocando que Nikol rompiera a llorar asustada.
Y entonces, una voz ronca, burlona y cargada de una amenaza palpable atravesó la madera, helándonos la sangre en las venas:
—Abrid la puerta de una maldita vez —bramó el hombre desde el otro lado, con un acento extranjero y áspero que ululaba como el viento de la ventisca—. Sabemos perfectamente quién está dentro... y sabemos lo que la forastera esconde en la sangre. O abrís por las buenas, o quemamos esta ratonera con todos vosotros dentro.