Bajo la niebla de Rila

Capítulo 31: Sangre, hierro y ceniza

El impacto de la RAM contra los maderos de la fachada principal no fue una maniobra táctica medida; fue un acto de pura desesperación convertida en toneladas de acero y furia ciega. Cuando salté de la cabina del todoterreno, la bota derecha golpeó con violencia el suelo helado, la mandíbula tensa hasta el dolor y las manos pidiendo sangre. El recibidor de la casa apestaba a pólvora quemada, a ozono y a ese característico rastro metálico, denso y febril que solo desprendía el fuego que Oriana acababa de desatar con sus propias manos.

Los malditos mercenarios de los Balcanes del Oeste pensaban que se enfrentaban a una familia asustada y sola en un rincón perdido de Rila. No tenían ni la más remota idea de que acababan de despertar a una Ahelbiz, una criatura de sangre y fuego ancestral, ni que habían firmado su sentencia de muerte en el mismo instante en que cruzaron el umbral de nuestra puerta.

—¡A él! ¡Derribadlo, es el guardián! —bramó uno de los mercenarios supervivientes, un tipo fornido con la nariz rota que intentaba levantar un subfusil mientras el fuego comenzaba a devorar los marcos de las puertas vecinas.

No les di ni medio segundo de tregua. Me abalancé sobre el primero antes de que pudiera alzar el cañón del arma, cruzando el pasillo estrecho en un suspiro. Lo levanté del suelo por el chaleco táctico con una sola mano, usando toda la fuerza de mi impulso, y lo estampé contra la pared de piedra con la brutalidad suficiente para hacerle crujir las costillas y arrancarle el aliento de golpe. Cayó al suelo como un fardo inútil, inconsciente antes de tocar la madera.

El segundo intentó retroceder buscando la salida hacia la cocina, con los ojos inyectados en terror al ver que las balas no servían contra lo que estaba pasando aquí dentro.

—¡Damián... cuidado a tu izquierda! —la voz de Oriana resonó a mi espalda, afilada, vibrante y cargada de una electricidad estática que todavía hacía chispear las puntas de sus dedos.

Giró la muñeca con un movimiento rápido y felino, y una ráfaga de calor abrasador barrió el suelo a los pies del mercenario, fundiendo las suelas de sus botas de combate y haciendo que el hombre chillara despavorido al sentir el calor lamiéndole la piel mientras el suelo empezaba a carbonizarse. Aproveché su desconcierto para cerrarle el paso de un puñetazo seco, directo y brutal en la mandíbula que lo dejó completamente seco en el acto.

El silencio, roto únicamente por el crujir crepitante de las llamas y los sollozos ahogados de la pequeña Nikol al fondo del pasillo, cayó de golpe sobre nosotros.

Me pasé una mano sudorosa por la frente, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta, y me giré hacia Oriana. Estaba de pie frente a la puerta destrozada, con la ropa ajada, las manos todavía humeantes y una presencia tan magnética, salvaje y peligrosa que cualquier otro hombre habría salido huyendo despavorido. Yo, en cambio, sentí un anclaje visceral, una fuerza magnética que me empujó a cruzar el pasillo de dos zancadas y atraparla por la cintura, pegándola contra mi pecho con una desesperación que no podía ni quería ocultar.

—¿Estás bien? —le exigí en un susurro áspero, casi rugido, buscando con la mirada desesperada cualquier herida en su piel mientras el calor de su cuerpo se fundía con el mío—. ¿Te han tocado? Dime la verdad, Oriana.

—Estoy entera... gracias a ti... y a esto que llevo dentro y que apenas puedo controlar —respondió ella con la respiración agitada, apoyando las temblorosas manos en mi pecho, sintiendo los latidos desbocados de mi corazón contra sus palmas—. Tuve que hacerlo, Damián. Mi madre me lo ha contado todo en el dormitorio. Saben quiénes somos. Saben lo que es mi estirpe.

—Lo sé —le contesté con la mandíbula tan apretada que me dolían las muelas, mirando de reojo los parches y las insignias ocultas en los uniformes de los mercenarios tirados en el suelo. Me agaché despacio, con los sentidos alerta, y arranqué una pesada placa metálica del bolsillo del líder—. Pero hay algo peor, Oriana. Mucho peor de lo que imaginas.

—¿De qué hablas? —preguntó ella, frunciendo el ceño, con el brillo dorado de sus ojos aún parpadeando tenuemente.

Le alcancé la placa bajo la luz parpadeante del fuego. Los grabados no dejaban lugar a dudas: el emblema del cuervo de hierro sobre fondo rojo.

—Estos hombres no llevan el emblema de los contrabandistas corrientes de la frontera oeste. Tienen el sello del Cártel de los Cárpatos del Norte —le revele con voz helada, sintiendo que la rabia volvía a quemarme las entrañas—. Esto no ha sido una incursión al azar para saquear la casa o asustarnos. Alguien desde dentro del consejo de la montaña, alguien que conocía cada ruta de este valle y los secretos de las Ahelviz, les ha abierto la puerta y les ha vendido vuestra ubicación exacta. Tenemos un traidor muy cerca.

Oriana palideció bajo el reflejo de las llamas, y en sus ojos vi cómo el miedo inicial se transformaba de inmediato en una resolución fría, calculadora y mortal. Apretó los puños, haciendo que una pequeña chispa saltara entre sus nudillos. La guerra por el valle de Rila acababa de cambiar de bando, y nosotros dos estábamos en el mismísimo ojo del huracán.




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