Bajo la niebla de Rila

Capítulo 30: La trampa del cazador

Parte I: La revelación en la carretera (Versión de Damián)

El motor de la RAM rugía a fondo, levantando una cortina de nieve espesa y polvo blanco mientras tomaba el desvío escarpado hacia el paso norte, el punto exacto donde supuestamente los vigías habían localizado el grueso del convoy de los Balcanes del Oeste. Llevaba el pie derecho hundido sin piedad en el acelerador, con los nudillos tan blancos y apretados sobre el volante de cuero que las manos me dolían. El paisaje lateral se desdibujaba en una mancha gris y monótona por culpa de la ventisca, pero en mi cabeza las piezas empezaban a encajar de una forma enfermiza y desesperada.

Desde el primer segundo, algo no me había encajado en el informe de Stefan. La forma en que se habían colado los supuestos todoterrenos, la ausencia de patrullas previas en los flancos, la facilidad con la que se habían anunciado... Un frío mil veces más letal que el de la intemperie me recorrió la columna vertebral, helándome la sangre en las sienes.

A mitad de la recta principal, justo antes de llegar al desfiladero donde supuestamente los esperaba la emboscada, pisé el freno de golpe. Las ruedas traseras patinaron salvajes sobre la capa de hielo compacto antes de detener la mole de la camioneta en medio de la nada.

Miré a través del parabrisas empañado. La carretera estaba completamente desierta. Ni un solo todoterreno, ni marcas de neumáticos recientes sobre la nieve virgen, ni una sola silueta humana en kilómetros. Solo la inmensidad blanca de los abetos sacudidos por el viento y el silencio sepulcral de la montaña burlándose de mí.

—Mierda... ¡Maldita sea! —escupí un rugido de rabia absoluta, descargando un puñetazo brutal contra el centro del volante que hizo saltar la bocina y crujir el plástico—. ¡Era una puta trampa!

No venían a tomar el paso norte. Nunca estuvieron allí. Todo el despliegue de falsos informes y movimientos de distracción había sido milimétricamente calculado por una mente fría y calculadora solo para sacarme del perímetro, para apartarme de la casa de Stefan y dejar a Oriana y a la pequeña Nikol completamente desprotegidas, aisladas a merced de los verdaderos lobos.

La furia ciega, un instinto animal, primario y destructivo que amenazaba con destrozar las paredes de mi propia garganta, estalló en mi pecho como un polvorín. Puse la marcha atrás de un golpe seco, giré el volante con violencia hasta hacer chillar la dirección asistida y pisé el acelerador a fondo, derrapando en una maniobra suicida sobre el hielo. Volví en dirección contraria con los ojos completamente inyectados en sangre, consumido por una sola y única certeza que latía en mi mente a ritmo de martillo hidráulico: si esos cabrones se atrevían a tocarle un solo pelo a Oriana, iba a encender un fuego en este valle que no dejaría ni las cenizas de su existencia.

Parte II: Fuego en el umbral (Versión de Oriana)

Mientras tanto, a kilómetros de allí, el ambiente en el pasillo de la casa se había vuelto irrespirable. El olor acre a madera chamuscada y ozono puro impregnaba el aire viciado del dormitorio, mezclándose con el sudor frío y el eco de las botas militares que se habían detenido de golpe justo al otro lado de nuestra puerta destrozada.

—Abrid de una puta vez, sabemos que estáis ahí dentro, la forastera no tiene a dónde correr —bramó el líder de los mercenarios con un acento extranjero, áspero y cortante como el filo de un cuchillo viejo.

Un impacto brutal, el golpe seco de una bota reforzada contra el panel debilitado, hizo que las bisagras gimieran con desesperación y el marco de madera se rajara de arriba abajo.

Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí sabor a sangre en las encías. El miedo que me había paralizado hacía unos minutos se había esfumado, devorado por una corriente salvaje e incontenible que me quemaba desde la boca del estómago hasta la punta de los dedos. Ya no era una mujer corriente atrapada en una pesadilla alpina; la sangre de las Ahelbiz, el legado oculto que mi madre me había arrancado de las sombras, reclamaba su espacio en mi interior.

Alcé la palma de la mano derecha, temblorosa pero extrañamente firme, y la apoyé directamente contra la superficie de la madera astillada. No hizo falta recitar conjuros antiguos ni buscar fórmulas en libros olvidados; la propia esencia de mi linaje respondió al instinto visceral de supervivencia y a la necesidad imperiosa de proteger a mi hija, que seguía acurrucada y temblando en el rincón del fondo junto a Marlen.

De repente, una llamarada de un tono dorado intenso, mezclado con destellos azulados de alta temperatura, brotó de las yemas de mis dedos con un siseo violento. El fuego puro devoró el cerrojo metálico en milisegundos, fundiendo el hierro oxidado como si fuera mantequilla derretida y haciendo que la madera alrededor de la cerradura estallara en una lluvia de chispas incandescentes.

De un empujón cargado con una fuerza física completamente nueva, antinatural y desbordante, abrí la puerta de par en par de un golpe seco.

El mercenario que estaba en primera línea, un hombre corpulento con el rifle de asalto preparado y el rostro medio oculto tras el pasamontañas negro, retrocedió tambaleándose con torpeza al ver la ráfaga de calor abrasador que le sopló directamente en la cara, arrancándole un grito sordo de sorpresa y puro pavor. Detrás de él, en el pasillo estrecho, los otros dos hombres se quedaron completamente petrificados, con las armas bajadas a medias y los ojos desorbitados, mirando fijamente el brillo febril, dorado y parpadeante de mis pupilas.

—Si dais un solo paso más hacia mi hija... —mi voz resonó en el pasillo con un eco metálico, profundo y atronador que parecía no nacer de mi garganta, sino brotar de las entrañas mismas de la montaña, retumbando en las paredes y haciendo vibrar los cristales—, os juro que no os quedará nada que enterrar en este maldito valle.

Los hombres retrocedieron medio paso más, sobrecogidos por una presencia que desafiaba toda lógica humana, mientras el calor en mis manos seguía aumentando, listo para desatar la tormenta.




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