Mientras Damián y Emil se adentraban en los senderos nevados rumbo al monasterio para lidiar con los fantasmas del consejo y el mismísimo Asen, en la planta baja de la casa de Elena el aire se respiraba de otra manera. Las risas de las trillizas y de Nikol seguían escuchándose de vez en cuando como un eco lejano desde la buhardilla, pero abajo, en el taller de herramientas y trabajo en madera que Elena tenía habilitado junto a la cocina, el ambiente era denso, casi eléctrico.
Elena había cerrado los cerrojos de la puerta trasera y colocado un grueso panel de metal contra el ventanal. Marlen estaba de pie junto a la mesa de trabajo, con los brazos cruzados y el rostro esculpido por una mezcla de orgullo y profunda preocupación.
—Si vas a mantenerte con vida en este valle, Oriana, y vas a proteger a tu hija de los perros del Cártel de los Cárpatos, no puedes seguir tratando tu poder como si fuera un accidente pirotécnico —comenzó diciendo Marlen con voz firme, sin admitir réplica—. Las Ahelbiz no nacimos para escondernos en las esquinas ni para asustarnos de nuestras propias manos. El fuego que llevas dentro es la memoria viva de nuestras antepasadas.
—Mamá, yo solo... solo sentí que me quemaba por dentro cuando intentaron reventar la puerta —respondí con la respiración entrecortada, mirando mis palmas vacías, que todavía conservaban un tono rojizo en la piel—. No sé cómo lo hice. No sé cómo se enciende ni cómo se apaga. Si Damián no llega a estrellar la camioneta contra el porche, no sé qué habría pasado con nosotras.
Elena se acercó despacio, llevando en las manos un cuenco de cerámica lleno de agua helada que había sacado directo del pozo exterior. Lo colocó con cuidado sobre la mesa de roble y me hizo una seña para que me acercara.
—Nadie aprende a dominar el fuego sin quemarse un poco las yemas, Oriana —dijo Elena con esa autoridad serena que caracterizaba a las mujeres de esta familia—. Mi abuela me contaba historias cuando era pequeña sobre las primeras Ahelbiz que cruzaron los Cárpatos huyendo de los tiranos de las tierras bajas. No usaban varitas ni recitaban conjuros vacíos; su magia nacía de la emoción pura: de la rabia protectora, del amor visceral y de la conexión inquebrantable con la tierra que pisan. Pon las manos sobre el cuenco.
Miré a mi madre buscando apoyo, pero Marlen asintió lentamente con la cabeza, animándomne a dar el paso.
Cerré los ojos, respiré hondo tragando el aire cargado de serrín y olor a pino, y apoyé las palmas de las manos a ambos lados del cuenco de cerámica, sin llegar a tocar el agua. Al principio, el frío del recipiente me adormeció los dedos, pero a medida que dejé la mente en blanco y recordé la mirada aterrorizada de Nikol en el pasillo, un calor sordo comenzó a brotar desde la boca de mi estómago, recorriendo mis antebrazos como una corriente de lava líquida.
—Eso es... déjalo salir, no lo reprimas —susurró Marlen, colocándose a mi lado y apoyando una mano sobre mi hombro para guiar la energía—. Piensa en tu bisabuela, en las mujeres que resistieron inviernos peores que este en las cumbres oscuras. Tú eres de su misma arcilla.
De repente, un destello dorado estalló bajo mis palmas. El agua del cuenco comenzó a agitarse con violencia, primero formando pequeñas ondas concéntricas y, en cuestión de segundos, empezando a hervir a borbotones con un burbujeo furioso, desprendiendo una espesa columna de vapor blanco que empañó las gafas de Elena. El cuenco de cerámica crujió bajo la intensidad térmica, pero no llegó a romperse.
—¡Impresionante! —exclamó Elena con los ojos abiertos de par en par, apartándose un poco hacia atrás por el golpe de calor—. Ni en los viejos relatos de las crónicas del consejo había visto un despertar tan limpio y violento en tan pocos días. Tienes una potencia salvaje, Oriana.
—Pero esa potencia sin dirección es una bomba de relojería —advirtió mi madre con tono sombrío, retirando mi mano del cuenco caliente para comprobar que la piel no tuviera quemaduras—. Si el Cártel del Norte te busca para romper los sellos del santuario antiguo de Rila, significa que tu sangre tiene una frecuencia específica. Hace siglos, las Ahelbiz guardianas utilizaban el fuego vital para cerrar los pasos dimensionales que conectaban las cumbres con los abismos inferiores. Si los hombres de Asen o los mercenarios consiguen atraparte y drenar tu esencia, no solo nos matarán a nosotras; abrirán una puerta que este valle lleva milenios intentando mantener cerrada a cal y canto.
El peso de la revelación me dejó sin aliento. Me dejé caer sobre un taburete de madera, sintiendo que las piernas me temblaban mientras asimilaba que mi existencia no era un simple capricho del destino, sino la llave maestra de una guerra milenaria.
—¿Y Damián? —pregunté con un hilo de voz, mirando alternativamente a Elena y a mi madre—. Él sabe lo que somos... su familia, los guardianes del consejo, llevan generaciones vigilando los pasos. ¿Por qué me mira como si me protegiera y al mismo tiempo como si temiera lo que puedo llegar a ser?
Elena soltó un suspiro denso, cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra el marco de la puerta.
—Porque los alfas de la montaña y las Ahelbiz están unidos por una maldición y un pacto de sangre muy antiguo, Oriana —respondió Elena con una sinceridad aplastante—. Su instinto les obliga a proteger la tierra, y tu estirpe es la única capaz de alterarla. Cuando Damián te mira, no solo ve a la mujer de la que se está enamorando contra toda lógica; ve el fuego que puede salvar el valle o reducirlo a cenizas si pierdes el control. Su padre, Asen, representa la línea dura del consejo: para ellos, las reglas del equilibrio están por encima de cualquier vida humana o sentimiento. Si Asen descubre el alcance total de tu poder, intentará neutralizarte antes de que los Cárpatos lo hagan.
Marlen se inclinó hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos ásperas pero cálidas, y me miró fijamente a los ojos con una intensidad que me traspasó el alma.