Bajo la niebla de Rila

Capítulo 32: Bajo el mismo techo

El trayecto hasta la casa de Elena, la hermana de Damián, en lo más profundo del recodo protegido del valle de Rila, había sido un ejercicio de silencio sepulcral y sombras alargadas proyectadas sobre la nieve. Después de que las llamas comenzaran a consumir los restos de nuestra antigua casa y Damián consiguiera asegurar el perímetro frente al Cártel de los Cárpatos del Norte, no nos quedó otra opción que huir. La seguridad de la familia dependía de abandonar las cenizas y buscar refugio donde las murallas fueran más gruesas y los ojos del traidor del consejo tuvieran más difícil espiarnos.

Al cruzar el umbral de madera maciza, el contraste fue casi violento. Del frío glacial y el olor a pólvora pasamos al calor denso de una chimenea de piedra encendida a todo gas y al aroma a pan de centeno. Pero el calor físico no sirvió para calentar el ambiente helado que flotaba entre nosotros.

Marlen fue la primera en dejar caer su bolsa de viaje sobre la alfombra de lana gruesa, seguida de cerca por Stefan, que entraba cojeando ligeramente, con una venda improvisada alrededor de la cabeza y una mueca de dolor mezclada con su habitual media sonrisa cínica.

—Ay, madre mía... Si llego a saber que en esta familia las visitas se reciben a base de culatas de rifle y mamporros en el pasillo, me pido un tour turístico por Siberia —bromeó Stefan con voz ronca, dejándose caer pesadamente en un sillón de orejas mientras se tocaba la sien vendada—. Menudo recibimiento, Damián. Ve pidiendo presupuesto para cambiar la puerta, porque los de la mudanza exprés de los Cárpatos han dejado el marco fino.

A pesar de la tensión del momento, un pequeño bufido de alivio escapó de mis labios. Estaba pálido y magullado por el porrazo que le habían arreado los mercenarios en el recibidor, pero seguía conservando ese humor socarrón que tanto nos había ayudado a sobrevivir a los peores días.

En ese exacto momento, el pasillo de arriba se llenó de risas estrepitosas y carreras desbocadas. Tres pequeñas siluetas idénticas, con coletas desordenadas y jerséis de lana de colores vivos, doblaron la esquina de la escalera a toda velocidad persiguiéndose la una a la otra. Eran las trillizas, las hijas de Elena, que frenaron en seco al vernos llegar con aspecto de haber sobrevivido a una zona de guerra.

—¡Mamá! ¡Ya han llegado los tíos! —gritó al unísono una de ellas, mientras las otras dos miraban con curiosidad a Nikol.

Nikol se quedó un segundo mirándolas, parpadeando con sorpresa ante el torbellino de niñas. Elena, que acababa de salir de la cocina con una bandeja de tazas calientes, suspiró con una sonrisa cansada pero afectuosa.

—Chicas, un poco de silencio, por favor. Han tenido un viaje largo y difícil —les regañó Elena con cariño antes de agacharse hacia Nikol—. Mira, pequeña, ahí arriba en la buhardilla las niñas tienen un montón de juguetes y juegos de mesa. ¿Por qué no subes con ellas un rato a jugar y os dais un respiro?

Nikol miró a su abuela Marlen buscando aprobación. Mi madre le sonrió con dulzura y asintió, animándola con la mano. Las trillizas, encantadas con la nueva compañera de juegos, rodearon a Nikol de inmediato y se la llevaron escaleras arriba entre risas y cuchicheos infantiles, alejándola por fin del peso del peligro.

Con las niñas arriba, Emil —el gran amigo de Damián que había venido en la otra camioneta para asegurar el flanco— dejó una caja de herramientas junto a la puerta con un golpe seco y cruzó los brazos sobre el pecho, mirando de reojo a Stefan con complicidad.

—He revisado los accesos por la pista forestal, Damián —anunció Emil con su voz ronca y seria—. Nadie nos ha seguido de cerca, pero si el Cártel de los Cárpatos del Norte sabe dónde vivíais, tardarán poco en averiguar que estáis aquí. Esta casa es más robusta que la vuestra, pero no es un búnker.

—Nadie va a tocar a nadie mientras estemos bajo este techo —bramó Damián con un tono de advertencia tan profundo y letal que hizo que hasta los cristales de las ventanas vibraran levemente. Su instinto alfa rugía bajo su piel—. Voy a averiguar quién de los ancianos del consejo ha estado filtrando nuestros movimientos, cueste lo que cueste.

—Y yo te acompañaré en cuanto se me baje el mareo, jefe —añadió Stefan desde el sillón, levantando una mano en señal de paz mientras ponía los ojos en blanco con gracia—. Aunque aviso: la próxima vez que un comando de élite decida invadir mi espacio vital, Pido por lo menos un café antes de empezar los golpes.

—¿Y mientras tanto qué? —intervine yo con la voz temblorosa pero firme, sintiendo aún el calor residual en las palmas de mis manos—. Encontraron la placa de su líder en el pasillo. Si alguien del consejo de la montaña nos ha vendido, significa que estamos solos.

Elena exhaló un suspiro denso, caminó hacia la chimenea y cogió las pinzas para avivar los leños, haciendo que las chispas saltaran hacia arriba.

—Pues si nos toca defendernos, más vale que sepamos contra quién jugamos —sentenció Elena, girándose con una determinación feroz—. Damián investigará al traidor en el consejo, Emil organizará las rondas de vigilancia con los leñadores de confianza, Stefan intentará no desmayarse en el intento, y nosotras... nosotras ayudaremos a Oriana a aprender a dominar el fuego antes de que el fuego termine por devorarnos a todas.

Al escuchar sus palabras, sentí que la energía en mis venas respondía con un latido cálido, una chispa de desafío absoluto en medio del invierno más oscuro de nuestras vidas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.