Bajo la niebla de Rila

Capítulo 34: Sombras en la chimenea

Parte I: El regreso y el refugio

​La puerta de madera maciza se abrió con un crujido seco y pesado, dejando pasar una ráfaga de aire helado de la madrugada que traía consigo el olor penetrante a pino nevado, ozono y la cruda humedad de las cumbres. Me pasé una mano áspera por la nuca, sintiendo todavía la tensión acumulada y el dolor latente en las sienes tras el durísimo enfrentamiento dialéctico con Asen en las cámaras de piedra del monasterio. Emil venía pisándome los talones, sacudiéndose con una seña de fastidio los densos copos de nieve acumulados sobre los hombros de su chaqueta táctica.

​Al cruzar el umbral hacia el salón principal de la casa de Elena, la atmósfera pesada, gélida y hostil que arrastramos desde el exterior se desvaneció de golpe, sustituida por una estampa cálida que logró desarmar de inmediato el nudo de rabia que llevaba en el pecho.

​Junto a la chimenea de piedra, donde los leños de abeto crujían desprendiendo una luz dorada y parpadeante, Oriana estaba sentada directamente sobre la mullida alfombra de lana gruesa. Tenía a la pequeña Nikol dormida de forma plácida y profunda sobre su regazo, con la cabecita apoyada contra el pecho de su madre y una manita todavía aferrada al borde de su jersey. Marlen contemplaba la escena desde el sillón orejero contiguo, sosteniendo una taza de té humeante entre las manos arrugadas y dedicándonos una media sonrisa de protección y complicidad infinita.

​Al verme aparecer en el umbral, con los músculos del rostro endurecidos por las horas de vigilia y la mirada fija y hambrienta de su presencia, Oriana levantó ligeramente la barbilla. No había rastro de miedo ni de debilidad en sus ojos, sino esa chispa sutil, vibrante y magnética que ahora latía bajo su piel tras el violento despertar de las Ahelbiz. Me acerqué en absoluto silencio, sintiendo que cada paso por la estancia reducía la distancia de una guerra invisible que nos envolvía sin posibilidad de escapar.

​Parte II: Confesiones junto al fuego

​—¿Cómo ha ido en el monasterio con los ancianos? —preguntó Oriana en un susurro apenas perceptible, medido y cauto, cuidando de no alterar el sueño frágil de la niña mientras yo me arrodillaba lentamente a su lado sobre la alfombra.

​Extendí la mano y pasé los nudillos con suavidad por su mejilla, sintiendo el calor natural, firme y reconfortante de su piel antes de atreverme a articular palabra.

​—Mi padre sigue siendo el mismo muro de granito inquebrantable de siempre —respondí con la voz ronca, profundamente cansado, apoyando por un segundo la frente contra su hombro para buscar un instante de tregua en su paz—. Para Asen, las leyes escritas de la montaña y el equilibrio frío de las piedras sagradas están por encima de cualquier vida humana, de cualquier lazo de sangre. Pero no va a mover un dedo directamente contra ti... al menos no de momento. Sabe perfectamente que si el Cártel del Norte cruza los límites buscando la sangre de tu linaje para romper los sellos, este valle entero se convertirá en un infierno de fuego y ceniza.

​Oriana cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso de alivio contenido, y apoyó su mejilla de forma instintiva contra el dorso de mi mano.

​—No puedo vivir escondida esperando el siguiente golpe, Damián —me confesó en un tono firme, inquebrantable, que me hizo admirarla todavía más—. Hoy he entrenado duro con mi madre y con Elena en el taller. He sentido el fuego latir en la palma de mis manos, he visto cómo el agua del cuenco hervía furiosa sin quemarme la carne. Si esos hombres vuelven a atacarnos para profanar el santuario, no me voy a quedar acobardada en un rincón. Voy a ser yo quien les plante cara y les enseñe de qué estamos hechas las Ahelbiz.

​—Lo sé —le contesté con una media sonrisa amarga en los labios, apretando su cintura con una mezcla de instinto de posesión y devoción absoluta—. Por eso mismo no te pido que te escondas en una cueva. Te pido que luches codo con codo conmigo. Juntos.

​Parte III: La pista del topo y el giro inesperado

​En ese preciso instante, antes de que pudiera atrapar sus labios en un beso que llevábamos horas conteniendo, la puerta de la cocina se abrió de golpe con un chirrido metálico. Stefan asomó la cabeza hacia el salón; ya no llevaba las gasas aparatosas de la mañana, pero su rostro mostraba una expresión de concentración tan sombría que toda su habitual ironía había desaparecido por completo. Emil, que se había mantenido en la entrada vigilando el perímetro a través de la mirilla, se giró de inmediato al advertir la urgencia en el lenguaje corporal de su compañero.

​—Jefe, maldita sea, tendríais que venir a ver esto ahora mismo —dijo Stefan en voz baja, haciendo una seña apretada hacia la mesa del fondo donde había extendido un viejo mapa topográfico de los pasos de Rila y un par de terminales tácticos recuperados de los mercenarios abatidos—. Estuve cruzando los canales de comunicación cifrados y los registros de datos del equipo de asalto antes de que la casa de la colina ardiera por completo. El Cártel no llegó hasta vuestra puerta por una simple casualidad ni rastreando el bosque a ciegas.

​Me levanté despacio de la alfombra, extremando las precauciones para no despertar a Nikol, y caminé a zancadas firmes hacia la mesa de madera donde Stefan señalaba con un dedo firme una serie de coordenadas parpadeantes en la pantalla táctil de un dispositivo militar.

​—¿Qué demonios has encontrado, Stefan? —le exigí con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo la sangre, fría y traicionera, volvía a congelarse en mis sienes.

​—No es solo la sospecha de un topo genérico dentro del consejo de ancianos de la montaña, Damián —respondió Stefan, levantando la vista con una seriedad que helaba la sangre—. Alguien con privilegios de nivel absoluto, alguien con acceso directo a los archivos sellados y lacrados del monasterio, ha estado reescribiendo los permisos de tránsito y los códigos de ruta en la frontera sur durante las últimas tres semanas. Y lo peor de todo... la firma digital, el código de autorización exacto que utilizaron los mercenarios para saltarse los bloqueos y abrir los pasos, no pertenece a un monje corrupto cualquiera.




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