Bajo la niebla de Rila

Capítulo 29: El legado de la sangre

Parte 1: El refugio y la verdad incontenible

Mientras Stefan contenía el aliento en el recibidor, empuñando la barra de hierro frente a la puerta que crujía bajo los golpes furiosos de la banda, mi madre me arrastró a empujones hacia el pasillo trasero. Con manos temblorosas pero decididas, cerró la puerta del dormitorio con pestillo y bloqueó el acceso empujando un pesado ropero de roble, justo en el momento en que la pequeña Nikol rompía a llorar con hipidos de puro terror, aferrada a la bastilla de mi abrigo.

El ruido exterior era ensordecedor, pero dentro de la habitación el aire se volvió de repente denso, pesado, cargado de una electricidad estática tan intensa que los pelos de los brazos se me erizaban como agujas. Me giré hacia Marlen, con las palmas de las manos todavía humeantes y el corazón golpeándome las costillas como un martillo desbocado.

—¡Explicame de una maldita vez qué está pasando, mamá! —le exigí en un susurro áspero, casi ahogado por el estruendo de los golpes que retumbaban en la madera de la casa—. ¡No te quedes callada! ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué mi piel quema la madera y funde la escarcha? ¿Qué es lo que supuestamente llevo en la sangre que hace que Damián me mire así y que estos tíos hayan venido a buscarnos?

Marlen me miró con los ojos anegados en lágrimas, pero había en su expresión una firmeza ancestral, una roca esculpida por los años de silencio. Dio un paso hacia mí, ignorando por completo el estrépito exterior, y me cogió las manos a la fuerza, apretándomelas con desesperación.

—Te lo he ocultado toda la vida, Oriana... —comenzó a decir mi madre con la voz quebrada, un hilo roto que apenas se sostenía—. Cada vez que nos mudábamos, cada vez que intentábamos empezar de cero en España buscando una vida tranquila, no era solo por escapar de las deudas o de una mala racha... Nosotras huíamos de nosotras mismas. De lo que somos.

—¿De qué hablas? ¡Habla claro, por favor! —le supliqué, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a surcarme las mejillas—. ¿A qué te refieres con lo que somos?

—Nosotras no somos una familia común y corriente, hija —respondió Marlen, tragando saliva con dificultad mientras acariciaba mi rostro con una ternura infinita—. Tu bisabuela en las tierras altas del este ya poseía el Don, y mi propia madre me habló de él en secreto cuando era una niña. Nosotras pertenecemos a la estirpe de las ahelbiz, las hechiceras de la sangre y de la tierra antigua de los Cárpatos y los Balcanes. Aquellas mujeres capaces de manipular el calor vital, de escuchar el latido de la montaña, de fundir el hielo con la pura voluntad y de alterar la materia viva cuando la sangre se enciende por la emoción o el peligro.

Parte 2: La confesión y el despertar del poder

El peso de sus palabras cayó sobre mis hombros como un bloque de granito helado. Mis piernas flaquearon de golpe y tuve que apoyarme contra la pared del dormitorio para no desplomarme en el suelo, mientras Nikol seguía sollozando bajito abrazada a mi pierna.

—¿Una... hechicera? —repetí la palabra con una mueca de incredulidad y amargura, negando con la cabeza frenéticamente—. ¿Estás loca, mamá? ¿Me estás diciendo que las historias de brujas y magia de los cuentos de medianoche son reales y que nosotras... que yo soy una de ellas? ¡Esto es una locura! Vivíamos en un piso normal, íbamos al supermercado, trabajaba... ¡Yo no tengo ningún poder!

—¡Sí lo tienes, Oriana, mírate las manos! —exclamó mi madre con urgencia, alzando la voz por encima del estruendo de un nuevo golpe metálico en el pasillo—. ¿Crees que lo que ha pasado en el bosque con Damián ha sido casualidad? Los hombres como él, los guardianes puros de la montaña, lo llevan grabado en el instinto más profundo de su sangre. Ellos huelen nuestro poder a leguas; saben instintivamente que la tierra y el fuego nos obedecen si aprendemos a canalizarlos. Por eso Damián no podía dejarte marchar, por eso su parte animal te reclama y te protege con esa furia ciega, porque tu energía y la suya son dos caras de la misma moneda ancestral.

—¿Y los hombres de la banda que están ahí fuera? —pregunté con un hilo de voz, sintiendo un terror helado que me atenazaba el pecho—. Si saben lo que soy... ¿qué es lo que quieren de mí?

—No quieren destruirte, hija... quieren robarte la esencia —respondió Marlen con los ojos fijos en los míos, cargados de una advertencia desgarradora—. Hay antiguos pasos y portales sellados en las profundidades del santuario de Rila que llevan siglos cerrados a cal y canto. Los contrabandistas y las bandas de los Balcanes llevan generaciones buscando a alguien con el linaje puro de las vračice para romper los sellos mediante el fuego de la sangre. Si te atrapan y logran extraer tu energía, nos matarán a las tres y usarán tu poder para dominar toda la región.

—No... no voy a permitir que le toquen un solo pelo a mi hija —susurré, sintiendo que la incredulidad se transformaba de inmediato en una furia ciega, caliente y rabiosa que empezó a brotar desde la boca del estómago.

—Por eso tienes que despertar, Oriana —insistió mi madre, apretando mis hombros con fuerza—. La montaña ya te ha reconocido al estar en contacto con Damián. La llave ha girado en la cerradura. Si rompen esa puerta y entran, ya no podrás esconderte ni huir con miedo. Tendrás que encender ese fuego que llevas latente y demostrarles de qué linaje vienes. Dejar que la magia de la sangre tome el control, o estamos perdidas.

Parte 3: El asalto y la resistencia de Stefan

Fuera, en el recibidor, el sonido de un golpe brutal y seco hizo que las paredes de la casa entera temblaran. El pestillo principal de la entrada principal saltó hecho mil añicos, acompañado por el estrépito de la madera astillándose contra el suelo de piedra.

—¡No vais a pasar de aquí, hijos de puta! —bramó la voz de Stefan con una furia salvaje desde el pasillo.

A través de la rendija de la puerta del dormitorio, alcanzamos a ver una fracción de lo que ocurría fuera: Stefan se plantó en medio del pasillo estrecho con los ojos inyectados en sangre, levantando la pesada barra de hierro y descargándola con un golpe seco contra el hombro del primer mercenario que intentó cruzar el umbral. El hombre soltó un alarido de dolor y cayó contra el perchero, pero los demás se le echaron encima como hienas, golpeándole con las culatas de los rifles y derribándole al suelo en un forcejeo brutal, desesperado y desigual. Stefan aguantó todo lo que pudo, ganando segundos vitales, hasta que un golpe certero en la cabeza lo dejó aturdido y sin fuerzas contra la pared.




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